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Andrei
Entré en el apartamento con la navaja aún apretada en la mano.
El silencio era absoluto, pesado, antinatural. Cerré la puerta con cuidado, sin hacer ruido, dejando que el pestillo encajara con un clic que apenas se escuchó. Durante unos segundos permanecí inmóvil, controlando mi respiración, permitiendo que mis sentidos recorrieran cada estancia del piso.
A primera vista, no parecía haber nada fuera de sitio, ni roto y mucho menos abierto. Y, aun así, todo gritaba que alguien había estado allí.
Saqué la pistola que siempre llevaba conmigo, y la sujeté con fuerza antes de decidirme a recorrer el que se suponía que era mi hogar.
Avancé por el pasillo con tranquilidad, dando pasos lentos, inspeccionando cada estancia de la casa como si fuese un campo lleno de minas. El dormitorio estaba intacto, el baño también. Me pasé una mano por el rostro, la cocina tampoco tenía nada extraño. No había rastro visible.
Solo la nota.
La saqué del bolsillo y la extendí sobre la mesa del salón, junto a la pequeña navaja de mango nacarado que la había atravesado.
La observé con detenimiento: era una pieza exquisita.
El acero era fino, ligeramente curvado, con grabados diminutos cerca de la empuñadura. El nácar tenía vetas irregulares, naturales, imposibles de imitar. No era un arma cualquiera, ni mucho menos una comprada al azar.
Encendí el portátil, y comencé a buscar referencias.
Me metí en bases policiales, documentos clasificados sobre bandas de narcotráfico o similares. Tardé menos de lo que esperaba en dar con algo de información, y mi sorpresa fue que estaba completamente equivocado.
El diseño correspondía con un tipo de daga ceremonial de origen árabe, utilizada tradicionalmente como símbolo de estatus y poder. No era un objeto funcional per se, sino un mensaje.
Sonreí sin muchas ganas.
—Interesante…
Alguien quería que supiera dos cosas: que podía entrar en mi casa cuando quisiera, y que conocía a la perfección lo que estaba moviendo.
Tomé la nota de nuevo entre mis manos y la volteé, encontrándome con una caligrafía delicada y fina:
Hans no murió para
que tú te escondieras.
La frase se instauró en mi mente como un eco incómodo. Debía actuar antes de que fuese demasiado tarde.
Apagué el portátil y me dejé caer en el sofá, con la espalda apoyada contra el respaldo y la mirada fija en el techo. El cansancio me cayó encima de golpe, brutal, arrastrándome hacia un sueño del que ya no tenía fuerzas para escapar.
***
Marlene estaba frente a mí, con esa forma suya de mirar que me desarmaba por completo, con esa pureza que no había encontrado en ningún otro lugar.
Llevaba una camisa ancha blanca que le había dejado, le quedaba como un vestido, y eso me gustaba.
Los mechones sueltos le caían por detrás de la oreja, como los llevaba siempre que algo le ponía nerviosa.
—Siempre llegas tarde —susurró con una media sonrisa.
—Puede que seas tú la que siempre llega temprano —musité.
Se mordió el labio inferior, provocando que mi miembro se endureciese al instante. Me llevé la mano a la zona afectada, al mismo tiempo que la veía acercarse con tranquilidad, creando una agonía que comenzaba a consumirme.
Di un paso hacia ella, y luego otro, incapaz de mantenerme lejos. Cuando estuve lo suficiente cerca, extendí la mano. Dudé un segundo antes de rozar su cintura, como si temiera que se fuese a deshacer entre mis dedos.
Pero no lo hizo.
Colé una de mis manos por debajo de la camiseta, tomándola con cuidado. Su piel estaba caliente, más de lo que recordaba. Quise fundirme en ella, besar cada recoveco de su cuerpo, venerarla como merecía.
La atraje contra mí con un movimiento lento, controlado, sintiendo cómo su cuerpo encajaba en el mío con una precisión que dolía. Marlene alzó la mirada, y en sus ojos vi todo aquello que tanto me encendía en ella: la bondad y la inocencia mezclada con el más puro deseo.
Estampé mis labios contra los suyos, sintiendo como la ferviente necesidad de ella se me aferraba al pecho para no dejarme respirar. Marlene enterró sus dedos en el nacimiento de mi cabello, uniéndonos aún más, devolviéndome cada uno de los besos, solo que de una manera más torpe. Eso me divirtió.
—Eres mía —murmuré pegado a su boca—. Siempre lo has sido.
No respondió, no necesitaba hacerlo para que supiese que así era.
Sus manos se escaparon para subir por mi pecho, despacio, como si quisiera memorizar cada centímetro. La besé de nuevo, sin prisa, pero con hambre, dejando que toda la rabia y la desesperación se fundieran en ese contacto.
Con una tranquilidad que me inquietaba, fue desabotonándome la camisa que vestía, deshaciéndose de cada uno de los botones, hasta que llegó a los tres últimos donde se atascó. Sin dudarlo, la aparté unos centímetros, y rasgué la camisa.
—Pero, Andrei… —exclamó.
—Puedo comprar cincuenta y romperlas si es para estar contigo —aseguré al mismo tiempo que acababa de quitarme la tela hecha trizas.
Nuestros besos cada vez se volvieron más húmedos, tanto que un gemido se escapó de lo más profundo de su interior. La tomé con fuerza, en volandas, haciendo que sus piernas rodeasen mi cintura.
—Nadie más va a tocarte —susurré contra su oído—. Nadie.
Ella asintió con los labios enrojecidos y los ojos brillantes.
—Nadie —gimoteó—. Soy tuya.
Mi erección se endureció aún más al escuchar aquello. Una oleada de orgullo subió por mi pecho hasta instaurarse en mi corazón, provocando que latiese aún con más fuerza.
—Repítelo.
—Soy tuya —jadeó contra mi boca.
Aparté con dos dedos las braguitas que llevaba, y los colé entre sus pliegues, llevándome la mejor de las sorpresas.
—Estás empapada —gruñí.
—Fóllame, Andrei —suplicó.
Sus deseos eran órdenes para mí, solo que iba a darle algo aún mejor.
La coloqué sobre el sofá, y comencé a besar sus muslos, viendo como la desesperación inundaba su mirada.
Sonreí ladino. Me llevé los dedos que había hundido en ella a la boca y los saboreé con determinación, mientras Marlene solo alzaba las caderas pidiendo más.
Abrí sus piernas con cuidado, me deshice de sus braguitas y por un instante permanecí en pausa, observándola, deleitándome con la imagen que tenía frente a mí: mi maldita obsesión jadeante, semidesnuda y tan húmeda que podría haber entrado en ella de una estocada.
Volví a centrarme en el interior de sus piernas, subiendo con lentitud, permitiendo que me observase con esa desesperación que tanto me gustaba. Se mordió el labio inferior, cuando mis dedos abrieron sus pliegues y pegué mi boca a su sexo.
—Hazlo —exhaló con urgencia.
***
Justo cuando estaba a punto de perderme por completo en ella, el sonido de la alarma atravesó la habitación como un disparo.
Abrí los ojos de golpe.
El corazón me latía desbocado. Mi respiración se había vuelto irregular, y tenía todo el cuerpo tenso, aún anclado a un deseo que no podía saciar. Parpadeé varias veces, trayéndome al presente a pesar de la presión que sentía en mis vaqueros.
—Joder —mascullé.
Me levanté sin perder tiempo. El encuentro que iba a haber en la localización que había encontrado en el correo de Cero no iba a esperarme.