El legado de los Romanov 40
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Andrei

Moscú siempre me recibía igual: con el frío calándome hasta los huesos y esa sensación incómoda de estar volviendo a un lugar que nunca fue hogar del todo.

El avión acababa de aterrizar cuando el teléfono vibró por primera vez.

Lo ignoré. Tenía la cabeza demasiado llena de información como para atender a nadie.

Volvió a vibrar.

Suspiré, miré la pantalla y apreté la mandíbula.

Nikolai.

Puse los ojos en blanco, y atendí la llamada.

—¿Qué? —respondí sin suavizar el tono.

—No vayas a tu apartamento —dijo sin rodeos—. Ven primero a casa.

Cerré los ojos un segundo, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventanilla.

—No tengo tiempo para reuniones familiares.

—Precisamente por eso —replicó—. No estás bien, Andrei.

Solté una risa seca.

—Nunca lo he estado.

Fue ahí cuando mi mente voló a un recuerdo lejano, uno en el que Cero me citó en un local de lucecitas antes de que tuviese que investigar a los Romanov, y lo volé por los aires.

—Estamos todos —añadió—. Ven.

No pregunté quiénes eran todos. Lo sabía. Y, aunque no quisiera admitirlo, una parte de mí necesitaba exactamente eso: no estar solo por unas horas.

—Voy —cedí al final—. Pero no me des la típica charla.

—No prometo nada.

Colgué antes de que pudiera decir algo más.

La casa estaba iluminada cuando llegué, demasiado para la hora que era. Aparqué sin cuidado, y entré sin llamar, como si aquel lugar también fuera mío, aunque supiera que no lo era.

—Mira quién ha decidido aparecer —escuché decir a Alexei desde el salón.

—Pensábamos que te habías perdido —añadió Viktor, apoyado en el marco de la puerta, con esa media sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía.

Me quité la chaqueta, y la lancé sobre una silla.

—Es que no podéis vivir sin mí —murmuré—. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

—Qué va —replicó Alexei—. Solo estábamos apostando cuánto tardarías en meterte en el infierno.

—He ganado, entonces —añadió Viktor.

Nikolai apareció desde el fondo, serio, observándome con esa mirada suya que siempre parecía ser capaz de atravesarte el alma para evaluarte. Pero a mí no me servía. Jamás lograría vislumbrar ni un solo ápice de lo que pasaba por mi cabeza.

—Siéntate —me ordenó.

—No soy un crío.

—Hazlo igualmente.

Con tal de llevarle la contraria, me acerqué al minibar de donde saqué un vaso y me serví un trago de whisky con hielo. Joder, cómo lo había echado de menos.

Al final, me senté, no por obediencia, sino porque estaba cansado. Demasiado.

Durante unos segundos, nadie habló. No hubo reproches ni preguntas directas. Solo presencia. Y eso, para mí, ya era mucho.

—No estamos aquí para pararte —dijo el mayor de nosotros al fin—. Ni para decirte qué hacer.

—Menos mal —mascullé—. Porque no os iba a hacer ni puto caso.

Viktor dejó ir una breve risa.

—Lo sabemos.

Nuestras miradas se cruzaron apenas un segundo, no dijo nada, y yo tampoco. Pero entendí que sabía más de lo que aparentaba, algo que aún no me había contado.

—Solo queríamos que supieras una cosa —añadió Viktor—. No queremos líos, pero tampoco vamos a dejarte solo, si esto se va a la mierda.

—Sois una panda de zopencos —respondí—. No sé para qué iba a necesitaros.

Le di un sorbo al líquido ámbar que rápido comenzó a quemarme la garganta como si de un río de lava se tratase.

—Para cubrirte la espalda —replicó Nikolai—. Como tú has hecho con nosotros.

—Siempre. —Oí como decía una voz dulce, y entonces me percaté de que Elena apareció por la puerta del servicio.

Avanzó por la sala con una seguridad pasmosa, y me alegré de que mi pequeño ángel estuviese a salvo. Esta colocó una de sus delicadas manos sobre el hombro de mi hermano mayor, y sonrió con tristeza.

—Nos has salvado la vida, Andrei —aseguró ella.

Pude ver en sus cristalinos ojos, que de verdad sentía lo que estaba diciendo, que no lo hacía porque sí, sino porque le importaba de verdad.

Quise abrazarla, porque a pesar de nuestras diferencias, entrenarla había sido de las mejores cosas que me podrían haber pasado.

Gracias a ella, mi relación con Nikolai mejoró, y me dio ese voto de confianza mayor que no necesitaba, pero que merecía.

Su esposo le tomó la mano con ternura, y se la llevó a los labios para besarla con una delicadeza que jamás había visto antes. Elena hizo un leve gesto con la cabeza y decidió salir del gran salón para permitir que continuásemos con nuestra charla.

—Lo has dado todo por esta familia —añadió Viktor.

Asentí con tranquilidad, para segundos después terminarme el whisky de un sorbo.

—¿Qué cojones te ha pasado ahí? —exclamó Alexei, rompiendo toda la seriedad del momento.

—Es una larga historia —musité.

—Te escuchamos —me instó Nikolai.

Saqué un cigarro de mi cajetilla y lo encendí.

Lo que estaba a punto de contarles no era ninguna tontería, y prefería mantener una calma que, obviamente, no tenía.

Le di una larga calada, y comencé a relatar todo lo ocurrido con Cero desde el momento en el que me reuní con Nikolai para echarle en cara que me hubiesen engañado.

Los localizadores, la mentira en Alemania… Todo.

—Joder con el puto Cero de los cojones —masculló Alexei.

—Habla bien, anda.

—Te había puesto un maldito chip intercutáneo —comentó Viktor, aún incrédulo.

Asentí al mismo tiempo que fumaba, como si no tuviese importancia.

—¿Y ahora dónde está? —cuestionó el mayor de nosotros.

—Rumbo a las Filipinas con un señor alemán.

—¡Que se joda! —bramó Alexei al mismo tiempo que se echaba hacia atrás en la silla.

Pues sí, iba a joderse pero bien, porque a mí ya no iba a vigilarme nunca más.

Tras darle el último sorbo a mi bebida, me puse en pie, dispuesto a marcharme, cuando de repente oí como Nikolai decía:

—Mantennos informados.

—Ya veremos —respondí al mismo tiempo que giraba sobre mis talones.

Al llegar al edificio donde se encontraba mi apartamento vi algo que llamó mi atención: un papel arrugado junto a la puerta.

Me inquietó, puesto que en ese lugar no vivía nadie salvo yo, ya que había comprado el resto de pisos para que nadie pudiese estar en ellos.

Todos habían sido blindados para que no se pudiese acceder, aunque por fuera se vieran como viviendas normales.

Subí las escaleras de dos en dos, con la mente en otra parte, pensando en todo lo que estaba ocurriendo y si tenía algún sentido aquel mínimo cambio en la entrada. Mi cabeza iba a mil por hora, tanto que no era capaz de detenerme en un solo pensamiento, hasta que lo vi.

Una nota.

Clavada en la puerta con una pequeña navaja con un mango de nácar blanco. Permanecí quieto, observándola durante largos segundos, expectante, sintiendo como algo oscuro y familiar se asentaba en mi estómago.

La arranqué despacio.

Alguien sabía que había vuelto a la ciudad.