39
Marlene
El pasillo era estrecho y frío, olía a metal, a sudor y a miedo. El mío.
Me empujaron sin miramientos, descalza, tropezando, mientras al otro lado de la pared la voz de Eve continuaba rompiéndose a gritos.
—¡Soltadme! —chilló—. ¡Por favor! ¡No le hagáis nada!
Su voz me atravesó como si de un cuchillo se tratara. Cada súplica era un golpe directo al pecho, se me encogía hasta el alma. Intenté girarme, buscarla, pero una mano me agarró del pelo, tirando de este, y me obligó a seguir avanzando.
—Camina —ordenó.
Me arrancaron el vestido sin cuidado, como si no fuese más que un trapo inútil.
La tela se desgarró con un sonido seco que me heló la sangre y retumbó en mis oídos como una súplica silenciosa.
Noté el aire helado contra mi piel desnuda, y entonces comprendí que ya no me quedaba nada: ni ropa, ni dignidad y mucho menos defensa.
Me empujaron dentro de una habitación.
Una sala igual de blanca que la anterior, solo que con dos puertas.
La primera se cerró a mi espalda con un golpe que resonó como una sentencia.
Caí de rodillas, desolada, llevándome las manos al rostro y llorando como una niña atemorizada, porque sí, al final, eso era.
El suelo estaba frío, áspero, tanto que me quemó la piel ante el contacto. Todo mi cuerpo temblaba sin que pudiera controlarlo. Me abracé a mí misma, encogida, intentando desaparecer, no existir.
Aún podía notar ese sabor amargo en la boca.
Sangre.
La suya.
El sabor metálico continuaba ahí, pegado a mi paladar, recordándome el mordisco, el grito y la fuerza bruta que habían utilizado contra nosotras. Me temblaron los labios al pensar que no me arrepentía.
Si había algo que sabía con certeza era que Eve habría hecho lo mismo por mí, aunque ahora nos castigaran a las dos. Aunque aquello fuera el final.
Pensé en Anna, en dónde demonios estaría mi pequeña, en esa imagen que siempre acudía a mi mente: el día de su sexto aniversario, el cumpleaños que organizó papá en el jardín.
Recordaba verlo todo lleno de globos, un arco enorme con flores y las decenas de amiguitos de Anna correteando por encima del césped.
Ese día hubo pastel de fresa y nata, su favorito.
Una lágrima amarga descendió por mi mejilla, erizando cada vello de mi cuerpo.
Anna.
Un quejido desgarrador emanó de lo más profundo de mi alma, rompiéndome por dentro como si no le costara nada.
Entonces, por el rabillo del ojo, le vi. El hombre al que había mordido.
Tenía el brazo ensangrentado, la piel abierta, los dientes marcados con claridad. La sangre le empapaba la manga arrancada, goteando despacio hasta el suelo.
Una sonrisa perturbadora se dibujó en sus labios, provocando que mi corazón se acelerase del pánico más absoluto.
—Me las vas a pagar, puta.
No pensé, no pude.
Empecé a arrastrarme hacia atrás, desesperada, sintiendo como mi cuerpo comenzaba a paralizarse por el miedo. Clavé las uñas en el suelo, intentando huir de algo que sabía que no tenía escapatoria. El terror me nubló la vista, me cerró la garganta y me dejó sin apenas aire.
—No… —Salió de mis labios en un susurro roto.
Tropecé, resbalando con mis propias manos. Sentí el suelo húmedo bajo los dedos, y entonces caí en que era su sangre lo que ya empapaba el mármol blanco.
Él avanzó un paso, y luego otro más.
—Dios, cómo me voy a cobrar tu maldito mordisco —aseguró con lascivia—, pienso follarte hasta que te mueras —juró—, y cuando estés muerta, continuaré haciéndolo hasta que se me caiga la polla.
Lloré, lo hice de manera desconsolada, a sabiendas de que lo que estaba a punto de ocurrir sería mi final.
El hombre frente a mí comenzó a avanzar en mi dirección, al mismo tiempo que se bajaba la bragueta del pantalón, sacando su miembro endurecido.
Comenzó a masajearse de arriba abajo, dejando que su cabeza cayese hacia atrás.
Un gruñido se le escapó cuando sus ojos se fijaron en los míos, de verdad que iba a hacerlo.
—Me encantaría que me comieras la polla, pero lo más seguro es que me dieras otro mordisco —comentó jocoso, como si el hecho de que llevase una herida sangrando en el brazo fuese algo menor y de poca importancia.
Continuó masajeándose, arriba y abajo, disfrutando de que su erección se tensase cada vez más. Una sonrisa diabólica se dibujó en sus labios y alcanzó sus ojos.
Continué arrastrándome, alejándome de él, pero entonces, mi espalda chocó de golpe contra la pared.
Mierda. No había dónde ir. Grité cuando una de sus manos tiró de mi pierna sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
Intenté zafarme de su agarre, forcejeando con todas mis fuerzas para que no lograse arrastrarme hasta donde se encontraba.
El hombre se arrodilló frente a mí, se lamió los labios, y con un fuerte movimiento, separó mis piernas, haciéndome daño. Acercó su rostro al mío, estaba tan cerca que una arcada subió hasta mi garganta cuando me susurró al oído:
—Voy a partirte en dos.
Olía a alcohol, a sudor y a algo rancio. Mis ojos se llenaron de lágrimas, que empaparon mi rostro como dos cascadas a punto de desbordarse.
Podía sentir su erección cerca de mi lugar prohibido, cómo intentaba tirar de mí para ensartarme mientras yo solo lo alejaba a base de golpes, empujándolo. El corazón se me desbocó, estaba a punto de desmayarme, pero no podía permitir que ese hombre me tuviese dispuesta.
Quise morderle, pero antes de que pudiese llegar a su hombro, este se apartó.
—¿Creías que iba a ser tan ingenuo? —susurró contra mi oído—. Vas a pagar por todas, Perla.
Continuó masajeándose el miembro, dejando que la humedad recorriese la mano, preparándose para entrar en mí. Gruñía como si de verdad estuviese disfrutando de aquel momento, y en cierto modo seguro que lo hacía.
Intenté alejarlo una última vez cuando, en un movimiento torpe por mi parte, me agarró con fuerza de las muñecas, inmovilizándome.
Era mi momento.
Lloré a mares, dejando que las lágrimas limpiasen la sangre que aún quedaba en mi rostro, a sabiendas de que ya no había ninguna otra opción. Cerré los ojos con fuerza, rogándole a la vida que no permitiese lo que estaba a punto de ocurrir.
Pude sentir su miembro a punto de ensartarme, pero todo cambió.
Algo caliente me salpicó el rostro, el cuello y el pecho. Cuando quise darme cuenta, la sangre me cayó encima antes de que el cuerpo lo hiciera.
Quedé atrapada bajo él, paralizada, con el corazón desbocado y la respiración rota, incapaz de apartarlo, de gritar. El olor a hierro inundó mis fosas nasales, embriagándome, transportándome a un lugar en el que no deseaba estar.
Entonces le vi.
La Mort.
Estaba allí, de pie, imperturbable, observándome desde arriba con la máscara que siempre portaba, pero con esa mirada que me decía que no era más que una molestia de lo más incómoda.
Su voz llegó a mí, fría, sin rastro de emoción alguna:
—Ya has hecho que mate a dos de mis hombres —dijo—. Me estás saliendo muy cara.
No lloré.
No grité.
Solo entendí, con una claridad que me destrozó por dentro, que aquello no había terminado.