38
Andrei
No parpadeé.
—No sé quién eres —continuó—, pero si has llegado hasta aquí es porque Friedrich confió en ti. —Se pasó una mano por el rostro, agotado—. Eso ya dice más de ti que de la mayoría de personas que he conocido.
En cierto modo, le había obligado a darme todo lo que sabía, pero saber que iba a ayudar a sus hijas tuvo que ser el punto de inflexión para que Scholz acabase confesando que contaba con toda esa información.
—No quiero que intentes vengarme —solté una pequeña risa, porque jamás se me ocurriría—.
Esto no va de mí, va de todas ellas —añadió al mismo tiempo que mostraba los expedientes de cada una de las chicas—.
De las mujeres a las que nadie escucha, de las niñas que no volverán a casa, de las que siguen ahí dentro esperando a que alguien haga algo.
Mi mente voló a Marlene, a Anna, e incluso a Elisa, que también fue arrebatada de su hogar para servir en las filas de La Mort.
Eso me llevó a un pensamiento: ¿tendría Hans información sobre la verdadera identidad de ese hijo de puta?
Arrugué el entrecejo, sintiendo como el nerviosismo comenzaba a subir por mi garganta hasta anidarse en ella, creando un nudo que me impedía respirar con normalidad.
Me serví otro trago del licor de hierbas, y me lo tomé de golpe, creyendo que así acallaría a todas las voces de mi mente que no dejaban de gritarme que me olvidase de todo aquello.
Porque sí, una parte de mí quería abandonar, salir de todo aquel entuerto en el que me había metido por amar a una persona que ni siquiera conocía.
Pero no podía, ¿cómo iba a permitir que niñas como Anna estuviesen lejos de sus familias?
Y ya no solo por eso, me mataba el pensar en toda esa información capaz de hacer caer imperios, en que tenía el arma más letal de todas entre mis manos y no usarla por el simple hecho de decir: esta guerra no es la mía.
Claro que no lo era, ni siquiera Marlene era algo mío como para poder desearla de aquella manera tan ferviente, pero lo hacía.
Volví a fijarme en la pantalla, en ese hombre que destruido, había puesto en riesgo su vida para para poder sacar a todas esas mujeres que una vez fueron esclavizadas por la trata, para vengarlas a todas en nombre de unas pocas.
Encendí un cigarro, sintiendo como el tic nervioso de mi pierna iba cada vez a más.
—No puedes confiar en nadie, desconocido —aseguró—. El mundo está podrido.
Y tanto que lo estaba, lo había vivido en mis propias carnes.
Desde bien pequeño había tenido que sobrevivir en las calles frías de Moscú, ninguna familia me había aceptado en el hospicio y, sin tener ni idea de nada, me había rodeado de hombres y mujeres de una calaña difícil de definir.
El poder corrompía, esa era una verdad absoluta. Ni siquiera el hombre o mujer más puro sobrevivía a algo así.
—Lo sé, amigo —le respondí a pesar de que no iba a escucharme.
—Por si no lo sabes… Tengo un hijo —comentó—. A día de hoy está conmigo, pero no quiero que se vea involucrado en todo esto.
—Pues lo está —comenté para mí mismo.
Y en cierto modo así era, ya que solo estar cerca del canciller ya suponía un peligro para él.
—Te pido que lo cuides, si puedes —suplicó, y pude ver en sus ojos el más absoluto pesar—. No como un favor, sino como una forma de hacer justicia por mi muerte —continuó—. Que tenga una vida que no esté manchada por todo esto, que la viva lejos de este mundo lleno de corruptos.
Hans se pasó una mano por el rosto, al mismo tiempo que suspiraba, mostrándome una expresión tan demacrada y entristecida que pude sentir un pellizco en el estómago que no había notado en mucho tiempo.
—Por favor… —me pidió—. Aléjalo de aquí, él merece una vida tranquila, en paz, apartada de todo lo que hizo su padre.
Matt no recordaba nada, y lo más triste era eso: jamás sabría que su padre Hans iba a ser un héroe para todas esas mujeres que una vez fueron tratadas como ganado.
—Tienes que sacar todo a la luz —me pidió—. No negocies ni calles. —Su gesto se volvió más rudo y feroz—. No tengas miedo —sentenció con firmeza—. Si yo no lo hice antes fue porque me faltó tiempo… no valor.
Y pude ver en sus ojos que así era, que lo que decía era tan cierto como que el agua mojaba y que si hubiera tenido oportunidad, lo habría hecho.
—Malik Haddad —añadió en los segundos finales de la grabación—. Él es el hombre que necesitas.
El vídeo terminó.
Me quedé mirando la pantalla durante largos segundos, con el pecho ardiendo y la sensación de que acababa de recibir algo que no podía devolver.
Aquello ya no era solo Marlene.
Ni Anna.
Ni siquiera Friedrich o Hans.
Era una maldita guerra.