El legado de los Romanov 37
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Andrei

Salí de aquella casa con más peso del que había entrado. No era algo físico, sino mental. Mi conciencia me gritaba que ahora tenía una responsabilidad mayor, y a pesar de que había venido a Alemania únicamente para buscar respuestas sobre Marlene, me había metido en un circo aún más grande.

La mochila que llevaba colgada del hombro parecía insuficiente para todo lo que estaba por desvelar, pero dentro iba condensada la vida de demasiadas personas: informes impresos, carpetas con anotaciones a mano, fechas subrayadas, nombres repetidos hasta la saciedad…

y un pequeño pendrive negro, sin marcas, sin etiquetas. Discreto.

Fredrich no intentó detenerme cuando crucé el umbral, llevándome conmigo todo lo que podría liberar a su hija. No dijo nada más. Se quedó sentado en la cama, con la mirada perdida, como si su batalla hubiese terminado. Yo tampoco le ofrecí consuelo, no era mi lugar.

Conduje durante horas sin rumbo fijo, dejando atrás Berlín mientras el amanecer comenzaba a romper el cielo en tonos grises y sucios. El cansancio me había calado en los huesos, pero no me detuve hasta que estuve seguro de que nadie me seguía.

Solo entonces paré.

Llegué a un hotel de esos en los que ni siquiera hay alguien en recepción. Solo pequeños compartimentos que se desbloquean al pagar la cantidad que requiere la habitación. Olía a humedad, a madera carcomida y a algo que no supe descifrar.

Cuando entré en el que sería mi hogar durante las próximas horas, cerré la puerta tras de mí, asegurándome de poner el pestillo para que nadie me molestase, y dejé caer la mochila sobre la mesa. Durante unos segundos me limité a observarla, como si fuera una bomba a punto de estallar.

Me encendí un cigarrillo y le di una larga calada.

Antes de entrar en materia, decidí que necesitaba algo con lo que mantenerme despierto el máximo tiempo posible, así que salí de la habitación.

Caminé tranquilo por el largo pasillo que daba a las escaleras de madera que no dejaban de crujir, y la descendí con parsimonia, fumando.

Por fin un momento de calma después de semanas de alboroto.

Llegué a la zona de taquillas, funcionaba de la misma manera que las llaves de las habitaciones: veías lo que había, pagabas y la puertecita del compartimento se abría.

Revisé cada uno de ellos, esperando encontrarme algún tipo de whisky, o algo que me diese ese ardor de garganta que necesitaba.

Pero no encontré nada salvo Schnapps, un licor similar al Jägermeister.

Arrugué el entrecejo, no había más opción.

Lo cogí y sin dar más vueltas subí, para encerrarme en el búnker donde revisaría toda la información.

Al entrar me percaté de que, en el centro del salón, frente al sofá, había una chimenea, y junto a este un montón de leña.

Sonreí para mí, recordando los momentos de oscuridad en la noche cuando no era más que un crío, y la sensación de notar el calor al encender el fuego en los callejones de Moscú.

Había intentado olvidar esa parte de mi vida durante demasiado tiempo, negándome a mí mismo que pudiese ser normal después de ello, pero lo cierto era que, en ese preciso instante, me hacía hasta gracia recordarme sobreviviendo.

Ese pequeño Andrei no sabía la que se le venía encima, y supongo que el de ahora tampoco.

Abrí la botella de Schnapps, sirviéndome una copa del líquido transparente. Me llevé el vaso a la nariz, embriagándome con el olor a hierba que pronto entró por mis fosas nasales.

Me lo bebí de un trago, sintiendo como me quemaba la garganta y me pegaba un buen golpe en el estómago.

—Joder… —mascullé.

Mientras aún sentía el sabor afrutado a manzana empecé a sacar los papeles que había en las carpetas.

Leí informes que no deberían existir. Fotografías impresas con mala calidad, capturas de cámaras ocultas, listados de vuelos privados, cuentas bancarias en paraísos fiscales, pagos de favores, empresas pantallas con nombres demasiado famosos como para siquiera imaginarlo. Todo estaba ahí.

Hans Keller había sido meticuloso. Obsesivo incluso. Había dejado constancia de cada paso, como si supiera desde el principio que no iba a vivir lo suficiente como para verlos caer a todos.

En aquel dossier había información de los grandes magnates de todo el planeta, imágenes de fiestas en las que se les relacionaba con chicas aparentemente menores de edad, a las que usaban como platos y a las cuales obligaban a posar desnudas sobre mesas en las que ellos mismos comían.

El estómago se me revolvió.

El pendrive fue lo último en sacar.

No comprendía cómo en un mundo tan avanzado podíamos seguir teniendo gente como aquella que se ocultaba con una facilidad pasmosa.

Y lo peor de todo… ¿Por qué nadie decía nada?

Eran demasiado codiciosos como para abrir la boca, porque al no hacerlo, continuaban percibiendo pagos, sobornos y favores.

Solo de pensar en todas las niñas que habían sido usadas como Marlene y Anna provocó que un poderoso fuego naciese de mis entrañas. Eran todos unos hijos de puta.

Conecté el dispositivo a mi ordenador con cautela.

Estaba cifrado. Por supuesto. Durante al menos media hora estuve intentando romper la protección, tardé más de lo habitual, y no porque fuese especialmente buena, sino porque estaba diseñada para que solo alguien con paciencia llegara hasta el final.

Cuando se abrió, entendí por qué.

Cientos de archivos.

Miles.

Había imágenes y vídeos. Demasiados. Mujeres jóvenes, niñas, incluso bebés… Estaban en todas partes, habitaciones blancas, fiestas privadas, yates e incluso en una isla que a priori parecía paradisiaca.

Negué con la cabeza.

Lo que tenía frente a mí era la caída de toda una civilización. Había cientos de rostros mundialmente conocidos, de esos que en público abogan por la libertad, pero luego acababan de esa forma, borrachos, tirados en camas y rodeados de niñas.

Pero no solo encontré imágenes, también grabaciones de audio, correos filtrados, ubicaciones y pagos por cada uno de esos encuentros fugaces con las niñas.

En ellos se decía que las pequeñas eran modelos, asistentes o masajistas.

Obviamente no lo eran, no cuando esas mismas niñas aparecían desnudas junto a los hombres y mujeres más poderosos del planeta.

Entonces, un vídeo llamó mi atención.

El archivo estaba fechado desde hacía meses, así que lo abrí.

Hans apareció en pantalla, o al menos a quien identifiqué como tal, sentado frente a una pared desnuda.

Vestía ropa sencilla, sin insignias ni marcas, nada que pudiese identificarlo de una facción u otra de la sociedad.

Me fijé en la forma en la que sus ojos se hundían, creando unas ojeras imposibles de obviar.

Estaba cansado, derrotado. Y no era para menos.

Estar meses investigando sobre algo tan crudo debió ser una auténtica maldición, y más formando parte del círculo en el que estaba.

Mirase donde mirase podía encontrar gente a la que ya había visto en esas imágenes.

En sus ojos pude ver algo firme que me removió por dentro, una convicción, la misma que le había llevado a sacrificarse por intentar sacar a la luz todo lo que hacían a esas niñas.

—Si estás viendo esto —dijo, sin rodeos—, significa que estoy muerto, y vengo a contarte toda la verdad.