El legado de los Romanov 36
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Andrei

El silencio se alargó entre nosotros como una cuerda tensa a punto de romperse.

Friedrich seguía de rodillas, pero ya no lloraba.

Tenía la espalda rígida, la mirada clavada en algún punto del suelo, como si hubiera llegado a una conclusión que no le gustaba en absoluto.

A mí tampoco me gustó su maldita respuesta.

—Vienes a por lo mismo que el resto —dijo al fin.

Alcé la vista despacio, frunciendo el ceño.

—No eres más que un maldito mercenario que quiere aprovecharse de un padre desesperado.

—Me estás inflando las narices, Scholz —aseguré.

Este levantó la cabeza y me miró de frente por primera vez desde hacía minutos. Ya no suplicaba por su vida, sino que en su expresión pude ver una mezcla extraña de resignación y cansancio.

—El dinero —escupió—. El silencio. La información. —Tragó saliva—. Vienes enviado por ese puto calvo.

Ahí lo entendí. Dejé ir una profunda carcajada, porque aquello sí que no me lo esperaba, o al menos no la forma con la que lo había dicho.

Toda aquella altivez repentina, aquel juicio y forma de mirarme como si ya me hubiera catalogado… no era valentía. Era una defensa. Un mecanismo aprendido a base de visitas nocturnas, amenazas veladas y hombres que decían venir a arreglar las cosas.

Sentí como algo frío se me asentaba en el pecho.

—Déjate de rollos —le corté en seco—. No quiero nada de ti.

Parpadeó, desconcertado, como si le pillase por sorpresa.

—¿Cómo?

Di un paso al frente, despacio, sin apuntarle, sin invalidarlo, pero lo suficientemente cerca como para que entendiera que no estaba allí para negociar. Iba a salir de Alemania con toda la información que necesitaba y me daba igual si tenía que llevármela por la fuerza o no.

—No quiero tu dinero —continué—. No quiero favores, ni chantajes, ni una puta mierda. —Apreté la mandíbula—. Solo quiero sacar a Marlene y a Anna de ahí.

El silencio cayó de golpe, interponiéndose entre ambos como una maldita barrera. Friedrich me observó como si no acabara de comprender lo que estaba oyendo, como si esas palabras no encajaran en el mundo podrido en el que llevaba demasiado tiempo encerrado.

—¿Por qué? —susurró al cabo de unos segundos—. ¿Qué ganas tú con eso?

No respondí.

No porque no supiera qué decir, sino porque decirlo en voz alta le daría una forma que no estaba seguro de poder controlar.

El canciller achicó los ojos, estudiándome, y entonces algo cambió en su expresión. No fue de inmediato, pero lo vi. Una pieza encajando. Un gesto mínimo, casi imperceptible.

—Cuando te pregunté de qué conocías a mis hijas no me diste una respuesta… — empezó a decir—. Sin embargo, dijiste que las habías salvado…

Sus cavilaciones cada vez tenían más sentido, por lo que le dejé que continuase con aquel monólogo.

—Te importa de verdad —musitó despacio—. Estás enamorado de ella…

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

No lo negué ni lo confirmé.

Permanecí quieto, con la mirada fija en él, sintiendo como algo muy profundo se abría paso bajo las capas de rabia e ira que llevaba tanto tiempo sosteniendo.

Ese silencio fue suficiente respuesta.

Friedrich cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, quebrado, como si por fin entendiera algo que no lograba comprender.

—Ahora lo entiendo todo —murmuró.

Se llevó la mano al rostro, arrastrándola con cansancio, lo que aprovechó para ponerse en pie y sentarse, de nuevo, en la cama.

—Yo no tengo nada que ver con esa lista —comentó al fin—. Nunca la quise, ni la pedí.

Lo miré con desconfianza, sin bajar la guardia, sintiendo como los músculos se me tensaban.

—Entonces habla —le exigí—. Y más vale que no me mientas.

Este asintió despacio.

—La información no era mía —confesó—. Era de mi mano derecha, mi hermano, mi mejor amigo… —Su voz se deshizo como si jamás hubiese estado allí, como si le doliera el alma solo de recordarlo—. Se llamaba Hans Keller.

El nombre no me dijo nada, pero el tono en el que lo pronunció sí.

—Era el único en quien confiaba —continuó—. Nos conocíamos de toda la vida, crecimos juntos. —Hizo una pausa—. Cuando entré en la vida política le pedí que se uniese a mí. Era el jefe de seguridad de mi equipo, y mi guardaespaldas.

Coloqué el butacón frente a él, y me dejé caer sobre este, sintiendo el peso de la tensión en todo mi cuerpo.

—Durante años, estuvo investigando, le llegó información sobre un asalto en un pueblo del Líbano.

—No entendí la referencia, por lo que aguardé a que continuase—.

Al principio no sabía qué tenía que ver eso con nosotros, pero meses después me comentó que uno de nuestros aliados estaba metido en algo turbio. No sabíamos hasta qué punto.

—¿Y qué ocurrió?

—Hans reunió pruebas, nombres, grabaciones… Fue recopilando cada vez más datos, gente de mucho poder e influencia —confesó—. Eran los reyes del mundo, uno al que yo jamás sentí que pertenecía.

—En los informes que le envió un tal Malik, se hablaba de tráfico de armas, trata de blancas, diamantes… Incluso fiestas sexuales donde la droga y las mujeres eran el pan de cada día.

Malik… Su nombre tampoco me sonó, pero buscaría referencias entre Keller y este informante antes de llegar a Moscú.

—Cuando intentó advertir a las autoridades de lo que ocurría… fue demasiado tarde —suspiró, y pude ver como sus ojos se anegaban de lágrimas.

—¿Y qué hay del niño? —pregunté en voz baja—. Matt —apunté—. No aparece en ningún registro.

El rostro de Friedrich se descompuso por completo.

—Hans era su padre —susurró—. Tuvieron un supuesto accidente de coche, donde él perdió la vida. —Negó con la cabeza—. El niño iba con él. Sobrevivió, pero… —Su voz volvió a quebrarse—. No recuerda nada, ni a su padre, ni lo que pasó.

Levantó la vista hacia mí, con los ojos enrojecidos.

—Me hice cargo de él porque era lo único que podía hacer. —Se llevó una mano al pecho—. Cuando Hans y yo éramos pequeños nos prometimos estar ahí el uno para el otro —lloró—. Así que es lo mínimo que le debo.

Un hipido desgarrador llenó la habitación.

—Me llama papá porque no es capaz de recordar a Hans, es tan pequeño... —añadió en voz baja, como si aquello le doliese más que cualquier otra cosa.

—¿Qué hay de su madre? —Quise saber.

—Les abandonó cuando Matt no era más que un bebé.

Durante unos segundos no dije nada. No porque me diera pena, sino porque todo encajaba de una forma que parecía incluso irreal.

—Así que usaron la lista como moneda de cambio —murmuré—. No conocían de la existencia de Matt, y fueron donde más dolía.

Asintió con pesar.

—Primero fueron amenazas, les aseguré que no diría nada, que pagaría lo que hiciese falta. —Cerró las manos en puños—. Pero luego actuaron, me hicieron entender que, si hablaba, mis hijas no volverían nunca.

Unas repentinas ganas de vomitar subieron hasta mi garganta.

—Y aun así no las buscaste.

—Claro que lo hice.

—No iniciaste una búsqueda internacional —le contradije—. No diste esa maldita orden.

—¿Y qué demonios tenía que decir? —cuestionó—. No podía hacer referencia a la lista —añadió titubeante—. Pensé que era la única manera de mantenerlas con vida —lloró, llevándose las manos al rostro—. Pensé… Pensé que el silencio las protegería.

Lo observé durante largos segundos.

No le perdoné, jamás lo haría.

Pero entendí algo.

—Escúchame bien —respondí al fin—. Si quieres que tus hijas salgan vivas de ahí, vas a tener que hacer justo lo contrario que te han enseñado.

Levantó la vista, expectante, aterrorizado, pero pude ver como en sus ojos había una determinación que no había encontrado antes.

—Vas a hablar —continué—. Vas a darme todo, y esta vez no por miedo… sino porque ya no te queda nada que perder.

—Pero…

—No hay peros que valgan, canciller —le interrumpí—. Porque pienso dar con ellas, y matar a quien haga falta, pero necesito que trabajemos en equipo —juré, sintiendo como el corazón se me aceleraba—. Yo solo no puedo meterme en esta guerra.

Sus ojos temblaron.

—¿De verdad harías todo esto por ella?

No respondí, no hacía falta. Porque si algo tenía claro en ese momento era que, aunque el mundo entero se me viniera encima, Marlene no se quedaría allí.

Ni ella, ni Anna.