El legado de los Romanov 35
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Andrei

—Empieza a hablar.

La voz me salió de lo más profundo del pecho, retumbándome en los oídos.

Estaba cabreado, sentía la presión en mis sienes, la rabia contenida que no dejaba de bullir en mis venas.

Friedrich seguía de rodillas frente a mí, con el cuerpo vencido, los ojos hundidos y la mirada fija en el suelo, como si mirarme a la cara fuese demasiado para él.

—¿Qué es lo que te pidieron? —continué—. ¿En qué mierda estás metido para permitir que un puto proxeneta se lleve a tus hijas como si fueran ganado?

No respondió. Su silencio fue la chispa que lo prendió todo, haciendo que sacase el arma y le encañonase.

—Mírame cuando te hablo —le ordené.

Esta alzó la cabeza despacio. Tenía los ojos enrojecidos, vidriosos, pero no vi en ellos lo que esperaba. No había maldad, solo miedo. Un miedo patético que no le salvaría en el momento en el que se me cruzasen los cables.

Eso me dio más asco aún.

—Eres un desgraciado —escupí con desprecio—. Un puto cobarde. Ya hay que ser hijo de la gran puta para permitir algo así… —Negué con la cabeza—. ¿Cómo se te pasa por la cabeza dejar que hagan eso con tus propias hijas?

Sus labios temblaron.

—Yo… yo pensé que si no decía nada… —balbuceó como un niño pequeño—. Si no iba a la policía, si no hacía ruido… podrían volver sanas y salvas.

Esa frase me atravesó como un disparo.

—¿Sanas y salvas? —repetí, incrédulo.

La rabia me explotó en el pecho, y ya no pude contenerla.

—¡Se las están follando, puto desgraciado! —voceé, perdiendo el control—. ¡Las están usando como prostitutas de lujo!

Friedrich abrió la boca, pero no salió sonido alguno, no se atrevió.

—¿Sabes cómo llaman a Marlene? —continué, completamente ido—. La Perla. Así la anuncian.

Vi cómo su rostro se descomponía por completo.

—No… —susurró—. No… eso no…

—¡Y no quiero imaginar cómo llaman a Anna! —rugí—. Porque era la más codiciada cuando las salvé. La pequeña. La que todavía no entiende nada.

El grito me salió de lo más profundo de mi ser, rasgándome la garganta. El silencio que vino después fue espeso, casi irrespirable.

Friedrich se llevó las manos a la cara y se derrumbó.

—No… —repetía entre sollozos—. Eso no… yo no… —negó una y otra vez, ahogándose con su propio llanto—. Yo no tengo nada que ver con la trata de personas, ni con prostitución —aseguró tembloroso—. Nada de eso… te lo juro.

Su llanto se volvió descontrolado, ahogado, como si su propia culpa lo estuviese asfixiando, sin dejarle respirar.

¿Por qué demonios si tenía toda esa información no la sacaba a la luz?

Me ponía en su lugar, en su situación, y si a mí me ocurriese algo como esto, no habría dudado en tirar de la manta en el primer instante en el que hubiese podido tener oportunidad.

Total… Ya le habían quitado lo que, se suponía, que más amaba en la vida: sus hijas.

—Me dijeron que era… protección —continuó—. Que si cooperaba… que si hacía lo que me pedían… nadie las tocaría.

Apreté los dientes con tanta fuerza que escuché el crujir de mis muelas.

—Eres un necio asqueroso —murmuré, esta vez sin gritar—. Un puto imbécil al que han usado de marioneta.

Me pasé una mano por la cara, intentando calmar la tormenta que llevaba dentro, pero lo cierto era que lo único que quería era aplastarle la cabeza. El asco seguía ahí, latiendo en mi interior, pero algo más se abrió paso entre mi rabia: una certeza incómoda.

Si decía la verdad… no era el monstruo causante de todo mal de Marlene, sino la víctima perfecta.

—Escúchame bien —le dije al fin, clavando mi mirada en la suya—. Si de verdad quieres ayudar a tus hijas… y no estás metido en toda esta mierda.

Se quedó muy quieto, expectante.

—Me vas a tener que dar toda la información que tengas —continué—. Nombres, contactos, llamadas, pagos, amenazas… todo. Sin ocultarme nada.

—Yo… Tengo parte de la información, pero…

—No quiero peros —sentencié—. Quiero datos, que me lo des todo.

—El otro hombre que vino… —Su voz se esfumó como si no hubiese existido.

Alcé una ceja.

—¿Quien? —cuestioné al mismo tiempo que fruncía el ceño.

Mi mente comenzó a volar, a ir cada vez más deprisa.

—Hace dos días vino un hombre calvo, de no más de cincuenta años… —comenzó a explicarme—. Él ya había estado aquí —afirmó antes de que pudiese preguntarle—, meses atrás.

Achiqué los ojos, porque sabía a ciencia cierta, sin la necesidad de que él me dijese nada, de quién se trataba.

—¿Qué quería? —indagué.

—Decía ser parte del gobierno, querían toda la información relativa a la lista.

Apreté la mandíbula, tanto que creí que mis muelas saltarían por los aires antes de que pudiese volver a hablar. Me pasé una mano por el rostro y encendí otro cigarro, probando a calmarme.

—¿Se la diste?

—Claro —aseguró.

Dejé ir un profundo gruñido que llenó la habitación, provocando que el canciller se estremeciese al momento.

—Maldito gilipollas, hijo de la gran puta. —Alcé la voz, sintiendo como toda la rabia acumulada volvía a revolverlo todo en mi interior—. ¿Cómo cojones se te ocurre?

—Yo pensé que…

—A ti se te presenta cualquiera, te dice que es del gobierno y listo, le entregas la información.

—No soy tan tonto, señor…

—Romanov.

Sus ojos se abrieron al máximo, como si ya hubiese escuchado mi apellido antes. Entonces, su actitud cambió por completo, tanto que por un instante pensé que me tomaba el pelo.

—Romanov —repitió—. Sé con qué tipo de hombres trato —aseguró—. Hombres como usted, mafiosos de poca monta, traficantes, proxenetas…

—Oh, no, ya le aseguro que yo no soy como esos tipos —comenté notando como mi paciencia iba desapareciendo—. Yo soy el que los caza.