34
Andrei
—¿Arrepentirme? —cuestionó—. ¿Qué demonios sabes tú de mi hija?
La pregunta me atravesó por completo, no por el contenido, sino por la rabia con la que estaba cargada.
Pude percibir en él la más cruda desesperación.
Friedrich permanecía de pie frente a mí, a una distancia considerable, con los hombros tensos y las manos cerradas en forma de puños a ambos lados de su cuerpo, intentando parecer algo que no era: un hombre seguro de sí mismo y con todo bajo control.
Le sostuve la mirada sin pestañear, dejando que el silencio hiciera su trabajo, permitiéndole entender que cada segundo que pasaba sin respuesta jugaba en su contra.
—Más de lo que crees —respondí al fin, con calma—. Y menos de lo que debería saber su padre.
Su gesto cambió por completo, como si le hubiese dado una bofetada sin mano.
—¿Qué haces aquí? —insistió, alzando un poco la voz—. ¿Le has hecho algo a Matt?
Dejé ir una risa baja. Ahí estaba su mayor temor. No era Marlene, ni Anna. Era el puto niño.
Achiqué los ojos.
—No lo metas en esto —le advertí—. Él no es asunto mío.
Friedrich dio un paso hacia atrás, respirando de forma errática. El miedo comenzaba a filtrarse en cada uno de sus gestos, desdibujando esa pose altiva que el canciller había perfeccionado de cara al público y ahora usaba conmigo.
—No tienes derecho a… —empezó.
—Cállate —le corté en seco.
No grité. No hizo falta. Mi voz sonó lo suficiente baja y firme como para que un escalofrío le recorriese la espalda. Pude verle estremecerse, mientras la sangre ya comenzaba a hervir en mis venas.
—No hagas ninguna tontería —continué—. Porque aunque ahora mismo no tenga intención de matarte, te aseguro que si me toca los huevos lo suficiente… La opinión de Marlene dejará de importarme una mierda.
Vi cómo tragaba saliva. Cómo el aire parecía abandonarle los pulmones de golpe.
—No eres así —susurró—. Si lo fueras, ya estaría muerto.
Sonreí ladino, y dejé ir una risotada
—No confundas contención con bondad —le advertí.
El silencio volvió a llenar la habitación. Había tanta tensión que no pude evitar llevarme la mano al arma que guardaba en la parte trasera de mis pantalones. Pero entonces, ocurrió.
—¿Papá…?
La voz infantil atravesó el pasillo.
Friedrich se giró de inmediato. Su semblante se tornó pálido y sus ojos se abrieron desorbitados. Me moví antes de que apenas pudiera reaccionar, deslizándome tras la puerta del dormitorio, fundiéndome con la sombra, y clavando el cañón del arma en la espalda del canciller.
Matt apareció en el umbral, pequeño, despeinado, con un pijama demasiado grande y los ojos cargados de sueño.
—¿Por qué hay luz? —preguntó con su vocecita.
—Todo está bien.
Durante unos segundos, el pequeño permaneció en silencio, como si algo no le cuadrase.
—Pero… —el niño dudó—. Te he oído hablar.
—Han llamado a papá —respondió, forzando una sonrisa que pude ver de reojo—. Vete a dormir, Matt —le instó—. Mañana tienes colegio.
El niño lo observó un segundo más, inseguro, como si percibiera que algo no encajaba, pero finalmente asintió y se dio la vuelta, tirando de su osito de peluche, arrastrando los pies por el pasillo hasta desaparecer de nuevo.
La puerta se cerró.
Friedrich no se movió durante unos segundos. Cuando lo hizo, alzó las manos, por lo que separé el cañón del arma para volver a guardarla. El canciller se dejó caer en la cama como si no tuviese fuerzas para más. Se llevó las manos al rostro y, sin poder evitarlo, se quebró.
Lloró.
No de forma contenida ni elegante. Lloró con sollozos desordenados, el cuerpo encogido y repitiendo frases inconexas entre hipidos.
—No soy un monstruo… —susurró.
El estómago se me revolvió al ver aquella escena, porque en cierto modo una parte de mí quería comprenderle, pero sabía bien qué clase de hombre era.
—Eso lo determinaré yo —sentencié con rudeza.
Un profundo quejido resonó en la habitación.
—Yo… lo hice, hablé —balbuceó sin que apenas pudiera entenderle—. To… Lo que… mi mano.
Desde la sombra lo observé, impasible.
No sentí pena ni compasión.
Solo asco.
De repente y sin que me lo pudiese esperar, el canciller se puso en pie, con las piernas cimbreándole y el cuerpo encogido.
—Haz lo que quieras conmigo —suplicó, colocándose de rodillas en medio del despacho, a mis pies.
Sonreí ladino.
Una parte de mí quiso dispararle, estucar cada una de las paredes con sus sesos, darle su merecido por haber permitido que se llevaran a Marlene y Anna.
Apreté la mandíbula, sintiéndome tentado. Tanto que tuve que repetirme para mis adentros que no era el momento, pero que llegaría. Claro que llegaría, sobre todo si descubría que él tenía algo que ver con el tema de la lista, la prostitución de niñas y todo lo que habían sufrido sus propias hijas.
—Le diré algo, señor Scholz —comenté al final, haciendo que se estremeciera al escuchar mi voz tan cerca—. Lo único que te ha mantenido con vida hasta ahora es que Marlene no estaría orgullosa de verme convertirte en un cadáver.
Di un paso más hacia él, coloqué mi mano en su cabeza, como si estuviera perdonándole la vida, y en cierto modo, así era.
—Será mejor que no abuses de eso.
Alzó la vista, y pude encontrarme con una mirada llena de dolor, enrojecida por las amargas lágrimas y al borde del colapso.
Sus sollozos se intensificaron, y solo pude sentir satisfacción.
—Yo he hecho todo lo que me han pedido… —balbuceó—. Todo… —Negó con la cabeza—. Por favor…
—Entonces cuéntamelo todo.