El legado de los Romanov 33
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Andrei

El teléfono vibró cuando llevaba demasiado tiempo mirando el mapa de Moscú sin verlo realmente. Las líneas se me juntaban, apenas podía ver el nombre de las calles, tanto que la vista se me volvió borrosa.

De reojo miré la pantalla del teléfono. A esas horas solo podía ser una persona: Viktor.

Respondí tras dejar que sonara un par de veces más, meditando si realmente me valía la pena coger la llamada.

—Dime que tienes algo —dijo nada más cogerlo, sin preámbulos.

Su voz sonó tensa, contenida, como si ya supiera que la respuesta no iba a darle demasiada tranquilidad, y mucho menos, esperanza.

—Estoy en ello —respondí sin muchas ganas—. He encontrado información sobre el padre de Luca, pero necesito más tiempo para atar cabos.

Mentí.

No fue una mentira elaborada ni brillante, solo lo suficiente creíble como para que no sospechara. La verdad era otra: Luca podía esperar. Moscú no.

—¿Cuánto tiempo? —indagó.

—Un par de días —contesté—. No quiero presentarme ante alguien como él sin tenerlo bien cogido por los huevos.

Viktor suspiró al otro lado, fue algo más parecido a un bufido.

—Está bien —aceptó—. Avísame antes de hacer cualquier movimiento. No vayas solo —me pidió.

—No lo haré —mentí de nuevo.

Lo hice porque no iba a permitir que, otra vez, intentase detenerme, ni que metiese las narices en mis asuntos, a pesar de que fuese por mi bien.

—Hablamos en unos días —me apresuré a despedirme.

Colgué antes de que pudiera seguir preguntando y dejé el móvil boca abajo sobre la mesa. La localización seguía ahí, fija, silenciosa, como una invitación escrita con sangre. Cero sabía exactamente lo que hacía, lo que no esperaba era que me entrometiera en sus asuntos de esta manera.

Pero antes de marcharme, había algo que debía hacer.

Alemania aún no había terminado conmigo.

Entré en casa de Friedich Scholz sin forzar nada.

No hizo falta. La seguridad era buena, pero previsible.

Demasiado confiada en rutinas y jerarquías.

Los guardias estaban donde debían, haciendo lo que hacían todas las noches: beber más de la cuenta, bajar la atención y dormirse creyendo que nadie se atrevería a cruzar esa línea.

Pero esta vez se equivocaban.

Esperé.

Sentado en el butacón de la habitación principal, con las luces apagadas, observando la paz que se respiraba en aquella zona, alejados de la ciudad. El dormitorio era amplio, sobrio, impersonal. No había fotografías familiares a la vista. Ni rastro de Marlene ni de Anna.

Eso también decía mucho.

El sonido de la puerta al abrirse fue casi imperceptible. Friedrich entró con pasos cansados, aflojándose la corbata mientras murmuraba algo en alemán que no me molesté en intentar traducir. Se detuvo en seco cuando encendió la lámpara.

Me vio.

El miedo fue inmediato. Puro. Crudo.

—No grite —le advertí con calma—. No servirá de nada.

Retrocedió un paso, pálido, con la respiración desacompasada.

Me fijé en él, en la manera en la que sus ojos se abrían, y pude identificar los de Marlene en ellos. Apreté la mandíbula sintiendo la presión, dolido por encontrarla en un hombre que ni siquiera la quería.

—Tengo seguridad —dijo, intentando sonar firme—. Hay hombres armados en esta casa.

—Lo sé —respondí—. Están todos durmiendo la mona, han ingerido un somnífero que los tendrá un poquito cansados al menos hasta las seis.

Tragó saliva.

—¿Quién eres? —inquirió, aunque en el fondo ya lo sabía.

—El demonio —musité, sintiendo como la ira me carcomía.

Le vi tragar saliva, presa del pánico. Pero en su mirada no solo encontré eso, sino una determinación que llegó incluso a divertirme. ¿Quién demonios se creía que era?

—Si has venido a matarme… —empezó.

—Si quisiera hacerlo, no se habría desatado ni siquiera la corbata —aseguré.

Me incorporé despacio, lo justo para que entendiera que no estaba atado a ese asiento, pero sin invadir su espacio. Saqué un cigarrillo de la cajetilla y me lo llevé a los labios, encendiéndolo.

—No estoy aquí por usted, señor Scholz —continué.

El silencio se volvió más espeso.

—¿Entonces qué demonios quieres? —cuestionó, visiblemente afectado—. ¿Dinero? —añadió—. Puedo pagarte lo que quieras, solo tienes que decir la cantidad.

—Podría enterrarle en oro y diamantes si quisiera —le contradije, mostrando mi ostentosidad, porque sí, había sido un mercenario toda mi vida, pero tenía mucho más dinero del que jamás necesitaría.

Friedrich se acercó al carrito mini bar, de donde sacó una botella de whisky, y se sirvió un poco en un vaso. Se lo bebió de un solo trago. Tras eso, giró sobre sus talones para observarme en la distancia.

Le di una larga calada al cigarro, consumiéndolo con lentitud, permitiendo que el humo llenase mis pulmones.

Estar frente al hombre que le había dado la vida a la mujer a la que amaba era raro, incluso triste por lo que de verdad significaba.

Ella no estaba allí para impedirme que lo matase, ni siquiera para evitar que le apagase la punta del cigarro en la cara.

Una parte de mí quería verle sufrir, apalearlo hasta que se ahogase con su propia sangre.

Pero a mi mente no dejaba de venir la imagen de Marlene.

Su mirada. La pureza y dulzura que emanaba de cada poro de su piel.

Joder.

Apreté las manos en puños, sintiendo como la ira iba incendiándolo todo a su paso.

—No sabes dónde estás metiéndote —susurró él—. Esto va más allá de mí y de mis hijas.

—Siempre dicen lo mismo —respondí déspota—. Pero nunca es verdad… —Hice una pausa—. Solo que esta vez te enseñaré a arrepentirte por ello.