El legado de los Romanov 32
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Marlene

Una semana atrás.

Antes de la fiesta de Octavio Ríos.

Las horas no pasaban allí dentro, era como si se hubieran olvidado de nosotras, y en cierto modo lo agradecía, ya que pensar en que podrían venir a sacarnos de allí significaba algo mucho peor.

Seguíamos sentadas en el suelo, apoyadas contra el sofá, compartiendo un silencio que ya no dolía tanto, porque al final, las dos sabíamos por lo que estábamos pasando, y eso lo hacía más ameno.

Eve jugueteaba con un hilo suelto de su vestido, enrollándolo y desenrollándolo entre los dedos, como si ese gesto la ayudara a mantenerse anclada a algo real.

—Cuando era pequeña —dijo de pronto, sin mirarme—, pensaba que si era lo bastante buena, si hacía todo bien… alguien me querría.

Giré la cabeza hacia ella con lentitud.

—¿Quién? —me atreví a preguntar, con pesar.

Esta se encogió de hombros y pude ver el dolor en su mirada, en cómo sus ojos verdes se volvían pardos, como si se hubieran vaciado de esa luz con la que siempre me observaba.

—Cualquiera…

Su respuesta me partió en dos. No supe qué decir, así que me permití el lujo de no decir nada, limitándome a acercarme un poquito más a ella. Esta dejó caer su cabeza sobre mi hombro, y no pude evitar abrazarla con cuidado.

—Estoy segura de que siempre ha habido alguien que te quiera, seas buena o no —musité.

—Yo no lo tengo tan claro.

—No eres invisible, Eve —aseguré—. Puedo ver la dulzura en tu mirada, la bondad que se esconde tras tanto dolor.

Eve esbozó una leve sonrisa, tan triste como cansada.

—Aquí sí soy invisible —respondió—. Solo somos cuerpos que esperan su turno.

No pude decirle lo contrario porque tenía más razón que un santo. En aquel lugar poco importaba nuestro bienestar o libertades, solo nos querían para un único propósito, y por mucho que me doliese, eso es lo que éramos: cuerpos esperando su turno.

El aire se volvió más denso, y entonces, el sonido de la cerradura nos atravesó como un disparo, tensándonos.

Ambas alzamos la cabeza al mismo tiempo, y nos abrazamos con fuerza.

La puerta se abrió sin prisa, como si quien estuviera al otro lado supiera que no había necesidad de apresurarse. Entró un hombre alto, con traje oscuro y una expresión neutra que me dio escalofríos. No llevaba máscara. No hacía falta. Sus ojos se encargaban de decirte lo que debías o no hacer.

Eve se tensó a mi lado, como si le reconociera.

—No… —susurró, casi sin voz.

El hombre la señaló con un gesto vago. Este se quitó la chaqueta del traje que vestía, y se arremangó las mangas, dispuesto a lo que hiciese falta para salir de allí con una de nosotras.

—Tú —ordenó al mismo tiempo que señalaba a Eve—. Levántate —continuó—. He tenido un día largo, y necesito una buena puta que me la chupe.

—Déjala en paz. —Me adelanté, poniéndome en pie antes de pensar—. Lo que haces no está permitido.

El hombre me miró por primera vez. Lo hizo despacio, evaluándome, y segundos después, sonrió con lascivia.

—También me la puedes chupar tú.

Eve negó con la cabeza, aferrándose a mi brazo, mientras el hombre comenzaba a avanzar hacia nosotras.

—Por favor —rogó—. Por favor…

Algo se rompió en mí cuando me percaté de que, a pesar de ser dos, no íbamos a poder detener al cabrón que teníamos frente a nosotras.

Escondí a Eve tras de mí, mientras veía como el hombre no dejaba de acercarse.

Cuando llegó a nuestra altura, la agarró del antebrazo, provocando que ella dejase ir un alarido de puro terror.

Reaccioné por instinto. Me lancé hacia él y le clavé los dientes con toda la fuerza que tendía en el brazo que sostenía a Eve.

Gritó. Un sonido seco, furioso.

El sabor metálico me llenó la boca.

Me apartó de un empujón, lanzándome contra el suelo. Sentí el golpe en mi espalda, el aire escapándoseme de los pulmones, pero no grité. No podía. Todo mi cuerpo temblaba.

El corazón se me iba a salir por la boca, me latía con tanta fuerza en el pecho que por un momento creí que me desmayaría allí en medio. Dejé de oír. Tan solo podía centrarme en el retumbar ensordecedor.

—¡No! —chilló Eve, trayéndome a la realidad, al ver cómo otro hombre se sumaba a la escena—. ¡No la toquéis! —vociferó—. ¡Ha sido culpa mía! ¡Llevadme a mí!

No la escucharon a pesar de que se interpuso en su camino, intentando evitar lo inevitable.

Probé a alejarme de ellos, arrastrándome por el suelo, resbalando cuando quise levantarme.

Me agarraron de los brazos, alzándome a la fuerza como si no pesase nada, mientras yo pataleaba, presa de un pánico tan absoluto que me nublaba hasta la vista.

—¡¡Eve!! —Alcé la voz—. ¡Eve, mírame!

Ella lloraba desconsolada, intentando soltarse por un tercer ayudante que ya la sostenía, extendiendo las manos hacia mí como si pudiera alcanzarme.

—¡No le hagáis nada! —suplicaba—. ¡Por favor, no le hagáis nada! ¡Ha sido culpa mía!

La arrastraron al interior del salón mientras a mí me empujaban hacia el pasillo. Sabía lo que aquello significaba, conocía lo que pasaba cuando alguien desobedecía las normas, cuando alguien enfadaba a La Mort.

—¡Lo siento! —grité, sintiendo como las palabras rasgaban mi garganta—. ¡Lo siento, Eve!

No sabía por qué me disculpaba, tal vez por no haber sido más fuerte, no por haberla protegido, por haber creído que, aunque fuera por unas horas, podíamos permitirnos hablar de sueños, por abandonarla…

La puerta se cerró de golpe entre nosotras.

El sonido resonó en todo el pasillo, dando por válida una sentencia que solo podía significar una cosa.

Del otro lado, la voz de Eve siguió gritando mi nombre, cada vez más ahogada, más lejana.

Y yo me quedé allí, temblando, con una certeza que ya se me clavaba en el pecho como una daga: La Mort no perdonaba.