31
Andrei
Desperté empapado en sudor.
El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que durante unos segundos creí que iba a salírseme por la boca. Me incorporé de golpe en la cama, jadeando, con las manos temblorosas y la sensación de que aún tenía algo entre los dedos. Ella. Su calor.
—Joder —mascullé.
La habitación estaba en silencio, demasiado. El ventilador de techo giraba con tranquilidad, al mismo tiempo que la luz de la ciudad se colaba a través de las cortinas mal cerradas. Pero no había ni rastro de ella, ni de su voz, mucho menos de su cuerpo inerte tirado en el suelo.
Estaba envuelto en un sudor frío, de esos que hablan de lo que nuestra mente no es capaz de aceptar.
Me pasé una mano por el rostro, notando cómo la piel me ardía.
Todo había sido una maldita pesadilla provocada por la fiebre y por haberme arrancado el dispositivo del brazo.
Una parte de mí se relajó al asumirlo, dejándome caer hacia atrás sobre el colchón, cerrando los ojos un segundo.
El alivio fue inmediato y fugaz. Porque justo después, llegó algo mucho peor.
El pensamiento: podría haberlo hecho.
Me senté de nuevo, esta vez más despacio, sintiendo como la cabeza me daba vueltas y el brazo me ardía.
Apenas podía respirar con tranquilidad, el aire no llegaba a mis pulmones.
En la pesadilla no había monstruos irreales, ni escenarios imposibles.
Todo había sido tan plausible y cotidiano que había llegado a creer que de verdad era real.
Marlene estaba en mi sueño, y yo… La mataba.
Había sentido su cuello bajo mi mano, cómo se le iba la fuerza, dejándola como un muñeco de trapo.
Tragué saliva, con el estómago revuelto.
—Nunca… —murmuré, más como una orden que como una promesa—. Nunca te haré daño.
Pero la duda ya estaba ahí, instaurada en mi mente como un jodido parásito. Porque si la rabia, el miedo y la desesperación se mezclaban lo suficiente… ¿de verdad podía asegurar que no sería capaz de hacerlo?
Me levanté y fui directo al baño. Abrí el grifo y dejé que el agua fría me empapase la cara, necesitaba despejar mi mente antes de que fuese demasiado tarde.
Me miré al espejo y lo que vi no me gustó.
Ese Andrei había vuelto. El que tenía ojeras marcadas, mandíbula tensa y la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo caminando al filo del abismo.
Esto no iba de sueños, sino de control.
Y estaba empezando a perderlo.
Por un instante desvié la vista al corte que tenía en el brazo, a cómo la venda estaba empapada, y entonces caí en la cuenta de que debía haber sido eso lo que me había provocado esas terribles alucinaciones.
La fiebre. Aparté el tejido, dejando a la vista una herida visiblemente enrojecida, por lo que no dudé en limpiarla y añadir crema antibiótica sobre ella.
No podía permitir que las fiebres se repitiesen, no cuando estaba en un punto crucial como aquel.
Al salir del baño me fui hacia el salón, y abrí el portátil sin siquiera pensar. Necesitaba ocupar mi mente lejos del asesinato que acababa de cometer en mis sueños. Hundirme en datos, en nombres, en cifras… Algo que no sangrara, que no me mirara con los ojos de Marlene.
Durante horas, me sumergí en archivos, conexiones, movimientos financieros, sociedades pantalla y contactos cruzados. Hasta que un nombre apareció: Octavio Ríos.
La mano derecha de La Mort. El intermediario.
El que ponía cara, voz y violencia cuando el otro decidía permanecer en las sombras.
Si había alguien por el que empezar era él.
Ríos no era discreto, pero sí meticuloso.
Demasiado para alguien que no venía de las altas esferas, sino de los pozos más oscuros de Italia.
Entonces, lo encontré.
Un certificado.
Me quedé mirando la pantalla durante largos segundos, sin parpadear, procesando lo que estaba viendo.
Octavio Ríos – Fallecido.
La fecha coincidía con el momento de la fiesta. Alexei había matado a ese desgraciado en el momento en el que le disparó.
Una sonrisa lenta y ladina se dibujó en mis labios.
—Así que estás muerto… —susurré.
Eso lo cambiaba todo.
La Mort no dejaba vacíos, nunca. Si Ríos no estaba, alguien tendría que ocupar su lugar, alguien de confianza. Alguien que conociera las reglas, las fiestas, los nombres y de qué pie cojeaba cada uno. Y en ese tipo de transiciones era cuando se cometían errores.
Fue entonces cuando decidí meter las narices donde no debía.
Entre los canales que había jurado no volver a usar, salté protocolos oficiales, abrí puertas cerradas a conciencia y me deslicé por la red interna de la agencia como una sombra conocida. No tardé demasiado en encontrarlo.
Un correo.
Cero.
A simple vista, no decía nada. Un mensaje irrelevante, casi aburrido. Referencias vagas, frases que podrían pertenecer a cualquier conversación sin importancia entre dos hombres que hablan de logística y tiempos.
Pero yo sabía leer entre líneas.
Siempre había sabido.
Descompuse el texto, analicé patrones, los espacios, los tiempos de envío entre correos, pero no solo eso, sino que sustituí palabras, las superpuse, busqué correspondencias. Y ahí estaba. Oculto.
Una localización.
Moscú.
Un punto concreto marcado con una sutileza casi elegante. Como si alguien hubiese querido asegurarse de que solo la persona adecuada lo encontrase.
Me recliné en la silla, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a recorrerme de nuevo el cuerpo.
—Ya tienes un sitio… —musité para mí mismo, repitiendo una de las frases del correo.
Sonreí.
No porque confiara en Cero, sino porque sabía reconocer una invitación cuando la veía. Fuera lo que fuera aquello, alguien acababa de mover ficha, y yo no pensaba quedarme mirando cómo se cerraba el tablero sin mí.