30
Marlene
La arena estaba caliente bajo mis pies.
Corría tan deprisa que apenas podía mantener el equilibrio mientras las olas perseguían mis tobillos una y otra vez.
—¡Te voy a pillar! —gritó Anna a mi espalda.
Solté una carcajada y aceleré todavía más.
Mi hermana era pequeña entonces. Mucho más pequeña. Llevaba un bañador amarillo lleno de flores y el cabello recogido en dos coletas torcidas que mi madre le había hecho aquella mañana.
Tropezó.
Cayó de rodillas sobre la arena y empezó a llorar.
—¡Anna! —exclamé.
Corrí hacia ella, pero alguien me adelantó.
Papá.
La alzó en brazos antes siquiera de que pudiera incorporarse.
—A ver esa tragedia —dijo con una sonrisa divertida.
Ella le enseñó una diminuta rozadura en la rodilla.
—Me muero… —susurró.
—¡Oh, no! —respondió él con fingida preocupación—. Habrá que llamar a una ambulancia.
Mi hermana asintió muy seria, puse los ojos en blanco y le hice burla.
—Jo, no hagas eso —me pidió.
—Eres una exagerada.
Papá soltó una carcajada, una de esas que hacía que todo pareciera más fácil. Anna me sacó la lengua y achicó los ojos.
Le besó en la frente y después la dejó de nuevo sobre la arena.
—Venga, campeona, corre antes de que tu hermana vuelva a escaparse —le instó.
Ella salió corriendo, y yo la seguí, mientras mamá observaba la escena desde una toalla extendida junto a la orilla.
—¡Venid al agua!
—¡Está fría! —grité.
—¡Mentira! —protestó Anna, quien ya tenía medio cuerpo dentro de esta.
—Está congelada —la rebatí.
—¡Cobarde!
Papá dejó ir una risotada, y antes de que pudiera darme cuenta, ya estaba junto a mí, a punto de cogerme en volandas para meterme en el agua sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
Cuando desperté todo había desaparecido. La oscuridad de la habitación me recibió como una bofetada.
El pecho me dolía, y las lágrimas resbalaban por mis mejillas antes siquiera de que pudiera detenerlas.
Me incorporé poco a poco sobre el colchón, durante unos segundos permanecí inmóvil. Respirando, intentando convencerme de que aquello solo había sido un sueño.
Pero no lo era.
Había ocurrido.
Mamá todavía estaba sana, no existían los hospitales, ni las sesiones de quimioterapia, ni las noches llorando en silencio…
Ese día había sido real, uno de los últimos en los que fuimos felices juntos.
Uno de los últimos en los que vi a mi padre siendo simplemente papá, y no el canciller, no el hombre con miles de responsabilidades.
Solo mi padre.
El hombre que corría por la playa detrás de nosotras mientras fingía ser un monstruo marino.
Una pequeña lágrima descendió por mi mejilla y por primera vez en mucho tiempo, deseé volver atrás.