29
Marlene
Una semana atrás.
Antes de la fiesta de Octavio Ríos.
El tiempo allí dentro no avanzaba, se acumulaba.
Era como si las horas se amontonaran, pesadas, lentas, hasta formar una masa densa que acababa aturullándonos la mente.
Estaba angustiada, pero también harta de esperar.
El salón en el que nos tenían encerradas era amplio, demasiado grande para dos personas que no sabían cuánto más iban a resistir.
Los techos eran altos, las paredes claras, que contrastaban con los muebles caros de caoba que vestían el lugar con una simetría casi perfecta.
No había ventanas abiertas, solo cortinas pesadas que filtraban una luz apagada, artificial, que hacía que fuésemos incapaces de saber si era de día o de noche.
Estábamos solas.
Se habían llevado a todas las chicas salvo a nosotras.
Aquello era insostenible, no por lo que nos hacían, sino por la dichosa incertidumbre que pesaba en mi mente, porque al final del día, ni siquiera sabías qué te depararía el siguiente.
Mi acompañante permanecía sentada en uno de los sofás, con las piernas recogidas sobre el asiento y los brazos rodeándolas, como si así pudiera hacerse más pequeña.
Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar, pero ya no le quedaba ni una sola gota que derramar.
Llevaba horas sin moverse apenas, con la mirada perdida en un punto indeterminado del suelo, totalmente disociada.
Yo ocupaba el extremo contrario de la estancia, apoyada contra la pared, intentando no pensar en nada que me rompiera por dentro.
Pero era imposible.
El silencio era tan espeso que dolía, de cosas no dichas, de miedo contenido, de pensamientos que gritaban en nuestras mentes.
No era una calma de esas que dan paz, sino la que va justo antes de la tormenta.
Cada cierto tiempo, se escuchaban pasos al otro lado de la puerta, voces amortiguadas, y era ahí cuando el corazón se me aceleraba solo para volver a caer en picado cuando comprobaba que nadie entraba.
Pasaron horas, o eso creí.
Entonces, fue la chica que estaba allí quien habló primero.
—¿Tú también cuentas los pasos? —preguntó de pronto, sin siquiera alzar la mirada.
Su voz sonó ronca, gastada, como si llevase sin usarla desde hacía días.
Giré la cabeza hacia ella, sorprendida por el sonido humano después de tanto tiempo en silencio.
Al principio creí que nos escuchaban, que nos habían dejado ahí para recabar información, pero ¿qué demonios iba a saber yo de nada? Aquel no era mi mundo, ni siquiera sabía cómo había acabado de nuevo allí, como para tener algo de valor.
—Sí —admití—. Y los segundos entre uno y otro.
Esbozó una sonrisa mínima, triste.
—Yo también —suspiró—. Siempre espero que se detengan delante de la puerta… pero acaban pasando de largo.
Asentí despacio, sintiendo un nudo formarse en mi garganta.
Permanecimos calladas de nuevo, pero algo había cambiado. El silencio ya no era el mismo, sino que se había resquebrajado con esas cinco simples palabras.
—Me llamo Eve —dijo al cabo de un rato, como si de pronto hubiera decidido que aquello era importante.
Y en cierto modo, lo era, porque desde que nos habían apresado, habíamos dejado de ser personas para ser números, mercancía, igual que la otra vez.
—Marlene.
Pronunciar mi nombre en voz alta me resultó extraño, casi peligroso, como si pudiera delatarme. Pero Eve no reaccionó de ninguna forma especial, solo asintió.
—La elegida —musitó, conociendo el significado de mi nombre—. Bonito nombre —aseguró al mismo tiempo que se pasaba una mano por el cabello—. Suena a alguien que debería de estar en otro lado, y no aquí.
Aquella respuesta me atravesó, y a su vez, me escamó.
—¿Y tú? —inquirí—. ¿Dónde crees que deberías estar?
Se encogió de hombros, haciendo una mueca que me rompió el alma.
—En cualquier lugar donde no tuviera que esperar a que alguien decida qué hacer conmigo —comentó entristecida.
Su sinceridad me desarmó.
Poco a poco, como si las palabras se nos escaparan sin pedir permiso, comenzamos a hablar.
Al principio, de cosas pequeñas, irrelevantes: cuánto tiempo creíamos llevar allí, qué era lo último que recordábamos antes de que nos encerraran, si el silencio era peor que los gritos…
Y sin darnos cuenta, la conversación se deslizó hacia terrenos más profundos.
—Antes de esto… —murmuró Eve, con la espalda apoyada en la pared, a mi lado—, era bailarina de ballet en Moscú.
—¿Desde cuándo bailabas?
—Desde siempre —musitó—. Mi madre me enseñó cuando era muy pequeña, y justo antes de que me trajeran aquí, acababa de entrar en la Volkova International Ballet Agency.
Esbozó una sonrisa triste.
—Vaya… —dije en voz baja—. Debía ser tu sueño.
—Lo era. Tal vez no fuese demasiado, pero por lo menos era mío.
La observé mientras hablaba, tenía las manos pequeñas, llenas de pequeñas cicatrices, de esas que no vienen de una sola herida, sino de muchas pequeñas a lo largo de los años.
—¿Tenías familia? —pregunté con suavidad.
Eve encogió los hombros.
—Mi madre murió cuando yo tenía doce años. Mi padre… —Hizo una pausa—. Nunca supo muy bien qué hacer conmigo. O con él mismo.
Se mordió los carillos, nerviosa.
—Así que aprendí pronto a no necesitar a nadie.
Aquello me golpeó más fuerte de lo que debería.
—Eso no te hace débil, ni mucho menos —comenté—. Sobrevivir sola tiene que haber sido muy duro.
Me miró con tristeza, al mismo tiempo que descendía la vista al suelo.
—¿Y qué hay de ti?
Una parte de mí no quiso contarle nada, guardar con celosía la vida de ensueño que había tenido hasta ese preciso instante. No quería contarle que siempre había vivido entre algodones, que mi padre era alguien importante… Pero una parte de mí quiso abrirse.
—Tengo una hermana pequeña —confesé, sintiendo como el corazón se me partía en mil pedazos—. Anna.
Su nombre me tembló en la boca.
—Es… lo es todo para mí.
Cerré los ojos, notando el enorme nudo que se había creado en mi garganta.
No dije nada más. No hablé de desapariciones, ni de política, ni de apellidos que pesaban como losas.
Solo de Anna riendo cuando le hacía cosquillas, de cómo se quedaba dormida abrazando un peluche casi sin relleno, de la forma en la que pronunciaba mi nombre cuando tenía miedo de pequeña.
Las lágrimas llegaron sin pedir permiso. Bajé la mirada rápidamente, avergonzada.
—Eh —susurró Eve, acercándose un poco—. Ojalá alguien hubiera hablado de mí así alguna vez.
Me limpié el rostro con el dorso de la mano.
—Perdona.
—No —negó—, no tienes que disculparte por nada —aseguró al mismo tiempo que tomaba una de mis manos para cobijarla entre las suyas—. Debe ser bonito que alguien te espere en algún sitio fuera de aquí.
Tragué saliva.
—Sí —mentí a medias, porque ni siquiera sabía dónde estaba Anna—. Lo es.
Guardamos silencio un rato, pero no de los incómodos, sino de esos que no pesan porque ya se han dicho suficientes cosas.
—Si salimos de aquí —susurró Eve de pronto—, quiero ir al mar. No lo he visto nunca.
Sonrió con una ilusión frágil, casi infantil.
—Dicen que el ruido de las olas tapa los pensamientos.
Asentí, imaginándola allí, libre, con el viento meciéndole el pelo, al atardecer.
—Te gustaría.
—¿Y tú? —preguntó— ¿Qué harías?
Pensé en Anna, en todo lo que había perdido sin darme cuenta.
—Volvería a casa —respondí—. Y no dejaría que nadie más decidiera por mí.
Eve apoyó la cabeza en mi hombro sin pedir permiso, tampoco lo necesitaba.
—Entonces prométeme algo —murmuró—. Si tú sales… Ve al mar por mí.