28
Andrei
Algo no encajaba.
Desperté en mi cama y me senté en el borde. Sentí como un enorme vacío había asolado con todo, robándome, incluso, el corazón. Me faltaba el aire. Ella. Y, al mismo tiempo, sentía que estaba demasiado cerca.
Cerré los ojos. Me pasé una mano por el rostro, notando la aspereza de la incipiente barba.
Todo el cuerpo me dolía, los huesos me pesaban más que de costumbre, y es que el cansancio acumulado ya empezaba a hacer acto de presencia.
Llevaba días sin dormir bien, con la mente dando vueltas sobre sí misma, devorándose.
Cerré los ojos un instante, solo uno, buscando silencio.
—Así que aquí estás…
Abrí los ojos de golpe.
Marlene estaba frente a mí, vestida con un camisón de seda negra y con el cabello recogido en un moño suelto, dejando que varios mechones cayesen por su hermoso rostro.
Dios.
Era tan jodidamente hermosa.
Una ligera mueca se dibujó en mis labios, igual que lo hizo en la suya.
Me puse en pie, dispuesto a arroparla, a sentir cómo su diminuto cuerpo encajaba a la perfección con el mío.
Deseaba hablarle, permitir que, de nuevo, esas barreras que siempre mantenía erguidas bajasen.
Pero entonces, el corazón me dio un vuelco tan violento que sentí cómo me mareaba.
—No… —musité—. Esto no es real.
Sonrió.
—Claro que es real, amor —me corrigió—. Siempre huyes cuando no te gusta lo que ves.
Di un paso hacia ella, despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer. El suelo crujió bajo mis pies, y ese sonido, tan simple, pero tan cotidiano, terminó de anclarme en la certeza de que aquello estaba sucediendo de verdad.
No era una alucinación.
No era un recuerdo.
Estaba allí.
O eso quería creer.
—No tendrías que estar aquí —insistí, con la voz ronca—. No sabes lo que dices.
Sus ojos se enturbiaron al instante. Ya no había dulzura en ellos, ni rastro de la mujer que había conocido. Solo existía la rabia y la ira.
—Lo sé perfectamente —replicó—. Y tú también.
Achiqué los ojos, más confuso de lo que había estado en mi vida.
—No te entiendo —aseguré.
—Todo es culpa tuya, Andrei —añadió, con una mueca que provocó que el vello de todo mi cuerpo se erizara—. Si no te hubieras entrometido, si no hubieras jugado a ser mi salvador…
Cada palabra era un golpe seco en el pecho. Sentí cómo algo se resquebrajaba dentro de mí, pero no retrocedí.
—Basta —le pedí—. No hables así, no eres tú.
—Ah, ¿no? —Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio—. Me vendiste el infierno envuelto en promesas. Me sacaste de un sitio para meterme en otro peor.
Negué con la cabeza, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
—Intenté protegerte.
—No —escupió enrabietada—. Te protegiste a ti mismo. A tu puta familia. —Sus labios se curvaron con desprecio—. ¿Sabes lo peor? —Hizo una breve pausa, pero no me dejó contestar—. Que te odié por hacerme creer que era especial.
La angustia trepaba por mi garganta, creando un nudo, impidiéndome respirar con normalidad.
—Marlene… —susurré—. Escúchame.
Me acerqué un poco más, levanté la mano con cuidado, rozando apenas su mejilla. Su piel estaba caliente. Era real. Bajo mis dedos no había vacío, ni humo, tampoco fantasmas.
Y aun así, reaccionó como si la hubiese golpeado.
—No me toques —gruñó enfurecida—. Me das asco.
El rechazo fue tan violento que retiré la mano de golpe. El corazón me latía frenético, como si se me fuese a escapar en cualquier momento del pecho.
—No digas eso —le rogué—. Sabes que no es verdad.
Y entonces, en aquel puto momento, me vi suplicándole una redención que no iba a tener a la única mujer a la que había amado en toda mi vida.
—Claro que lo es. —Me sostuvo la mirada, con rabia—. Preferiría mil veces estar en manos de La Mort que contigo —bisbiseó entre dientes—. Al menos él no finge que le importa.
Algo se rompió.
No fue un pensamiento.
Fue un impulso.
La agarré de los brazos con fuerza, pero sin intención de hacerle daño.
Cegado por esa maldita ira que llevaba consumiéndome desde el momento en el que salí de la mansión sin ella.
Solo quería detenerla, callarla. Sacarla de ese lugar mental en el que se había instalado para traerla de vuelta antes de que fuese demasiado tarde.
—Basta —mascullé—. No sabes lo que estás diciendo.
Se revolvió en mis brazos.
No esperaba sentir toda esa fuerza entre mis brazos. Su cuerpo chocó contra el mío, y en ese forcejeo torpe, desesperado, mi mano resbaló hacia su cuello. No apreté. Solo intenté sujetarla.
Pero ella gritó.
Un grito corto, ahogado, que me atravesó como una descarga eléctrica.
—¡Suéltame! —chilló.
Intentó zafarse con todas sus fuerzas, arqueándose hacia atrás. Perdí el equilibrio, y tropezamos.
Todo pasó en un segundo.
Y acabamos cayendo al suelo.
—Tienes que entrar en razón, Marlene —le pedí, aún con su cuerpo entre mis brazos.
Entonces, me percaté de que no respondía.
El cuerpo de Marlene comenzó a sentirse sin fuerza, inerte.
—No —susurré.
La solté al instante, retrocediendo, con el corazón golpeándome en el pecho como un maldito tambor de guerra, ensordeciéndome. Ella cayó al suelo como una muñeca sin hilos.
—No… —musité—. No, no, no… —Me arrodillé a su lado, temblando—. Marlene…
La agarré con cuidado. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no me miraban. Había una quietud antinatural en su cuerpo, un silencio imposible.
—Respira —le ordené, como si pudiera obedecerme—. Vamos, respira.
Le tomé el rostro entre las manos, notando cómo el calor comenzaba a abandonarla poco a poco.
—Esto no tenía que pasar… —mi voz se quebró—. Yo no…
Busqué pulso.
Nada.
Apoyé la frente contra la suya, desesperado.
—Mírame —supliqué—. Por favor.
El silencio me respondió.
Sentí cómo el mundo se me venía abajo, cómo el aire se volvía espeso, irrespirable. La culpa me aplastó el pecho con una fuerza brutal.
La había tocado.
Sujetado.
Y matado.
Mis manos, manchadas de ella, comenzaron a temblar sin control.
Las amargas lágrimas vinieron a mis ojos, dispuestas a aliviar el maldito dolor que me mataba por dentro. No las dejé.
—¿Qué he hecho…? —murmuré.
Un grito gutural salió de lo más profundo de mi pecho, rasgándome la garganta a su paso.