El legado de los Romanov 27
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Andrei

No conseguía quitarme aquella sensación de encima.

Era como una astilla clavada bajo la piel, una molestia constante que se negaba a desaparecer por mucho que intentara ignorarla. Llevaba más de una hora sentado frente al ordenador, revisando informes relacionados con La Mort, pero mi mente regresaba una y otra vez al mismo punto.

Los hombres que habían entrado en casa de Cero.

Apoyé la espalda contra la silla y me pasé una mano por el rostro. Había algo en ellos que no terminaba de encajar. Algo que mi instinto llevaba días gritándome y que, hasta aquel momento, no había querido escuchar.

Abrí una carpeta olvidada entre decenas de archivos.

Las fotografías aparecieron en la pantalla.

Capturas de las cámaras de seguridad.

Las que yo mismo había hecho.

Rostros parcialmente visibles.

Sombras,

No era demasiado, pero sí suficiente como para lo que estaba a punto de hacer.

Observé una de las imágenes durante varios segundos antes de incorporarme. Entonces abrí uno de los programas de reconocimiento facial que utilizaba para rastrear objetivos y arrastré los archivos al sistema.

La búsqueda comenzó de inmediato.

Mientras esperaba los resultados, encendí un cigarrillo, me puse en pie y fui hacia el gran ventanal.

La ciudad permanecía despierta al otro lado del cristal, fría, oscura y hostil, igual que siempre lo había sido.

El ordenador emitió un sonido, la búsqueda había terminado, así que regresé al escritorio y observé la pantalla.

Mi mandíbula se tensó al instante.

—¿Qué cojones…?

Abrí el primer resultado, el segundo y el tercero.

Cuanto más avanzaba, peor era.

Los hombres aparecían en distintas fotografías tomadas durante los últimos años. Estaban en eventos privados, recepciones, subastas, fiestas…

Mi estómago se revolvió cuando identifiqué varios de los lugares. Los conocía. Y todos y cada uno de ellos estaban relacionados con La Mort.

Abrí una nueva fotografía, y después otra.

Los mismos rostros continuaban apareciendo, siempre cerca de personas importantes, dentro del círculo de la organización y de los protegidos.

No podía ser una coincidencia.

Me negaba a creer en ellas, no después de todo lo que había visto a lo largo de mi vida.

Apagué el cigarrillo en el cenicero y me incliné hacia adelante. Aquello significaba que los hombres que habían irrumpido en casa de Cero no eran simples mercenarios.

Trabajaban para La Mort, o al menos colaboraban con ellos, por lo que la pregunta era aún peor de lo que creía: ¿por qué demonios habían aparecido en casa de Cero?

Mi mirada permaneció fija sobre una de las fotografías, y después pasó a otra, y a otra más.

La respuesta apreció en mi cabeza antes siquiera de planteármela.

Era imposible.

Cero llevaba demasiados años a mi lado.

Había sido la única persona que estuvo allí cuando no tenía absolutamente nada. Me enseñó a sobrevivir, me dio una misión, y un propósito cuando apenas era un crío lleno de rabia.

Cerré las manos en puños, sintiendo cómo esa rabia comenzaba a subir por mi estómago hasta depositarse en mi garganta.

Cuanto más observaba aquellas imágenes, más difícil me resultaba ignorar la posibilidad de que él hubiese vendido a Marlene, que todo fuese culpa suya.

Mi mente no dejaba de buscar una excusa, una razón para sacarlo de la ecuación, pero los datos estaban ahí.

Las horas comenzaron a pasar sin que me diese cuenta, había documentos vacíos, fotografías sin relevancia, informes manipulados, nada que demostrase nada… Hasta que apareció un archivo corrupto.

Fruncí el ceño.

Aquello llamó mi atención de inmediato.

Normalmente los archivos desaparecían por accidente, o porque alguien quería ocultarlos, y sabía, que esa era la opción más certera.

Comencé a reconstruirlo y cuando terminó, la primera imagen apareció en la pantalla, provocando que el corazón se me acelerase.

La fotografía estaba tomada de lejos, pero aún así sería capaz de reconocer aquella silueta en cualquier parte del mundo.

Era Cero.