El legado de los Romanov 26
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Andrei

La llamada de Viktor llegó cuando aún tenía el pulso demasiado alto para fingir normalidad.

Estaba sentado en el borde de la cama del hotel con el brazo vendado de forma precaria y el microchip sobre la mesita de noche, mirándome como si hubiese una pequeña cámara dentro.

Obviamente aquello no tenía sentido alguno.

No contesté al instante. Dejé que el teléfono vibrase un par de veces más, mientras me encendía un cigarrillo, dispuesto a calmar un poco el ansia que me corroía y que me instaba a arrancarle la cabeza a cualquiera.

—Habla —dije al fin.

—He pensado algo —comenzó a decir Viktor, en ese tono suyo que siempre significaba que no había tardado más de media hora en llegar a esa conclusión—. Hay alguien que podría acercarse a La Mort sin levantar sospechas.

Apoyé los codos sobre las rodillas y bajé la mirada al suelo. No me gustaba cómo sonaba aquello. Cada vez que alguien decía que otra persona era capaz de algo, normalmente acababa implicando que me metiese en la boca del lobo.

—No me gustan los alguien —respondí, directo al grano—. Dime el nombre.

Viktor no tardó.

—Luca Moretti.

El nombre se asentó en mi cabeza como una pieza incómoda, de esas que sabes que no encajan en el puzle y que preferirías no tener que forzar.

Luca no era un desconocido, al contrario.

Era justo el tipo de hombre que se movía en la alta sociedad como una sombra elegante, alguien con el dinero suficiente como para no llamar la atención y la reputación justa para ser invitado a cualquier evento sin levantar preguntas incómodas.

Y ahora, también parte de la familia. Sobre todo, desde que Alexei decidió que era buena idea casarse con su hermana: Elisa.

—¿Estás de broma? —cuestioné incrédulo—. Ese tío no se acerca a La Mort por casualidad, si está en esas fiestas es porque pertenece al mismo puto ecosistema.

—Precisamente por eso —replicó Viktor—. Puede pasar desapercibido donde tú no durarías ni cinco minutos sin que alguien sacara un arma.

Me pasé una mano por el rostro, notando cómo la rabia continuaba ahí, latiendo bajo mi piel, mezclándose con el cansancio que comenzaba a calarme en los huesos.

—No voy a deberle favores a alguien como él —sentencié.

—No tienes que deberle nada —respondió con calma—. Tienes que comprarlo.

Eso me hizo alzar la vista. ¿Qué tenía yo de ese hombre para que estuviese interesado en negociar conmigo? Nada. Absolutamente nada.

—Explícate.

—Las malas lenguas hablan —continuó—, Y cuando se trata de los Moretti, siempre hay basura enterrada bajo la alfombra. —Hizo una pausa, encendiéndose un cigarrillo—. Su padre no es precisamente un santo, Andrei. Hay rumores… negocios turbios, desapariciones, tratos…

Silencio.

No porque no tuviera que decir nada, sino porque mi cabeza ya iba a mil por hora, trabajando por su cuenta.

Chantaje. Presión. Un trato sucio con alguien importante.

No me gustaba, pero tampoco me asustaba el tener que enfrentarme a alguien como él.

Lo había hecho cientos de veces. Al fin y al cabo, ese siempre había sido mi terreno.

—¿Y tú qué quieres exactamente? —cuestioné, entrecerrando los ojos.

No podía verle, pero sabía a ciencia cierta cuál era su cara en aquel instante. Siempre permanecía con ese gesto impasible que era capaz de amedrentar a todo el mundo, salvo a los que le conocíamos de verdad.

—Que hables con él —respondió—. Que lo pongas contra la pared con algo bastante sólido como para que no pueda ignorarte. Luca Moretti no es leal a nadie, pero sabe reconocer cuándo está perdiendo.

Me levanté y caminé hasta la ventana, apartando ligeramente la cortina. Apoyé una mano en el marco metálico y, por un instante, me permití el lujo de observar lo que tenía ante mí. La cuidad continuaba sumida en la noche oscura, indiferente, como si nada de aquello le importara.

—¿Y si me vende? —inquirí, sopesando todas las posibilidades—. ¿Y si decide avisar a La Mort de que estoy husmeando?

Durante unos segundos, mi hermano permaneció en silencio, meditando las dos preguntas que acababa de hacerle, y eso ya me hizo predecir su respuesta.

La habríamos cagado.

—Entonces confirmaremos que nunca fue una opción —comentó Viktor—. Pero si acepta… tendrás alguien dentro.

—No me hace ni puta gracia —aseguré.

—A mí tampoco —admitió al fin—, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas —comentó—. Si de verdad quieres sacar a Marlene de ahí, tendrás que hacer lo que sea.

Apreté la mandíbula. No era buena idea, pero tampoco lo había sido infiltrarme en medio mundo, mentir sobre mi identidad o fiarme de Cero durante años. Y, aun así, lo había hecho.

Toda mi vida se había puesto patas arriba desde que comencé a investigar a los Romanov, el pasado me había encontrado, devolviéndome a una familia que ni siquiera conocía.

El que creía que era mi compañero y contacto me había traicionado.

Y la única mujer de la que me había enamorado había sido vendida al mayor proxeneta de todo el continente.

—Necesito algo más que rumores —le dije—. Si voy a chantajear a alguien como Luca, no lo haré con mierda a medio cocer.

—Lo sé. —Asintió—. Dame un poco de tiempo y te paso lo que tenga. Por ahora, es momento de que hagas tu magia, cerebrito.

Colgué sin despedirme.

Volví a la mesa, abrí el portátil y comencé a rastrear.

Durante horas, me sumí en cientos de documentos, información que no salía en ningún lado, pero que solo alguien como yo podía encontrar. Apellidos, sociedades pantalla, cuentas en paraísos fiscales, nombres que se repetían demasiado en informes antiguos...

Giovanni Moretti no era un hombre bueno, eso estaba claro.

Y boom. Archivos clasificados.

—Así que aquí estás… —musité, sonriendo despacio, a sabiendas de que había encontrado el hilo del que tirar.

Aún no sabía cuánto me iba a costar usarlo, pero tenía una cosa clara: si Luca Moretti quería seguir moviéndose entre copas de champán y sonrisas falsas, iba a tener que pagar un precio muy alto.

Y yo no pensaba pedirlo con educación.