25
Andrei
Llevaba horas sentado frente al ordenador, intentando tirar de algún hilo que fuese medianamente visible. Mi hermano me había dicho que necesitaba que sacase al cerebrito que llevaba dentro, y eso solo podía significar una cosa: rastrear cual sabueso.
El canciller debía tener algo más escondido, algo con lo que estuvieran coaccionándole de alguna manera, además de haberse llevado a sus hijas.
Y… ¿de dónde demonios había salido el niño?
Todo aquello empezaba a olerme a puta mierda, y no me gustaba nada.
Detrás de un hombre con una posición de poder siempre existían secretos, pero el padre de Marlene tenía el culo demasiado limpio, y eso era lo que más me escamaba.
El teléfono vibró sobre la mesa. No tuve que mirar la pantalla para saber quién era, ya que después de la llamada de Viktor, el único que podía contactar conmigo era él.
Cero. Lo supe por la forma en la que algo se tensó en mi estómago, por ese presentimiento desagradable que llevaba sintiendo desde que volví a encontrarme con él.
—Aléjate de ahí —dijo nada más contestar, sin saludar, ni rodeos—. No tienes por qué hacerlo tú.
Apreté la mandíbula con fuerza, sintiendo cómo el pulso comenzaba a golpearme en las sienes. Otro con el mismo cuento.
—No me digas lo que tengo que hacer —respondí con frialdad—. Ya hace mucho que no sigo tus órdenes.
—Andrei —insistió—. No mates al canciller, no es necesario.
El silencio que se abrió entre ambos fue denso, cargado de algo que no terminaba de gustarme. No por sus palabras, sino por el hecho de que supiera exactamente dónde me encontraba. Solo mis hermanos conocían la situación, y ellos jamás le contarían nada a Cero.
—¿Cómo demonios sabes dónde estoy? —bisbiseé despacio, bajando la voz.
Hubo una pausa. Breve. Imperceptible para cualquiera que no le conociera, pero para mí fue más que suficiente.
—Tengo contactos —respondió—. Gente que te ha visto entrar en Alemania con un pasaporte falso. No es difícil seguir tus pasos cuando haces tanto ruido.
Sonreí sin humor, apoyándome contra el butacón en el que estaba sentado, viendo como las luces de la ciudad tintineaban.
Dejé ir una risotada baja, sin gracia alguna, porque lo que acababa de decir era falso. No había entrado en el país con un pasaporte falso porque ni siquiera había tenido que cruzar la frontera y mostrarlo en el control.
—No me mientas —le advertí.
—No lo hago —replicó con firmeza.
—Tú mismo —musité sin ganas, expectante a lo que tenía que decirme.
—Escúchame, esto no es una buena idea —aseguró—. Si cruzas esa línea, provocarás una guerra internacional, no habrá marcha atrás. Déjalo. Márchate, ya has hecho suficiente.
Un fulgor lleno de ira comenzó a subir por mis pies, trepando por mi abdomen y enraizándose en mi pecho.
—Ni se te ocurra creer que puedes decirme algo así —mascullé a punto de perder las formas—. Porque pienso hacer el trabajo que tú no tuviste cojones a hacer.
—Andrei…
—No me toques las pelotas, Cero —le corté—. Y no vuelvas a llamarme, mucho menos para decirme qué debo o qué no debo hacer.
Colgué sin darle opción a responder.
El silencio volvió a instaurarse en la habitación de hotel, pero ya no era el mismo.
Algo había cambiado. Algo no encajaba, en realidad nada lo hacía.
¿Por qué demonios Cero intentaba mentirme en algo tan fácil de destapar como lo era la frontera y el pasaporte?
Tal vez intentaba controlarme a la desesperada. Lo que hacía que encajase aún menos.
Me puse en pie, dejando el portátil sobre la mesa del salón, y me acerqué al gran ventanal.
Saqué la cajetilla del tabaco y me llevé un cigarrillo a la boca, encendiéndolo.
Había dejado de fumar años atrás, pero desde que Marlene se había ido de mi lado, los nervios me habían consumido, tanto como yo consumía cada cigarro que llegaba a mi boca.
Le di una larga calada, y entonces caí en la cuenta.
Fui a mi bolsa, sacando un pequeño maletín, y de este un detector de electricidad que llevaba tiempo sin usar y que solo lo sacaba cuando algo no me olía bien.
Me reí por lo bajo mientras me agachaba y lo paseaba por mis zapatos, convencido de que iba a encontrar algún tipo de transmisor ridículo, una chapuza de principiante.
Nada.
Lo pasé por los bolsillos, la cintura, el reloj. Silencio.
Me incorporé despacio, y cuando estaba a punto de dejar el detector sobre la mesa, se cayó, rozando mi brazo. El detector pitó. Llevaba años con aquel quiste, al menos siempre me dijeron que lo era, un pequeño bulto de grasa. Algo sin importancia, que no dolía, pero que siempre había estado ahí.
Volví a pasarlo. Un sonido seco y agudo llenó el lugar.
Sentí cómo la sangre se me helaba mientras lo pasaba una vez más por la zona, dejando que pitase una vez más, saliendo de dudas. Tragué saliva, notando como la respiración se me aceleraba.
Estaba jodido.
De la bolsa saqué un kit de emergencia, donde un reluciente bisturí brillaba bajo la luz del salón. No dudé. Nunca lo hacía cuando la verdad se presentaba así, cruda y directa. Me apoyé sobre la mesa, respiré hondo y, sin anestesia ni cuidado, me rajé la piel.
Ahogué un gruñido cuando la hoja se clavó. La sangre comenzó a brotar, creando un pequeño hilo que ya descendía por mi brazo hasta empapar la madera bajo este. Separé la carne con los dedos manchados de mi propia esencia, hasta que lo vi.
Pequeño. Metálico. Perfectamente integrado.
El microchip descansaba bajo mi piel como una burla silenciosa, como una mano invisible que había estado guiando cada uno de mis pasos sin que yo lo supiera.
Entonces caí en la cuenta, siete años antes sufrí un accidente durante una misión en Estambul, tuvieron que operarme de urgencia.
Lo que no sabía era que habían aprovechado para tocar cosas que no debían.
Con toda la calma que pude, tomé unas pinzas y lo arranqué de un tirón, dejando que la sangre se esparciese por toda la superficie. Ese desgraciado me la había jugado, igual que la agencia, y no dudaría en hacerles pagar.
Como pude, apreté la herida, intentando detener la hemorragia, para minutos más tarde colocar puntos adhesivos que me ayudasen a cerrar la herida.
Cuando ya estuvo todo bajo control, tomé el pequeño dispositivo entre mis dedos, era del tamaño de un grano de arroz, solo que metálico. Algo en mí se rompió. Había vivido en una puta farsa toda mi vida.
Sonreí decepcionado.
—Me las vas a pagar, hijo de puta —murmuré, cerrando el puño alrededor de la pequeña pieza.
Y por primera vez en días, tuve la certeza de que ya no estaba jugando a la defensiva, iba a cazar a todo aquel que tuviera algo que ver con la desaparición de Marlene.