El legado de los Romanov 24
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Andrei

Mi mente se debatía en si hacer caso a lo que me estaba diciendo Viktor al otro lado del teléfono, a quien apenas podía escuchar hablar a causa del volumen de mis propios pensamientos.

Cerré la puerta del coche de un portazo que resonó demasiado fuerte en la calle silenciosa, tanto que pude ver como el padre de Marlene se acercaba a la ventana de su habitación, dejando que la luz de la mesita de noche dibujase su figura.

Era como si supiese que algo iba a ocurrir, y en cierto modo, era normal.

Estaba envuelto en una trama más grande aún que su propia existencia, más que la seguridad de su país o de cualquier otra cosa.

Si esa lista involucraba a gente tan poderosa, su exposición podía constituir el inicio de una guerra sin límites.

Apreté la mandíbula. Me dejé caer en el asiento, apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos, respirando hondo, intentando sin éxito que la rabia no me devorara por dentro. Colgué la llamada, de la que ya apenas escuchaba nada.

Tenía el pulso acelerado.

La imagen del jardín, del niño corriendo con aquella pelota roja en las manos, su caída y la posterior reacción del guardia, el arma cargada en mi mano… Todo seguía ahí, intacto, como si me hubiese quedado atrapado en ese instante.

Había estado a punto de irrumpir en una casa donde vivía un niño pequeño, armado y dispuesto a acabar con su padre si no me daba la información deseada. Porque sí. Le habría matado sin siquiera pestañear si no me hubiese dado algo con lo que poder salvar a Marlene.

Arranqué.

El motor rugió con fuerza mientras pisaba el acelerador más de la cuenta.

Las luces de la calle pasaban a mi lado como manchas borrosas, pero no reduje la velocidad.

Necesitaba moverme, huir de ese punto exacto en el que había estado a segundo de cruzar una nueva línea imborrable.

Porque sí, a pesar de todo lo vivido, aún había un Andrei dentro de mí capaz de pensar sin verse consumido por el odio.

El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto.

Lo miré apenas un instante antes de contestar, y entonces cogí la llamada desde el propio sistema del coche.

—Ya has conseguido lo que querías —solté en cuanto acepté la llamada, con la voz cargada de un odio que no reconocí—. ¿Qué cojones quieres ahora?

Al otro lado no hubo silencios incómodos ni evasivas.

Viktor respiró hondo antes de hablar, como si supiera que cualquier palabra mal colocada podía hacerme estallar.

Viktor no era como Nikolai, él encaraba los problemas, los cogía por los cuernos, mientras que nuestro hermano mayor tenía que crear un auténtico dispositivo previo.

—Que no te mates —respondió con calma—. Ni a ti, ni a nadie más.

Solté una carcajada seca, amarga, que no tuvo nada de humor.

—Llegas un poco tarde para eso —aseguré.

—No —me corrigió—. Llego justo a tiempo.

—Eres un maldito desgraciado, Viktor —musité sin ganas.

Apreté el volante con más fuerza de la necesaria, sintiendo cómo los músculos de los brazos se tensaban hasta doler.

—No tienes derecho a pararme —le escupí, recordando el balazo—. No esta vez.

—Lo sé —admitió—. Y aun así, lo hice.

Guardé silencio, dejando que el ruido del motor llenara el espacio entre ambos. Viktor no se apresuró. Nunca lo hacía cuando las cosas se ponían feas.

—Nikolai me ha puesto al día —continuó—. Me lo ha contado todo.

Mi mandíbula se tensó de inmediato.

—Entonces ya sabes que no hay tiempo —respondí—, y en qué punto estamos.

—Lo sé —repitió—. Y precisamente por eso te llamo.

Giré por una avenida secundaria, reduciendo un poco la velocidad sin darme cuenta.

—Andrei —dijo con tranquilidad—, nos has cubierto la espalda demasiadas veces como para que ahora te dejemos solo en esto.

—No me vengas con discursos de familia —gruñí cabreado—. No ahora.

—No es un discurso —replicó—. Es una deuda.

No contesté.

—Te hemos pedido lealtad —siguió—, silencio, paciencia, que confiaras… Y nunca fallaste, ni siquiera al principio, a pesar de no conocernos de nada. —Hizo una breve pausa—. Así que ahora nos toca a nosotros.

Sentí como algo se removía en el pecho, en mi estómago. Pero no fue alivio, no por el momento. Era una tensión distinta, algo que vaticinaba un nuevo paso al que acercarme.

—¿A qué juegas, Viktor? —cuestioné al final—. Dime qué coño quieres.

—Ayudarte —respondió sin rodeos—. De verdad.

Solté el aire despacio por la nariz.

Un sentimiento de rechazo y de duda se instauró en la boca de mi estómago. Porque a pesar de que fuésemos hermanos, yo siempre había actuado solo, estaba acostumbrado a no tener a nadie que estuviese al otro lado del teléfono cuando las cosas se ponían feas. Pero ahora… Era distinto.

—Eso no me sirve si no es ahora —respondí tajante.

—Lo sé —insistió—. Y por eso necesito que aguantes un poco más.

—No —repliqué al instante—. No me pidas tiempo.

—Escúchame —pidió—. Se me ha ocurrido algo. No es una solución mágica, pero puede darnos ventaja. Mucha.

Mis dedos se movieron sobre el volante con insistencia.

—¿Y por qué no me lo dices ya?

—Porque antes tengo que atar cabos —respondió con honestidad—. Confirmar un par de cosas. Si me equivoco, te metería en un embrollo peor del que estás.

La rabia volvió a subir por mi garganta.

—Mientras tú atas cabos —dije enfurecido—, ella sigue ahí dentro.

Viktor no respondió de inmediato.

—Lo sé, pero necesito que saques al cerebrito que llevas dentro, porque vamos a requerir del máximo de ayuda posible —continuó—. Dame un poco de tiempo.

Apoyé la cabeza hacia atrás en el asiento y cerré los ojos, sintiendo cómo la frustración me quemaba las entrañas.

—Marlene no lo tiene —respondí al final, sin alzar la voz—. Ni un puto segundo más.