23
Andrei
Alemania no era distinta a cualquier otro lugar cuando sabías dónde mirar. Las ciudades siempre olían igual: a poder contenido, a silencio comprado y a dinero enterrado bajo capas y capas de normalidad cuidadosamente construidas para disimularlo todo.
Me instalé a suficiente distancia del objetivo como para no levantar sospechas, en uno de esos hoteles discretos del centro, donde nadie recuerda los rostros ni hacen preguntas.
Un lugar pensado para hombres que no quieren ser vistos y para tratos que no deben dejar rastro.
Desde allí, Berlín se extendía ordenada, pulcra, demasiado correcta para todo lo que estaba a punto de ocurrir.
Si la lista era real, y todos esos magnates formaban parte de ella, en el momento en el que todo saltase por los aires, esa paz tan neutra desaparecería para dejar paso a un escándalo que se volvería mundial.
El canciller vivía en una zona tranquila, arbolada, lejos del ruido turístico y del foco mediático constante.
En cierto modo, lo comprendía, a mí tampoco me había gustado nunca eso de estar en las grandes ciudades, ni siquiera en Moscú.
La casa era amplia, moderna, de líneas limpias y materiales fríos: cristal, acero, minimalismo calculado.
Nada ostentoso, ni que hablase de esa riqueza excesiva de la que sí fardaban muchos líderes políticos.
Contaba con un equipo de seguridad visible, pero sin demasiados alardes.
Todo era demasiado normal, lo que se esperaría de alguien con algo de poder, pero no a su altura.
Eso fue lo primero que no me cuadró.
Durante varios días, lo observé con paciencia quirúrgica.
Entradas y salidas. Horarios, reuniones, rutinas que se repetían con una precisión casi aburrida.
Salía temprano, siempre a las siete y media de la mañana, y regresaba tarde, sobre las ocho de la noche, a veces acompañado por uno o dos hombres que parecían más asistentes que guardaespaldas.
Vestía trajes sencillos, relojes discretos, como si no tuviese la necesidad de exhibir nada. Eso me extrañó sobremanera.
Pero ahí no acababa todo. Saludaba a los vecinos como cualquiera, compraba pan en una panadería cercana cuando no tenía actos oficiales, caminaba erguido, con una expresión casi cansada
Era un hombre agotado, y cuanto más lo observaba, más evidente se repetía la idea en mi cabeza de que algo no encajaba.
¿Cómo un hombre tan simple y normal estaba envuelto en una trama tan grande como aquella? Era impensable.
—Hay algo que me estás escondiendo —murmuré una noche desde el coche, viéndolo desaparecer tras la puerta de su casa.
Si de verdad estaba extorsionando a alguien, estaba haciéndolo mal. Si era un monstruo capaz de entregar a sus hijas y un psicópata, estaba extraordinariamente bien disfrazado.
Volví al apartamento, y revisé cada fragmento de información disponible, pública y la privada que había conseguido sacar.
Movimientos bancarios, fundaciones, donaciones, contactos políticos y empresariales, viajes oficiales y no tan oficiales.
Nada sobresalía. Nada me indicaba que estuviese envuelto en una red de trata o un chantaje a gran escala.
Todo estaba demasiado limpio, correcto, como si se hubiera tomado demasiadas molestias en borrar cualquier rastro incómodo.
Entonces apareció el niño.
Fue al tercer día, por la tarde, cuando la puerta del jardín trasero se abrió y lo vi salir corriendo con una pelota roja entre las manos.
No tendría más de siete u ocho años. Pelo claro, zapatillas gastadas y una enorme sonrisa limpia, de esas que solo esbozan quienes aún no entienden el mundo en el que viven.
Un guardaespaldas lo seguía de cerca, atento, tenso, vigilando cada movimiento con una concentración que no correspondía a una simple escena familiar.
Me incorporé en el asiento.
Ese niño no estaba en ningún registro.
No aparecía en ningún expediente.
No existían imágenes oficiales ni menciones en actos públicos.
No había constancia de su existencia.
—¿Quién demonios eres? —susurré, sintiendo como un nudo se formaba en mi estómago.
El niño tropezó y cayó al césped entre risas, y el guardaespaldas acudió de inmediato, ayudándolo a levantarse mientras inspeccionaba el entorno con una rapidez instintiva, como si temiera que alguien estuviera observando.
Alguien como yo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, lento, desagradable, asentándose en un lugar que no me gustaba nada.
Las horas pasaron, y esa noche tomé una decisión.
Me moví cuando la casa quedó en silencio y las luces se apagaron una a una.
La seguridad nocturna era más laxa, confiada en rutinas repetidas y en errores humanos que siempre acababan apareciendo.
Salté la valla con facilidad y avancé, escondiéndome entre las sombras.
Tenía el arma cargada, el cargador en su sitio, y cada paso que daba estaba medido con la precisión de alguien que ha hecho eso demasiadas veces.
Entrar en sitios que no me pertenecían, arrebatar vidas que ni siquiera conocía.
Pero nunca lo había hecho así, porque aquello no era una misión, sino una cacería.
Me detuve a pocos metros de la puerta trasera, la misma que se había abierto para dejar paso al niño.
Respiré hondo, intentando acallar el ruido de mi cabeza.
Pensé en Marlene, en sus manos temblando, en su voz quebrada, en esa mirada que insuflaba terror puro.
También pensé en Anna y en ese pequeño que sufriría las mismas consecuencias.
Si Friedrich tenía algo que ver con la desaparición de sus hijas, pagaría por ello.
Apreté el arma, y entonces mi teléfono vibró en el pantalón. Cerré los ojos con rabia antes incluso de mirar la pantalla, porque sabía a la perfección quién era.
Viktor.
Cogí la llamada sin siquiera contestar.
—No lo hagas —dijo al otro lado.
Apreté la mandíbula con fuerza, tanto que rechinaron mis muelas. No respondí.
—Novy… —musitó, llamándome con aquel apodo que solo él se atrevía a pronunciar—. Aléjate de allí antes de que cometas una locura.
—No me digas qué hacer —respondí mediante un susurro que se me antojó cargado de veneno.
—Andrei —insistió—. Baja el arma.
No se lo dije, pero lo sabía tan bien como yo. Sabía exactamente dónde estaba, y eso solo podía significar una cosa.
—Matarle no te servirá de nada —aseguró.
—¿Y tú qué cojones sabes?
—Lo sé porque he vivido situaciones así demasiadas veces en mi vida como para no reconocerlas —explicó con una calma que yo no sentía—. Márchate, y te ayudaré.
—Nikolai…
—Nikolai no tiene nada que ver en esto —juró—. Lo que yo haga o deje de hacer es asunto mío.
Pensé en Marlene.
En Anna.
En el niño.
Y en la puta lista.
El dedo se tensó sobre el gatillo sin llegar a disparar, solo para sentir el peso real de la decisión que estaba a punto de tomar.