22
Marlene
Tenía la cabeza gacha.
No porque me lo hubieran ordenado, sino porque levantarla me parecía un esfuerzo sobrehumano, como si el peso del aire me empujara hacia el suelo.
El gran salón era demasiado inmenso, blanco y silencioso, por lo que cada paso que había dado hasta colocarse frente a nosotros continuaba retumbándome en los oídos.
La Mort.
Podía sentirlo.
No necesitaba verle para saber que estaba allí.
Las manos me reposaban en los muslos, mientras no dejaban de cimbrear como una hoja movida por el viento. El camisón rosa caía recto, sin arrugas, como si mi cuerpo no existiese bajo la tela.
Me ardía la garganta, por ese llanto que acallaba, y el corazón me latía tan fuerte que pensé que, en cualquier momento, alguien me diría que bajara el ritmo, que molestaba.
Entonces, algo cambió.
No fue un sonido, sino una presencia.
Alcé la vista despacio, muy muy despacio, como si hacerlo demasiado rápido pudiera romperme el cuello. Y fue ahí cuando le vi.
—Señor. —Escuché como le saludaba mi captor, haciéndole una reverencia.
Imité su gesto, sintiendo como me faltaba, incluso, el aire.
La cabeza me daba vueltas, solo de pensar en las posibles consecuencias de hacer enfadar al rey del suelo que pisábamos.
Cogí una bocanada de aire cuando me incorporé, aún con la vista a medio alzar, con el pánico absoluto de quien tiene la certeza de saber que ese puede ser su propio final.
La Mort estaba frente a mí. Vestía un impecable traje negro que se ajustaba a su silueta, y sobre los hombros llevaba una capa de terciopelo rojo oscuro, tan profundo que parecía absorber la luz que reflejaban los adoquines de mármol blanco.
Los filos estaban bordados en dorado, finos, elegantes, obscenos en un lugar como aquel, donde la perversión y la muerte eran ley.
Una máscara cubría su rostro por completo.
No tenía expresión humana. Era lisa, perfecta, con una sonrisa tallada que no llegaba a los ojos… porque no podía verlos. Aun así, percibía su mirada, tan fija en mí que por un instante creí que quería grabar esa imagen a fuego en su memoria.
No habló. Ni una sola palabra salió de entre sus labios.
A su lado había otro hombre, más bajo, con traje gris y guantes claros. Su postura era rígida, casi reverencial. Él sí me observó, de arriba abajo, como si fuera yo un objeto defectuoso, o mejor dicho, algo necesario de conservar.
—Hay sangre —musitó, rompiendo el silencio.
Su voz sonó demasiado normal, lo que me extrañó sobremanera.
Fruncí el ceño, confusa, y bajé la mirada siguiendo la dirección de sus ojos. Tardé un segundo en verlo, tan solo uno, hasta que me fijé en cómo mi dedo relucía.
Mi uña, la del pulgar derecho. Había sangre seca alrededor, oscura, casi negra. Estaba partida, arrancada de raíz. El dedo me palpitó de golpe, como si el dolor hubiera estado esperando a que me diera cuenta para aparecer.
Un quejido ahogado se me escapó sin querer, rasgando mi garganta en el instante en el que quise contenerlo.
Recordé el colchón, mis uñas clavándose en la tela, yo presa del pánico y la desesperación por no ser arrastrada. No me había dado cuenta hasta ese preciso instante.
—Se ha hecho daño —continuó el hombre del traje gris, girándose hacia La Mort—. Probablemente por no haber sido tratada como debería.
Escuché carraspear al señor que me había arrastrado hasta ese preciso instante, presa del nerviosismo.
—Puedo… puedo encargarme de que la atiendan —balbuceó, visiblemente agobiado—. No es nada grave, señor —aseguró—. Solo… Solo es una uña. —Tragó saliva.
La Mort no se movió.
Ni siquiera se dignó a hacer un leve gesto, no asintió, ni negó. No hizo nada.
El silencio se volvió insoportable, apenas podía respirar con normalidad, como si se me estuviera llenando los pulmones de algo que no era aire, era miedo.
Entonces ocurrió.
Todo fue demasiado rápido como para que nadie hubiese podido sospecharlo. La Mort sacó una pistola de debajo de la capa, con un gesto elegante, casi perezoso. El metal brilló apenas un segundo antes de que el sonido explotara en la sala.
El disparo me atravesó los oídos, ensordeciéndome casi tanto como el latir de mi corazón.
El hombre de mi lado cayó hacia atrás sin tiempo a reaccionar. Su cuerpo golpeó el suelo con un ruido sordo, húmedo. La sangre comenzó a extenderse bajo él, roja, brillante, violenta, rompiendo la pulcritud blanca del salón como una blasfemia.
No grité, fue tal el horror que ni siquiera pude hacer algo más que no fuese presionar mis labios con fuerza. Permanecí allí, como si no hubiese ocurrido nada, con la mirada clavada en el cuerpo que yacía en el suelo, en la sangre que avanzaba con lentitud, conquistándolo todo.
La Mort volvió a guardar el arma, pero ni siquiera me miró, y fue en ese instante en el que comprendí algo con una claridad que me heló el alma: allí la vida no valía nada, ni siquiera una explicación.