El legado de los Romanov 21
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Andrei

Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas a si de verdad me valía la pena volver a hablar con él. Siempre había actuado solo, pero en aquel momento, si lo que Cero me había dicho, todo escapaba a lo que podía llegar a abarcar.

Mis contactos no eran los mismos que los suyos, ni siquiera se parecían, y aunque conservaba muy pocos de mi vida anterior, iba a necesitarle a pesar de que no quisiera admitirlo.

Me llevé un cigarrillo a la boca, al mismo tiempo que me apoyaba en la carrocería del coche que siempre conducía, un Chevy del setenta que estuvo guardado en mi garaje demasiado tiempo.

Vi como alguien se asomaba por el gran ventanal del salón, y fue cuando me percaté de que era Elena quien me observaba.

La saludé con un ligero movimiento de la mano, y ella respondió con lo mismo.

Pude ver una sonrisa triste en su rostro, en cómo me miraba.

Porque a pesar de todo, ella conocía lo que hacíamos, había decidido adentrarse en un mundo al que no pertenecía, justo como quiso hacer Marlene.

Al final, el amor siempre prevalecía por encima de las adversidades, y esta no iba a ser la excepción.

Golpeé un par de veces la puerta con los nudillos. El servicio abrió al instante, y fue entonces cuando vi que era Tatiana quien me recibía. Le di un suave beso en la mejilla, y esbozó una mueca que quiso simular una sonrisa y no llegó a ella.

Entré sin esperar a que nadie me anunciara.

El eco de mis pasos resonó por el pasillo amplio, e igual por las escaleras, marcando el ritmo de una rabia que no me cabía en el pecho.

Tenía la mandíbula tan apretada que me dolían hasta los dientes.

La lista. Las palabras de Cero continuaban repitiéndose en mi cabeza como un puto martillo: trata, menores, fiestas, hombres con poder… Y Marlene en medio de todo.

—¿Dónde está? —solté sin rodeos.

Nikolai alzó la vista desde el despacho. Estaba de pie, con una carpeta abierta entre las manos, la cual dejó sobre la mesa en cuanto me vio la cara. Supo al instante que aquello no era una visita cordial.

—Andrei… —empezó.

—No —le corté, avanzando un paso y cerrando la puerta a mis espaldas—. No me hables como si esto fuera una conversación normal.

Este se irguió, serio, tenso, pero no a la defensiva, y eso fue lo único que evitó que le saltara a la yugular.

—¿De qué estás hablando? —preguntó al fin.

Solté una risa seca, cargada de veneno.

—De la lista, Nikolai.

El silencio se instauró entre ambos, de golpe.

No fue largo, pero sí denso. Pesado. Lo observé con atención, buscando algún gesto, una grieta, cualquier cosa que delatara que sabía más de lo que estaba diciendo.

Pero eso no ocurrió.

—¿Qué lista? —cuestionó, esta vez más despacio.

—No te hagas el imbécil —espeté—. La lista del canciller, con los nombres, las fiestas, las niñas... —Hice una pausa, sintiendo que me faltaba hasta el oxígeno—. La mierda que mueve medio continente.

Vi como su expresión cambiaba, no a la culpa, sino a algo muy diferente: asco.

—Esto no tiene nada que ver con nosotros —aseguró con frialdad—. En nada en absoluto.

—Cero no dice lo mismo.

—Cero miente —replicó sin dudar—. O, como mínimo, mezcla verdades con basura para protegerse.

Di otro paso hacia él, invadiendo su espacio personal, a sabiendas de lo peligroso que sería.

—¿Me estás diciendo que no sabías nada? —pregunté en voz baja—. ¿Que entregaste a Marlene sin saber que estaba en medio de una red de trata de menores?

Su mirada se endureció, frunció el ceño.

—No nos metas en esa puta mierda —dijo, con una firmeza peligrosa—. Nosotros no tocamos ese mundo, y mucho menos si se habla de menores.

—Pero lo rozasteis —rugí—. ¡La entregasteis!

—Ni se te ocurra alzarme la voz —me advirtió—. Se la entregamos a Cero —corrigió—. No a esos animales, y lo hicimos creyendo que la sacábamos del foco, no que la metíamos en algo peor.

—Sacándola del foco… —Dejé ir una risa irónica.

—¿Es que acaso crees que si lo hubiéramos sabido, habríamos permitido que se la llevaran?

Apreté los puños, sintiendo como la rabia me subía por los brazos, por el cuello y la cabeza.

—¿Y la lista? —insistí—. ¿Sabías o no sabías que su padre tenía información sobre esa gentuza?

Negó con la cabeza, despacio.

—No —aseguró—. Te lo juro por la familia.

—Se llevó el anillo sello de los Romanov a la boca y lo besó—.

No formamos parte de ningún plan del canciller, ni de su mierda de política, ni de sus secretos.

No nos involucramos en la trata. Nunca —sentenció, recalcando la última palabra—.

Y mucho menos si hay menores de por medio.

Lo dijo con tanta claridad que, por un segundo, dudé.

Solo por un segundo.

—Entonces alguien está mintiendo —murmuré.

—Sí —asintió—. Y no somos nosotros.

Me di la vuelta, incapaz de estar quieto. Caminé unos pasos por el despacho, al mismo tiempo que me pasaba una mano por el cabello, intentando ordenar el caos que tenía en la cabeza. Todo encajaba y no lo hacía a la vez. Había demasiadas piezas moviéndose sin que pudiera ver el tablero completo.

—Si esa lista existe —continuó Nikolai—, es algo que va más allá de nosotros. Algo mucho más grande —comentó—. Y si Cero está metido hasta el cuello… —Calló durante un instante—. Entonces nunca estuvo de tu lado.

Me giré de golpe.

—Nunca lo estuvo —repetí.

Nos miramos durante unos segundos que parecieron eternos. Dos hombres hechos de decisiones equivocadas, sangre compartida y de silencios demasiado largos.

—No permitiré que nos metas en algo así —añadió— Ni a mí, ni a Viktor, ni a Alexei. Esa mierda no es nuestro mundo.

—Puede que el mío sí lo sea —sentencié—. Lo es porque ella está ahí dentro y pienso sacarla.

Nikolai bajó la mirada un instante, solo uno, pero lo vi.

—Si te metes en esto —dijo—, no habrá marcha atrás.

—Nunca la hubo —repliqué.

Me encaminé hacia la salida sin mirar atrás, a sabiendas de que ellos no tenían nada que ver con la desaparición de Marlene, pero con la duda constante de si era Cero quien sí pertenecía a esa maldita mafia.

—Andrei —me llamó.

Me detuve, apoyándome contra el marco de la puerta.

—Si descubres que Cero te ha usado… —empezó.

—Espero no tener que descubrirlo.