El legado de los Romanov 20
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Marlene

La habitación era blanca.

No un blanco limpio ni tranquilo, sino uno que dolía a la vista.

Era tanto que sentía como la claridad se tragaba las sombras de mis demonios para devolvérmelas multiplicadas dentro de mi cabeza.

Las paredes eran lisas, frías, sin una sola imperfección a la que aferrarse con la mirada.

El techo demasiado alto, el suelo demasiado pulido.

Todo parecía haber sido diseñado para que me sintiera diminuta en un mundo que no me pertenecía.

Inexistente.

El aire no olía a nada, solo a productos de limpieza que borraban cualquier rastro humano. Cada vez que respiraba sentía cómo el pecho se me oprimía, como si el oxígeno allí fuese más escaso.

Estaba sentada en la cama, abrazándome las rodillas, intentando mantener el calor de mi propio cuerpo.

El camisón de seda rosa se deslizaba sobre mi piel como algo ajeno, demasiado suave para un lugar tan hostil.

Me daba frío, y me hacía sentir expuesta, como si no fuera ropa, sino un recordatorio de que no tenía nada con lo que protegerme.

A mi lado, el osito de peluche.

Pequeño. Ridículo.

Lo había ignorado durante horas. Era como una maldita burla, como si creyeran que con eso podría consolarme, pero lo cierto era que lo odiaba con todo mi corazón. Lo lancé con fuerza contra la esquina más alejada de la habitación, dejando que rebotase contra la pared.

Pero el silencio y la desesperación habían ganado la partida, y ahora lo tenía entre los brazos, apretándolo contra el pecho como si fuera lo único sólido en aquel espacio sin tiempo.

Mis dedos se clavaban en el tejido barato, mientras mi corazón latía desbocado, golpeándome las costillas desde dentro.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí, si era de día o de noche, o si mi pequeña Anna continuaba viva.

Ese pensamiento me atravesaba una y otra vez, como una cuchilla perforando mi piel.

Cada vez que cerraba los ojos la veía, pequeña, con los ojos encharcados en lágrimas, buscándome, llamándome sin entender por qué no respondía.

Una débil lágrima descendió por mi mejilla.

El estómago se me retorció con tanta fuerza que tuve que inclinarme hacia adelante para no vomitar.

Tragué saliva.

Me dolía la garganta, el cuerpo entero, de estar en una tensión constante como si en cualquier momento fuese a ocurrir algo y yo tuviera que estar preparada. Todo sin saber por qué.

Apreté las manos alrededor del oso, sintiendo como las pequeñas gotas no dejaban de bañar mi rostro, incontrolables, llenas de un dolor que no sabía siquiera explicar.

Andrei tenía razón. Ese no era mi mundo. Y a pesar de tenerla, le odié. Lo hice culpándole de no venir a por mí, de haber permitido que me alejasen de su lado cuando le pedí que no lo hiciera. Nos había puesto en peligro, y eso jamás se lo perdonaría.

Entonces sonó.

Un clic.

Seco.

Metálico.

Todo mi cuerpo se tensó de golpe. El osito resbaló entre mis brazos y cayó en la cama sin que me diera cuenta. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que por un instante llegué, incluso, a marearme. El pulso me retumbaba en los oídos, ensordeciendo hasta mis pensamientos.

La puerta se abrió despacio, y tras ella apareció un hombre alto.

Lo primero que vi fue el traje, negro, perfecto, caro. Demasiado pulcro para encontrarnos en aquel lugar. Tras eso, me fijé en los guantes, y después en la maldita máscara que ya conocía demasiado bien.

Llevaba una sonrisa fija, exagerada, grotesca, tan irreal como lo eran sus ojos, unos que eran dos huecos negros que no reflejaban nada. No podía saber si me miraba, pero sí sentí su atención clavarse en mí como si de un lastre se tratara.

—Oh, ¿estás llorando? —cuestionó con diversión.

Apreté la mandíbula con fuerza, intentando tragarme el nudo que se había creado en mi garganta y que apenas me dejaba respirar con normalidad.

No respondí, no porque no quisiera sino porque las palabras se agolpaban en mi boca, como si me hubiesen sellado los labios.

—Levántate —ordenó.

Su voz, esta vez, sonó neutra, sin emoción alguna. No había ira, prisa, o rencor. Eso fue lo que más miedo me dio.

Intenté moverme, quise hacerlo, de verdad. Pero las piernas no me respondieron. El miedo me había dejado anclada al colchón, rígida, como si mi cuerpo ya no me perteneciera.

—He dicho que te levantes —esta vez sí que alzó un poco la voz, lo suficiente como para que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza.

Negué con la cabeza con un leve movimiento, apenas fue un gesto. Sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas antes incluso de darme cuenta.

—Por favor… —supliqué con la voz rota, temblorosa—. No…

Suspiró.

Pude percibir el fastidio en ese maldito sonido, como el de quien pierde la paciencia con un objeto que no funciona.

El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza en el pecho que por un momento dejé de ser consciente de mis propios pensamientos. La cabeza empezó a darme vueltas.

Avanzó hacia donde yo estaba con pasos tranquilos, medidos, como si conociese la medida exacta para llegar a mí. Cada uno de ellos me hacía encogerme un poco más. Cuando me agarró del brazo sentí el impulso de salir corriendo, pero no lo hice, no había escapatoria alguna.

Las amargas gotas volvieron a hacer acto de presencia, delatándome, mostrándole a aquel malnacido el pánico absoluto que estaba sintiendo en aquel instante.

Me tomó con fuerza, apretando.

—¡Suéltame! —vociferé al fin.

Tiró de mí con un solo movimiento, obligándome a ponerme en pie, dejando que el osito se resbalase de entre mis manos.

El mundo se inclinó. Mis pies descalzos resbalaron sobre el suelo liso y estuve a punto de caer.

Pero eso no fue lo peor. El camisón se me subió por los muslos y sentí una oleada de vergüenza mezclándose con el más absoluto terror.

Grité otra vez.

Un grito desgarrador, agudo y desesperado que me rasgó la garganta, dejándomela en carne viva.

—Compórtate —me advirtió con fiereza—. Te conviene no hacerme cabrear.

—¡No me toques! —supliqué, llorando ya sin control—. ¡Por favor!

Me arrastró hacia la puerta, y aunque intenté agarrarme a la cama, no sirvió de nada. Mis uñas arañaron el colchón sin conseguir efecto, el osito quedó atrás, tirado en el suelo, mirándome con su sonrisa cosida, inútil.

El pasillo era igual de blanco y frío, y a cada paso que dábamos, mis piernas más temblaban. Sentía nauseas, y el corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que iba a desmayarme allí mismo debido al miedo.

—¿Dónde me llevas? —lloriqueé—. ¿Qué he hecho?

No respondió.

De repente, llegamos a un enorme salón, y me soltó del brazo. Casi caí al suelo, pero logré mantenerme en pie a duras penas, percibiendo el cimbreo de mis piernas. El silencio volvió a imponerse, pero ya no era el mismo. Este pesaba mucho más.

Ahogué un quejido cuando lo sentí. Lo hice antes de verlo.

Era una maldita presencia. Algo que no necesitaba hacer ruido para anunciarse. Pude sentir el frío, cómo la oscuridad lo engullía todo a pesar de que mi alrededor siguiera siendo blanco. El estómago se me encogió hasta dolerme.

El hombre del traje bajó la cabeza ligeramente, fue un gesto mínimo, de respeto y miedo a partes iguales.

En un acto de valentía, alcé la mirada, y entonces… Entró.

La Mort.