19
Andrei
No llamé.
No avisé.
Volví a plantarme en casa de Cero como quien regresa al lugar de un crimen, no para buscar respuestas, sino para arrancarlas de donde hiciese falta.
Esta vez no tenía prisa, ni esa rabia descontrolada que me carcomía.
Era algo peor. Una calma tensa, afilada, de esa que llega solo cuando has tomado una decisión.
El ascensor subió lento, demasiado, provocando que esos nervios latentes que aún permanecían dormidos en mi interior luchasen por salir a flote. Cuando salí de este, sentí como un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, como si quisiera advertirme de algo que había pasado por alto.
Golpeé la puerta de Cero una sola vez, no hizo falta más.
Tardó unos segundos en abrir, los suficientes como para saber que estaba midiendo opciones, recalculando escenarios y viendo qué podía hacer para evitarme.
Cuando lo hizo, su expresión cambió apenas por un instante, no fue sorpresa, ni miedo, sino la resignación de alguien que sabía que no había marcha atrás.
—Has vuelto —musitó sin ganas.
Entré sin responder, cerrando la puerta a mi espalda.
—Me mentiste —solté sin rodeos, sintiendo como las palabras me quemaban en la garganta.
Cero no se movió. Se limitó a observarme con atención, como si estuviera evaluando qué versión de mí tenía delante. El Andrei fuera de control… o el otro. Ese que conocía bien, y que era mucho peor.
—Sí —admitió al acabo de unos según dos—. Lo hice.
Alcé la mirada, incrédulo, no porque no me lo negara, sino porque lo dijo sin intentar justificar sus actos.
—¿Y sabes qué es lo que más me jode? —cuestioné en voz baja—. Que ni siquiera te molestes en fingir que te arrepientes.
Cero giró sobre sus talones y caminó en dirección al salón. Se sirvió un vaso de agua, nada de alcohol, nunca bebía cuando las cosas se ponían feas, y en aquel momento, lo estaban.
—Necesitaba tiempo —respondió al fin—. Y tú no me lo estabas dando, exigías respuestas y tuve que inventarme unas.
—No era tuyo para tomarlo —aseguré con rudeza—. Te inventaste unas para enfrentarme a mis propios hermanos.
—El tiempo nunca lo ha sido —replicó—. Pero, aun así, te lo debía.
Me apoyé en la pared, cruzándome de brazos, aún con la pierna molestándome, pero no le daría el gusto de sentarme frente a él.
—Habla —ordené—. Y esta vez, dime la verdad.
Le dio un largo sorbo y dejó el vaso sobre la encimera, con cuidado.
—Te mentí porque si te decía esto desde el principio, habrías ido directo a por ellos —empezó—. Y no habrías salido vivo.
—No me subestimes.
—No lo hago —negó—. Te conozco demasiado bien.
No, no me conocía demasiado bien, conocía la versión de mí que yo le había permitido conocer, pero eso no lo sabía.
Se giró hacia mí, y pude ver su semblante, completamente serio, tenso.
—El padre de Marlene no es solo un político con poder —continuó—. Es un hombre desesperado.
Sentí como algo se removía por dentro.
—Explícate.
—Tiene información —respondió de manera escueta, cosa que no me gustó, por lo que chasqueé la lengua, instándole a continuar—. Información real, documentada, con nombres, fechas, lugares… Una maldita lista.
Mis dedos se cerraron lentamente en puños, de manera inconsciente.
—¿De qué cojones hablas?
Cero me sostuvo la mirada y pude ver en sus ojos que no mentía, o al menos no en lo que había salido por su boca.
—Existe una red de gente muy poderosa: políticos, empresarios, jueces, militares, magnates…
—Hizo una pausa—. Organizaban fiestas privadas en islas, mansiones, hoteles de su pertenencia —continuó—.
Pero eso no es todo, hay involucradas menores de edad, drogas, orgías con las niñas, tráfico de blancas. Todo lo que te puedas imaginar… y más.
El aire se volvió pesado y denso. Mi mente comenzó a trabajar a dos mil por hora, provocando que cientos de ideas me embotaran el cerebro.
—¿Y qué tiene que ver Marlene en todo esto? —Quise saber.
—Un medio de presión.
Un escalofrío me recorrió la espalda, haciendo que todo el vello de mi cuerpo se erizase.
—Las niñas eran el mensaje —continuó—. Si hablaba, las perdía. Si callaba, tal vez pudieran sobrevivir.
Apreté la mandíbula, tanto que pude notar la presión en la sien y el crujir de mis muelas llenándolo todo.
—Hijo de puta… —bisbiseé.
—El problema —añadió Cero— es que esa lista no solo pone en peligro a su familia. Puede prender fuego a medio continente.
Me separé de la pared de golpe, como impedido por un resorte, sintiendo la herida de mi pierna palpitar.
—¿Y qué coño pintan mis hermanos en todo esto?
—Intentaron mantenerte al margen de todo —respondió—. Pensaron que, si Marlene desaparecía del foco y volvía, si la sacaban del foco te olvidarías de ella.
Solté una risa seca, sin humor.
—Siempre pensando que mover piezas humanas es la solución.
—Tú también lo has hecho —me echó en cara.
—Pero nunca con alguien que amaba —escupí.
El silencio se instauró entre nosotros. Cero desvió la mirada, como si no fuese capaz de sostenérmela.
—Por eso no te lo dije —admitió—. Porque sabía que en cuanto lo supieras… no habría vuelta atrás.
Di un paso más hacia él, soportando el dolor.
—No la hay —juré, sintiendo como la rabia bullía en mis venas, a punto de hacerme estallar.
Este alzó la mirada, de nuevo, fijándola en la mía. Pude ver cómo algo más en su interior se debatía en qué decir a continuación, solo que no sabía que sus malditas excusas no iban a servirme de nada.
—Andrei… —comenzó a decir.
—Escúchame bien —le interrumpí—. No me importa la lista, ni los nombres, ni si se cae medio puto gobierno.
Cero apretó la mandíbula.
—Debería importarte.
—Lo único que me importa —continué, con la voz baja— es sacarla de allí.
El silencio volvió a imponerse, viendo cómo me desafiaba con la mirada. Una parte de mí quiso arrancarle la cabeza, pero la sensatez tomó el lugar de la rabia.
—Si te metes en esto —dijo al fin—, ya no habrá refugio. Ni para ti, ni para ella.
Me acerqué lo suficiente como para que no pudiera ignorarme, quedando a un palmo de su rostro.
—Nunca lo hubo —aseguré, notando como mis entrañas se prendían en llamas por culpa del odio y el rencor.
Nos quedamos mirándonos unos segundos más, hasta que entendí que ya no había nada más que sacar de él.
—Dime una cosa —añadí antes de irme—. ¿Quién más lo sabe?
Cero tardó en responder.
—Más gente de la que debería.
Obviamente. Si alguien la había entregado a esos hijos de puta, era porque conocían a la perfección el punto flaco del canciller, a no ser que hubiese sido él mismo quien la hubiese dado como forma de pago a cambio de no destrozar su vida.
—Entonces vamos tarde.
Cero asintió. No había margen de error. Las oportunidades de sacarla de allí dentro antes de que sufriese eran demasiado pocas como para jugárnosla, por lo que debía actuar con cautela.
Giré sobre mí mismo, encaminándome hacia la entrada cuando, de repente, le escuché.
—Andrei —me llamó.
Me detuve, ladeando ligeramente la cabeza.
—Esto ya no es una misión.
Esbocé una mueca en mis labios, algo similar a una sonrisa, solo que esta vez no hubo pizca de humor.
—Tratándose de ella, nunca lo ha sido —le corregí.
No esperé a su respuesta, porque sabía tan bien como él que se iba a jugar la vida dependiendo de lo que dijese. Así que salí del apartamento.
Lo hice con la certeza de que acababa de cruzar otra línea, de esas que ya no te permiten volver atrás.
No me importó.
La sacaría del entuerto en el que estaba metida, y poco me importaba si tenía que llevarme por delante a todo el maldito gobierno alemán, a los secuaces del padre de Marlene, o a mi puta madre que en paz descansaba.
Ya no había opción a recapacitar.
La guerra había iniciado.
Y yo iba a ganarla.