El legado de los Romanov 18
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Andrei

El piano estaba frío bajo mis manos. Llevaba sin tocar más tiempo del que podía recordar, tanto que creí que no sería capaz de presionar ni una de las teclas.

Me quedé allí sentado, frente a él, con la copa de whisky apoyada sobre la madera negra y el reflejo de la ciudad colándose por el ventanal como una herida abierta.

Las luces parpadeaban a lo lejos, indiferentes, como si todo siguiera su curso mientras yo no hacía más que sentirme estancado en el mismo punto desde hacía demasiado.

Estaba cabreado, perdido en mis pensamientos en todo lo que había podido ocurrir y no lo había hecho.

Pensaba en cuántas cosas habrían decidido a mis espaldas, sin siquiera consultarme.

Tal vez ahí estaba la clave de todo. Jamás sería uno de ellos, no cuando no me tomaban en consideración para algo como aquello.

Estaba demasiado implicado, sí. Me había enamorado de ella, incluso, tal vez, había llegado a diluirme en su esencia, pero ¿qué cojones importaba? ¿Es que acaso no tenía Nikolai a Elena, Viktor a Alina y Alexei a Elisa?

Quise matarlos con mis propias manos.

Le di un trago a la bebida, dejando que quemase mi garganta y también mi estómago.

Eso era lo único capaz de hacerme sentir algo que no fuese ira, porque, al fin y al cabo, era lo único que podía existir en mi interior.

Rabia. Esa que me carcomía. La que me prendía en llamas hasta tal punto que una parte de mí había deseado acabar con todo.

Había hecho de todo en esta vida.

Sobreviví cuando no debería. Maté cuando fue necesario. Mentí cuando fue conveniente y traicionado antes de serlo. Aun así, sentado allí, lo único que me preguntaba una y otra vez era si había valido la pena.

Si todo el camino recorrido, toda esa sangre derramada, todos esos pactos hechos en la oscuridad habían servido para algo más que para convertirme en lo que era ahora.

Un hombre cansado.

Solo y consumido.

Traicionado por su propia familia. Compartíamos la misma madre, la misma sangre, pero no la misma historia, no los recuerdos ni la infancia. Dos años no construían una familia, por mucho que el apellido pesase, por mucho que el vínculo biológico intentase imponerse a la realidad.

Aun así… Había algo.

Ese sentimiento incómodo y adictivo de pertenencia. El creer que no estás completamente solo en el mundo por primera vez en la vida.

Me gustaba, y eso era precisamente lo que más me jodía.

Porque cada vez que bajaba la guardia, alguien decidía por mí, o aún peor… Me traicionaba. Confiaba un poco, bajaba las barreras y alguien jugaba a mover las piezas de un tablero imaginario sin contar conmigo. Marlene había sido la prueba definitiva de eso.

Alcé la copa y la observé, fijándome en cómo el líquido ámbar se movía en su interior, fluyendo, igual que había intentado hacerlo yo.

Pero las traiciones, silencios, decisiones tomadas a mis espaldas pesaban más que lo bueno.

Al final no podía confiar en nadie, ni siquiera en ellos que decían ser mi familia.

Apuré el whisky de un trago y dejé la copa a un lado. Me levanté despacio, con el cuerpo pesado, como si cada paso costara más de lo que debería. Fui hasta el final del salón, donde aún quedaban algunas cajas que nunca me había molestado en vaciar.

Cosas del pasado.

Recuerdos que dolían.

Todo eso que había dejado de importar, hasta que volvió a hacerlo.

Abrí una de ellas sin demasiado interés, removiendo papeles, carpetas antiguas, informes que ya no recordaba haber leído. Vidas resumidas en hojas frías y objetivas.

Pero entonces, la vi.

La fotografía estaba ligeramente doblada por la esquina, como si hubiese sido sacada y guardada más de una vez. La reconocí antes incluso de mirarla de frente. Porque si alguien la había observado con detenimiento, ese había sido yo.

Marlene.

—¿Dónde te esconden, Marlene? —cuestioné, a sabiendas de que no me respondería.

Quise abrazarla, perderme en el aroma de su cabello, enterrar mi rostro en él, darme el permiso para vivir sin culpa. Porque sí… Ella era la única capaz de hacer que mis demonios desaparecieran.

Apreté la mandíbula, sintiendo como el enfado iba cada vez a más. Todo el mundo se me venía abajo, la pantomima en la que estaba viviendo. Había sido bonito jugar a los hermanitos, pero no permitiría que volviesen a engañarme. No cuando su seguridad estaba en juego.

Tenía el rostro serio, la mirada firme y los labios cerrados en una fina línea que ya conocía de memoria.

No era una foto bonita, ni preparada. Era una de esas imágenes que se usan para catalogar, para archivar y reducir a una persona a un nombre y un número.

Eso era lo que había sido para la organización, un puto número.

Mis dedos se cerraron alrededor del papel.

No debería estar ahí, ni debería haber sido parte de un expediente.

La observé durante largos segundos, sintiendo cómo algo se me encogía el pecho. Pensé en su risa, en la manera en la que me miraba más allá del miedo, como si de verdad pudiese verme tras los muros, en sus pequeñas manos aferrándose a mí, como si yo fuera algo más que un refugio temporal.

Habían jugado con ella.

Con nosotros.

Porque aunque mi misión no era salvarla, sino investigar a los Romanov, se convirtió en parte de mí en el instante en el que nuestros ojos se cruzaron. Ella jamás eligió el mundo al que la habían arrastrado, porque, al fin y al cabo, eso era lo que habían hecho.

La sacaron de su cuento de hadas, para meterla en un infierno lleno de maldad, drogas, sangre y muerte.

Conseguiría sacarla de allí, averiguar por qué demonios se la habían llevado, y quién era el culpable de ello. Empezando por su padre. El canciller alemán que ni siquiera había sido capaz de lanzar una orden de búsqueda para sus propias hijas. No iba a detenerme hasta destaparlo todo.

Apreté la fotografía con fuerza, tanto que el papel crujió entre mis dedos. No me importó. Si algo tenía claro en ese momento era que ya no quedaba espacio para dudas ni medias tintas.

—Voy a traerte de vuelta —musité con firmeza, sin apartar la vista de esos ojos que me observaban, carentes de alma.

No era una promesa vacía.

Era un juramento, y esta vez no iba a pedir permiso a nadie.