17
Marlene
Anna dormía profundamente, dándome una paz que hacía demasiado tiempo que no sentía.
Tenía el pulgar entre los labios y el ceño fruncido, como si incluso en sueños siguiera luchando contra un mundo que no entendía.
Me senté a su lado, despacio, y le aparté con cuidado un mechón de pelo que caía sobre su frente, sin querer despertarla.
Siempre había sido así. Frágil, pequeña, demasiado inocente para todo lo que nos había tocado vivir.
La observé unos segundos más, asegurándome de que respiraba tranquila, de que estaba a salvo, al menos esta noche.
Entonces lo escuché.
Al principio pensé que era mi imaginación. Una melodía lejana, suave, casi imperceptible, como si naciera de las paredes del apartamento llegó a mí. Me incorporé con suavidad, conteniendo la respiración. El sonido era real. Un piano. Lento. Profundo. Triste.
Arrugué el entrecejo.
Andrei nunca me había dicho que supiera tocar, aunque en cierto modo era normal.
Me levanté con cuidado, cerré la puerta de la habitación en la que dormía Anna, sin hacer ruido, y avancé descalza por el pasillo. La luz era tenue, apenas había un par de lámparas encendidas, y el apartamento parecía distinto a esas horas, más grande, más silencioso… más solo.
La melodía me guio hasta el salón, y fue ahí cuando la vi. La puerta que siempre había estado cerrada esta vez permanecía entreabierta.
Empujé despacio, con el corazón a punto de salírseme por la boca, encontrándome con una estancia que ni siquiera sabía que existía.
Un espacio amplio, elegante, presidido por un piano de cola negro frente a un ventanal inmenso que mostraba la ciudad extendiéndose a nuestros pies.
Moscú brillaba a lo lejos, fría, solitaria y despiadada, ajena a todo lo que nos rodeaba.
Andrei estaba allí.
Sentado frente al piano, con un cigarrillo en la boca, la cabeza ligeramente inclinada y los hombros tensos. Tocaba sin mirar las teclas, como si la música saliera de un lugar más profundo que sus manos. Su alma.
Permanecí quieta, deleitándome con aquella estampa.
Por un momento me sentí como una furtiva observándolo sin permiso, no quería interrumpirlo.
Había algo en esa imagen que me desarmó por completo. No era el hombre peligroso, ni el que daba órdenes, ni siquiera el que levantaba muros a su alrededor. Era alguien solo, cargado de silencios, de heridas que no sabía cómo cerrar.
Y me dolió.
Me dolió porque no sabía por qué me importaba tanto alguien a quien apenas conocía. Porque sabía que lo que sentía no tenía lógica ni explicación, y mucho menos futuro. Pero era real. Tan real como el nudo que se me formó en el pecho al verlo de aquella manera.
Di un paso, y el suelo crujió bajo mis pies, provocando que la música se detuviese, igual que sus manos.
Andrei volteó la cabeza con lentitud, con una calma que aún no conocía en él.
Sus ojos se encontraron los míos durante un segundo que se me antojó una eternidad.
No dijo nada, y creí que había cruzado un límite invisible.
Pero no me dijo que me fuera, no frunció el ceño, ni levantó una barrera.
Continuó siendo ese Andrei que con calma se deshacía sobre las teclas del piano.
—Lo siento —murmuré—. No quería…
—Está bien —aseguró, interrumpiéndome.
Su voz fue distinta esta vez, más baja, más cansada.
Me acerqué con cuidado, despacio, hasta quedar a su lado.
—¿Puedo? —Señalé el banco.
Este asintió con un ligero movimiento de cabeza, instándome a acompañarle.
Me senté junto a él, dejando un pequeño espacio entre ambos que no tardó en desaparecer. El silencio volvió a instaurarse, pero no era incómodo, era denso, lleno de todo aquello que no nos atrevíamos a decir.
Andrei apagó el cigarrillo y, sin previo aviso, me rodeó la cintura con mano firme. Antes de que pudiera reaccionar, me levantó y me colocó sobre él, a horcajadas, acomodándome con una naturalidad que me dejó sin aliento.
El corazón comenzó a latirme con fuerza de nuevo, tanto que llegó a retumbar en mis oídos, ensordeciéndome. No hubo brusquedad, ni prisa, solo una cercanía que consiguió que todo el vello de mi cuerpo se erizase.
Deseé tomarme un instante para obsérvalo, para grabar a fuego aquel momento en el que nos encontrábamos, para ver esa estampa tan cotidiana y al mismo tiempo tan extraña que estábamos representando.
Porque sí, éramos dos desconocidos, pero por alguna razón, nuestras almas no sabían de tiempo ni espacio, solo de esa unión que sería capaz de prender el mundo en llamas.
Apoyé la frente en su hombro y lo abracé, dejando que mi cuerpo, diminuto sobre el suyo, lo rodease, como si ese simple gesto pudiese sostenerlo. Él volvió a posar sus manos sobre las teclas, una a cada lado de mi cintura, y la música regresó.
Más suave.
Más íntima.
Podía notar su respiración bajo la mía, el leve movimiento de su pecho mientras su corazón latía con una firmeza típica de un tambor de guerra.
Era extraño. Reconfortante. Como si, por primera vez desde que le conocí, me permitiera ver al hombre que se escondía tras todos esos muros que había erguido.
—Eres distinto —musité, sin saber por qué, apartándome lo suficiente como para poder mirarle.
Tomé aire, llevándome conmigo ese perfume amaderado y dulce que ya se mezclaba con su propio aroma, embriagándome.
No respondió.
Pero acercó la cara a la mía, despacio, como si me estuviese dejando la decisión de si permanecer o apartarme.
No lo hice, y jamás lo haría. Nuestros labios se rozaron en un beso suave, casi tímido.
Nada que ver con la intensidad que había entre nosotros en otras ocasiones.
Este fue distinto, pausado y cuidado. Como una promesa que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
Cerré los ojos.
Y por un momento, con toda la ciudad a nuestros pies y la música envolviéndolo todo, creí que quizá… solo quizá… no estábamos tan perdidos como pensábamos.