16
Andrei
La sangre me hervía bajo las venas y la mente me iba a tal velocidad que no era capaz de retener un solo pensamiento para ponerlo en orden antes de abrir la boca. Solo de imaginar el posible pacto que habían hecho con Cero se me revolvían las tripas.
No dije nada, solo aguardé, haciendo un ligero movimiento de cabeza, instándole a continuar con su maldita historieta. Porque al final eso era, un relato que debía creer como cierto, y que estaba a punto de romperme el corazón en mil pedazos solo de saber el final de la historia.
—Dijo su nombre —continuó, esta vez más bajo—. Marlene.
Sentí el impacto de sus palabras como un golpe directo al pecho.
—Que se la teníamos que entregar —añadió—. Estaba protegida y que era un daño colateral al que tenía que hacer desaparecer por su propio bien. Si la entregábamos, toda nuestra investigación desaparecería.
Tragué saliva, lo hice con tanta fuerza que pude sentirla descendiendo por mi seca garganta. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Desde cuándo haces pactos con la policía, hermano? —cuestioné con rabia.
—Desde nunca.
—Pues lo has hecho —le corregí—. ¿O acaso no accediste a entregarla?
Permaneció en silencio, dejando que la habitación se llenase de esa tensión que se volvía cada vez más asfixiante.
—Sí… Accedí a entregársela a él. —Esta vez fue él quien recalcó mis palabras—. No a la subasta, no a la puta trata —alzó la voz.
Tenía las manos cerradas en puños, pude ver su rabia contenida en ellos, en la forma en la que sus nudillos se enrojecían a causa de toda la presión.
Me reí.
Una maldita carcajada amarga y rota.
—Qué detalle tan importante —escupí cínico—. ¿Sabes qué pasa, Nikolai? —cuestioné sin esperar respuesta alguna—. Que eso no cambia nada.
Se acercó un paso, provocando que me levantase como un resorte de la cama, a pesar de la borrachera y del mareo.
—Sí, sí que lo cambia —replicó—. Porque evitamos que siguieran tirando del hilo, porque si no lo hacíamos, habrían empezado a investigar a la familia —continuó como una retahíla—. A ti, a Viktor, a Alexei… A todos.
—¡Ya lo habían hecho! —bramé—. ¿O para qué crees que vine yo?
Su mirada me dolió en lo más profundo del corazón, pero aún más me hirió saber que no era a mí a quien quería proteger, sino a su propia familia, a esa a la que no había pertenecido nunca.
—Yo la habría protegido.
—No —me cortó con firmeza—. Tú ya estabas demasiado implicado.
—¡Porque me importaba! —grité ido.
—Exacto —asintió—. Y eso te hacía peligroso, tanto para ti como para ella.
Di un paso hacia adelante, cojeando, sintiendo como la rabia emanaba por cada poro de mi piel.
—Así que preferisteis entregarla —dije, con la voz llena de un odio que jamás había sentido—. Sacrificarla para que os dejaran tranquilos.
No sabía qué me había dolido más, si el hecho de que dejaran a una inocente a su propia suerte, o que me habían mentido a sabiendas de que ella realmente significaba algo para mí.
No quise imaginar desde cuándo estaba Marlene con esos malnacidos, pero tenía clara una cosa: no permitiría que continuase entre ellos.
—Preferí ganar tiempo —me corrigió—. Preferí pensar que con Cero estaría más segura que en medio de una maldita guerra.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—Y preferiste no decírmelo.
No contestó.
Ese silencio fue la respuesta más clara que hubiese escuchado jamás. Porque Nikolai nunca se quedaba con la palabra en la boca y mucho menos en un asunto como aquel, pero ese día lo hizo.
Prefirió callar.
—Eres un maldito cobarde —escupí—. No por hacerlo, sino por ocultármelo.
Vi el dolor cruzarle el rostro, tan real y profundo que llegó a herirme incluso a mí.
—Puede ser —admitió con pesar—. Pero lo hice creyendo que era la única forma de protegerte.
—No necesito que me protejas —bisbiseé—. Necesitaba la puta verdad.
Nikolai agachó la mirada por primera vez en su vida, tan solo fueron unos segundos, pero los suficientes como para darme a entender que de verdad se arrepentía de ello.
—Ahí falle.
Escucharle hablar de aquella forma, sin esa autoridad que siempre portaba por bandera me dejó frío, pero no lo suficiente como para callarme.
Estaba cansado de ser siempre el peón de todo el mundo, el chico de los recados.
Eso había acabado, y no iba a permitir que nadie tomase acciones en mi nombre y mucho menos por mí.
—Claro que lo hiciste, Nikolai —afirmé con rabia.
Lo miré con desprecio y rabia, pero también con algo mucho peor.
Decepción.
Quise gritarle, agarrarle por las solapas.
Porque sabía que aquello no era más que una excusa.
Tal vez pensase en mí, pero lo cierto era que no hacía más de un par de meses desde que nos habíamos conocido, no era nadie para él.
Nadie. Aunque su significado de familia fuese más fuerte, seguía siendo un desconocido al que acababan de recoger.
Un hombre sin ley ni pasado, el mismo que había sido abandonado en la puerta de un maldito orfanato cuando no era más que un bebé.
—Si vuelve a pasar —sentencié—, si alguien decide otra vez por mí… No habrá familia que valga.
Cogí mi chaqueta, que reposaba sobre el butacón junto a la salida.
—Andrei…
—No —le corté—. Esta guerra es mía, y esta vez no voy a dejar que nadie elija por mí —dije con rudeza—. Ni siquiera tú.
Salí de la habitación dejando atrás el silencio, la culpa y a un hermano que había elegido mal.