15
Andrei
Desperté con un dolor de cabeza que me partía en dos.
Contuve un quejido cuando sentí como un fuerte pinchazo me atravesaba de sien a sien, acabando con la poca calma que podía tener en un momento como aquel.
Tardé unos segundos en abrir los ojos, en enfocar las molduras limpias, la lámpara discreta que había junto a la mesilla, y el olor de café recién hecho mezclado con algo antiséptico.
Parpadeé despacio, sintiendo como el mundo volvía a encajarse a golpes, como un puzle a medio hacer.
Estaba en casa de Nikolai
—Joder… —mascullé, llevándome una mano a la cabeza.
El cuerpo me pesaba como si hubiese dormido bajo toneladas de culpa y alcohol, o algo aún peor. Las losas que yo mismo me había puesto para sobrevivir a todo lo que estaba aconteciendo últimamente.
Desvié la mirada a mi pierna herida, estaba vendada, limpia. Demasiado bien curada como para haber sido yo solo quien lo hubiese hecho, y mucho menos bajo los efectos del alcohol. Apenas podía pensar, lo único que recordaba era estar en un bar. Y eso solo significaba una cosa.
No había llegado solo allí.
Me incorporé con cuidado, ignorando el latigazo de dolor que me subió desde el muslo hasta la cadera. En la mesilla había un vaso de agua, analgésicos y mi arma. Descargada, por supuesto.
—Siempre igual —mascullé.
Llevaba demasiados años sin beber de esa manera, sobre todo haciéndolo por evadirme de algo.
Pero Marlene… Ella era diferente. Me había jodido la puta existencia al intentar salvarla, porque sin saber cómo, se había colado en lo más profundo de mi alma.
Ni siquiera tuvo que luchar por acceder a mi coraza, entró como por arte de magia, rompiendo cada una de mis barreras.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Nikolai entró despacio, con una taza de café en la mano y esa expresión suya que siempre iba a medio camino entre el cansancio y la decepción. Me miró un segundo largo, evaluándome, como si intentara decidir si seguía siendo su hermano… o un problema más.
Antes de decir nada, se acercó a la balconera y abrió las cortinas sin miramientos, provocando que cerrase los ojos con fuerza.
—Hijo de puta… —bisbiseé, sintiendo como el dolor me atravesaba el cerebro.
—Pues la misma madre tenemos, cabrón.
Su respuesta hizo que esbozase una mueca ligera y casi divertida. Nikolai siempre había sido muy serio, por lo que cuando soltaba esos comentarios, siempre eran una sorpresa.
—¿Qué ha pasado?
—Te reconocieron en el bar —comentó, dándole un sorbo a su taza—. Te desplomaste, y me llamaron.
Solté una risa seca, y noté como mi garganta se resentía.
—Qué detallistas —dije sin apenas ganas.
Dejó la taza sobre la cómoda y cruzó los brazos.
—Podrías haberte matado volviendo en coche.
—Ojalá hubiese sido tan fácil —repliqué sin darle importancia y sin mirarlo.
El silencio se instauró entre ambos, incómodo, tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo. Estábamos envueltos en cientos de reproches no dichos y eso acababa machacando.
—He hablado con Cero —solté de golpe.
Nikolai se tensó. Apenas fue un gesto, pero lo vi, siempre lo hacía. Era demasiado tiempo el que llevaba observándole en silencio, analizando cada una de sus muecas.
—Ah, ¿sí? —respondió con aparente calma.
Giré la cabeza para mirarlo de frente.
—No me trates como un imbécil —continué—. Porque esta vez no me voy a tragar las medias verdades.
Sus ojos se ennegrecieron tanto que pude ver la rabia en ellos. Aun así, no había nada que pudiese persuadirme o hacer que me olvidase de mi objetivo, porque ahora que sabía la verdad, no iba a dejar que nada me apartase de mi camino.
—No sabes todo lo que pasó.
—Sé lo suficiente —le corté—. Sé que Marlene volvió a ese mundo, y que nadie me avisó. Que mi propio hermano me apuntó con un arma y me disparó cuando intenté sacarla de allí, y también sé que alguien decidió por mí, otra vez.
Nikolai apretó la mandíbula.
—Andrei…
—No —le interrumpí—. No me llames así, como si esto fuese una charla fraternal entre hermanitos. —Señalé mi pierna—. Esto no es solo una bala, es una decisión tomada a mis espaldas.
Se pasó una mano por el rostro, visiblemente agotado. Sacó una cajetilla de cigarros y se llevó uno a la boca, ofreciéndome otro.
—No fuimos cien por cien sinceros contigo —admitió al fin.
Ahí estaba lo que esperaba: una confesión.
No era una disculpa, pero algo era.
—Ya lo sé —respondí sin apenas ganas—. Porque si lo hubierais sido, no estaría aquí ahora mismo preguntándome si mis propios hermanos me han vendido.
Levantó la mirada, dolido.
—No hicimos eso.
—Entonces, explícame por qué cojones acabó Marlene de nuevo en manos de esos hijos de puta —sentencié.
Tardó unos segundos en responder, como si una parte de él se debatiese en si confesar o no hacerlo. Pero entonces, cuando lo hizo, ya no encontré dureza en su voz, sino cansancio.
—Nosotros no nos encargamos de ella.
Fruncí el ceño, contrariado.
Eso no era lo que me había dicho Cero, no era lo que yo recordaba.
—¿Qué cojones dices?
—La sacamos de tu círculo —continuó—. Sí, decidimos moverla, alejarla de este mundo, de tu puto lado. —Hizo una pausa—. Pensamos que era lo mejor para ti. Para todos. Pero no fuimos ejecutores.
Sentí algo retorcerse en mi estómago, sin acabar de entender lo que acababa de decirme, o mejor dicho, sin saber si de verdad debía creer las palabras de mi propio hermano.
—Cero —susurré.
Asintió.
—Se la entregamos a él —admitió—. A esa puta agencia para la que trabajabas.
Unas fuertes ganas de vomitar subieron hasta mi garganta, creando un nudo que no me dejaba ni respirar.
Todo comenzó a darme vueltas, y cuando cerré los ojos solo pude ver su hermoso rostro, solo que esta vez no tenía esa expresión dulce y afable de siempre, sino que estaba lleno de rasguños y suciedad.
—Entonces… Explícame una cosa, Nikolai —musité al mismo tiempo que me pasaba una mano por la frente sin comprender nada de lo que estaba diciéndome—. ¿Cómo demonios llegaste a Cero y qué sabes de él?
—En realidad fue de lo más sencillo —comenzó—.
Cuando supe de tu existencia, de tu doble identidad, me puse a investigar de dónde cojones habías salido, un viejo contacto de Europa, Marek Volkov.
—Hizo una pausa para darle una larga calda a su cigarrillo—.
Se movía en círculos que no nos interesaban demasiado… hasta que empezaron a hacerlo.
Mi estómago se cerró.
—¿Volkov os puso en contacto?
—No exactamente —negó—. Fue ese triste hombrecillo para el que trabajabas quien dio el paso final, y me hizo llegar un requerimiento.
—Fumó con una tranquilidad que me quemó las entrañas—.
Sabía quiénes éramos, y obviamente, sabía quién eras tú en esta familia antes siquiera de que nosotros pudiéramos descubrirlo.
Eso me heló la sangre.
—¿Por qué no lo mataste? —cuestioné con una risa sarcástica—. Porque siempre que aparece alguien haciendo demasiadas preguntas no sale con vida de esta casa.
Nikolai me sostuvo la mirada, y no solo pude ver lástima, sino también algo parecido al arrepentimiento, algo que no supe descifrar del todo.
—Estuve a punto, no lo negaré —comentó.
Silencio.
—¿Entonces? —cuestioné sin comprender a dónde quería llegar.
—Hicimos un pacto.