El legado de los Romanov 14
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Andrei

El alcohol quemaba al bajar.

Estaba en un antro cualquiera, uno de esos lugares donde nadie hacía preguntas y donde la música estaba lo bastante alta como para no pensar. Olía a cerveza rancia, a sudor y a noches que no acababan bien. Justo lo que necesitaba.

Apuré el vaso de un trago y pedí otro sin siquiera mirar al camarero. Después otro. Y otro más. Perdí la cuenta demasiado pronto, igual que había perdido el control de casi todo lo que me rodeaba.

Marlene.

Su nombre se me instaló en la cabeza como una punzada contante, una presión insoportable detrás de los ojos. No sabía dónde estaba, ni con quién, y mucho menos qué demonios le estaban haciendo. Y era esa incertidumbre la que me estaba matando más despacio que una bala.

Bebí para callarla.

Para borrar de mi mente esa imagen en la que aparecía ella, con aquel camisón angelical que le sentaba como un maldito guante.

El mundo comenzó a inclinarse poco a poco, mientras las voces se mezclaban y las luces se volvían cada vez más borrosas. Apoyé el antebrazo sobre la barra, notando el frío pegajoso del metal contra mi piel.

—Otra —murmuré.

***

Su presencia llenaba la habitación incluso antes de tocarla, como si el aire se hubiese vuelto más denso a su alrededor.

La luz era tenue, amarillenta, suave… La misma que se posaba sobre su piel, haciéndola parecer irreal, de porcelana.

Estaba frente a mí, con los hombros tensos y la respiración irregular, como si supiera que estaba a punto de cruzar la línea de no retorno, esa que la acercaba cada vez más al demonio en el que me había convertido.

Sus labios entreabiertos buscaban aire, y sus ojos…

joder, sus ojos me miraban como si no vieran al monstruo, sino al hombre.

Eso fue lo que más me desarmó.

Deslicé la mano por su brazo con lentitud, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos. Tembló, no del miedo, sino de la anticipación. Aquel pequeño gesto me atravesó entero, despertando algo primitivo y feroz, imposible de contener.

—Andrei… —susurró, apenas en un hilo de voz.

No respondí, no lo necesitaba, sobre todo porque no solo respondía con palabras, sino con gestos, con cada centímetro de mi cuerpo.

Me acerqué lo justo para que nuestros pechos casi se rozaran.

Su calor me golpeó de lleno, como una descarga.

El aroma de su perfume me embriagó por completo, ese tan dulce con dejes a jazmín que había seleccionado cuidadosamente para ella.

La sentía en lo más profundo de mi ser, y la reconocí con tanta claridad que me dolió en el alma.

Mi boca descendió despacio, trazando un camino pausado por su cuello, deteniéndome ahí donde su pulso se aceleraba bajo mis latidos.

Cada beso era una promesa que no podía cumplir.

Cada caricia, una mentira que le diría con tal de alejarla de mi lado.

Sus manos buscando mi espalda, enredándose en el nacimiento de mi cabello, aferrándose a mí como si necesitara anclarse a este instante, y como si el suelo fuese a desaparecer bajo nuestros pies.

La alcé sin apenas esfuerzo, notando cómo su cuerpo encajaba contra el mío con una naturalidad que me dejó sin aliento.

Mientras que las mías volaban por su cuerpo, deseando venerarlo por completo, como la diosa que era.

Marlene se había convertido en mi jodida debilidad y a pesar de ello, no me aterraba aceptarlo.

No cuando sabía que nuestra historia tenía punto y final.

Una vez la entregase, se marcharía para siempre, y nosotros nos limitaríamos a existir en un recuerdo que quedaría enterrado en lo más profundo de mi mente.

Estampé mi boca contra la suya, buscándola, deseando fundirme con ella. Un gemido se escapó de entre sus labios, me sonó a gloria bendita. Joder. Era tan deliciosa que apenas era capaz de pensar con claridad cuando se trataba de pensar en Marlene.

Sin separarme de ella, la tomé en brazos, dejando que sus largas piernas rodeasen mi cintura, para segundos después dejarla sobre el mullido colchón de mi cama.

Me incliné sobre ella, sosteniéndole la mirada, memorizando cada gesto, cada sombra, como si supiera que aquel recuerdo iba a perseguirme el resto de mi vida.

Tenía las mejillas enrojecidas, ardientes, mientras que su boca permanecía húmeda e hinchada por los besos, y su agitada respiración intentaba acompasarse de nuevo.

Era hermosa de una forma que dolía, de esas que se te clavaban en lo más profundo del corazón.

Tal vez fue eso lo que vi cuando deseé sacarla de allí, aunque Anna fuese la excusa perfecta para ejecutarlo.

Mis manos recorrieron su cuerpo con una devoción casi peligrosa, memorizando sus curvas, su ritmo, la manera exacta en la que reaccionaba a cada uno de mis gestos.

Esta se arqueó buscando más, acercándose, reclamándome sin decir palabra alguna, pero pude verlo en sus ojos, en esa maldita obsesión que compartíamos.

Me besó.

Esta vez fue ella la que decidió fundirse en mí.

Un beso lento, profundo, cargado de una necesidad que no entendía de consecuencias y mucho menos de pasados. Me rodeó el cuello, acercándome aún más, como si quisiera que desapareciéramos juntos.

Y yo me dejé.

Me perdí en su calor, en el roce de su piel, en los pequeños sonidos que se le escapaban cuando la acercaba más, cuando mi boca regresaba a la suya, o su cuerpo respondía al mío sin reservas. Por mucho que me jodiera, aquello era demasiado intenso, demasiado real.

En ese momento no existía el pasado.

Ni el futuro.

Solo ese instante suspendido en el tiempo, porque sí, por un momento creí que el mundo había dejado de girar para nosotros, para que se volviese eterno.

La besé, devorándola, como si quisiera grabarla a fuego en mi memoria, como si supiera que después vendrían el dolor, la culpa e incluso la pérdida. Regalándome el único momento puro que iba a permitirme durante el resto de mi vida.

Marlene apoyó la frente en la mía, respirando a trompicones.

—No te vayas —susurró.

Y en ese momento, algo de mí creyó que podía quedarme, que de verdad podía sacarla de allí, del mundo oscuro al que estaba aproximándose, que podía salvarla… y salvarme.