13
Andrei
El piso de Cero estaba vacío.
Lo supe antes incluso de forzar la entrada. No por intuición, sino por costumbre. Cero siempre iba al gimnasio a la misma hora, tenía un ritual, y siempre el mismo error: creer que nadie era capaz de entrar en su casa sin que él lo supiera.
Eran años trabajando a su lado, siguiendo cada una de sus órdenes, pero de lo que no se había dado cuenta jamás era de que yo siempre había estado ahí, analizándolo todo.
Porque a pesar de ser fiel a la agencia, nunca había dejado de recabar información y datos por si en algún momento tenía que venderlos.
La cerradura cedió en menos de cinco segundos.
Entré y cerré tras de mí con el mismo cuidado con el que se apaga una vela. Sin dejar rastro ni ruido. El apartamento olía a metal, a limpieza obsesiva y a control. Todo estaba en su sitio. Colocado de manera calculada, perfecta. Aquello no era una casa, sino una tapadera.
Saqué el inhibidor del bolsillo interior de la americana y lo activé al cruzar el pasillo. Las cámaras visibles se apagaron al instante. Las invisibles… tardaron un segundo más.
—Vamos… —murmuré.
Conecté el portátil y entré en el sistema. Cero había sido listo. Muy listo. Las cámaras secretas no estaban conectadas al circuito principal, sino a una red aislada que él mismo había ayudado a programar.
Una red que yo conocía mejor que él.
Había trabajado descodificando esa clase de redes como apoyo a otros agentes, lo había hecho para mí mismo estando en misiones, ¿cómo demonios pudo pensar que no sería capaz de inutilizarlo?
Sonreí ladino cuando vi como en la pantalla del ordenador aparecía una ventana que me daba acceso a todo el circuito.
Bypass. Redireccionamiento. Loop de imagen.
Las luces de estado cambiaron a verde.
Sonreí.
—Sigue soñando —susurré.
Saqué mis guantes negros, colocándomelos en un momento. Avancé por el salón, revisando cajones, estanterías, libros. Nada. Ni un pendrive. Ni una puta huella fuera de lugar. El cabrón sabía borrar su rastro a la perfección.
Entré en la cocina. Vacía. Demasiado limpia. Sin platos, ni rastros. Como si no viviera nadie en aquel lugar.
El despacho fue lo último que revisé.
Y ahí fue cuando algo no me encajó.
El bol metálico estaba sobre la mesa, con restos de ceniza en el fondo. Papel quemado a medio consumir. Me acerqué despacio, como si el objeto pudiera morderme. Cogí unas pinzas del cajón y removí los restos.
Un trozo de papel ennegrecido que conservaba aún una esquina legible, un nombre, o más bien, parte de él. No estaba completo ni era suficiente. Pero lo bastante como para hacer que todas mis alarmas se encendiesen.
—Hijo de puta… —mascullé.
No lo guardé. Le hice una foto, desde distintos ángulos, y dejé el bol exactamente como estaba, como si allí no hubiese estado nadie.
Entonces, pasé a la segunda fase de acción.
Saqué los microdispositivos del bolsillo. Tres localizadores del tamaño de una uña, sin señal activa, latentes, hasta que yo los activase. Indetectables.
Busqué el zapatero principal, tenía que ser rápido.
Primer par: suela izquierda. Incisión mínima. Sellado térmico.
Segundo par: talón derecho. Invisible.
Tercer par: justo debajo de la plantilla. Perfecto.
Cerré el mueble y limpié cualquier rastro. Las cámaras seguían en bucle, nadie sabría que había estado allí. O eso creía.
El sonido de la cerradura me heló la sangre.
Permanecí inmóvil, con el cuerpo pegado a la pared del despacho, intentando controlar mi respiración a pesar de que mi corazón se desbocó.
Entonces lo oí: pasos. No eran los de Cero, eran mucho más pesados, torpes.
Un hombre entró en el piso sin encender la luz, ni siquiera se preocupó por las cámaras de seguridad.
Llevé una de mis manos a la cinturilla de mi pantalón, agarrando con firmeza la culata de mi pistola, dispuesto a disparar en cualquier momento. Pero no hizo falta, ya que sabía a la perfección hacia dónde se dirigía.
No revisó nada, caminó directo al despacho, como si no fuese la primera vez que estaba en aquel apartamento.
Me escondí dentro del armario, dejando que una pequeña rendija quedase medio abierta, lo suficiente como para sacar el teléfono y poder fotografiarle.
No comprendía nada, mi mente iba a dos mil por hora. ¿Quién demonios era aquel hombre y qué hacía allí? ¿Qué relación tenía con Cero? ¿Y con Marlene?
Una.
Dos.
Y tres imágenes.
Su cara no me gustó nada. Sus facciones, a pesar de rudas, eran tranquilas. Estaba demasiado seguro como para ser alguien que entra en una casa ajena como si fuera la suya. Llevaba guantes, pero a pesar de ello, no parecía buscar nada, sino que dejó algo sobre la mesa y se marchó.
No dijo una palabra.
Por lo que permanecí escondido, aguardando a que saliese del apartamento como había entrado: en silencio, directo, sin miramientos. Cuando salí de mi escondite, el piso volvió a estar en la más pura calma.
Me acerqué a la mesa, vi el sobre, pero no lo abrí. No todavía. Me quedé quieto unos segundos, con el pulso acelerado y la certeza asentándose como un puto veneno en mi estómago.
Cero no estaba jugando solo, ni siquiera solo con la agencia.
Mis hermanos no eran santos, obviamente que no.
Pero en ese momento me di cuenta de que existían dos bandos. Dos mentiras. Dos traiciones posibles.
Y en medio, Marlene.
Guardé el móvil, reactivé las cámaras y salí del piso sin hacer ruido.
Mientras bajaba por las escaleras, solo pensaba en una cosa: tenía que averiguar en qué demonios estaba metido Cero. Porque si no lo hacía pronto, el siguiente error lo pagaría ella.