El legado de los Romanov 12
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Andrei

El recuerdo regresó sin avisar.

No fue un pensamiento consciente, ni una imagen aislada, sino un golpe seco en la sien, una sacudida que me devolvió a aquel momento exacto en el que todo empezó a torcerse.

A cuando aún creía que podía confiar en alguien y aún no me había dado cuenta de que mi vida había sido siempre una moneda de cambio para otra gente.

***

El silencio se instauró entre ambos. El aire estaba cargado de emociones que ninguno de los dos sabía cómo procesar y que ni siquiera quería mostrar.

No había nada que decir, pero las miradas que intercambiábamos hablaban por sí solas: Nikolai me miraba con una mezcla de incredulidad y rabia, mientras yo luchaba por entender el torbellino de emociones que me había invadido.

Durante años, busqué respuestas sobre mi origen, pero jamás imaginé que encontraría mi pasado en las sombras de la familia Romanov.

—¿Y Marlene? —inquirí.

La cabeza me daba vueltas solo de pensar en lo que podrían haberle hecho. Ella no tenía culpa de nada, únicamente había sido una herramienta más de distracción, una piedra en el camino que había calado tan hondo en mí que lo único que podía hacer era desear estrecharla entre mis brazos.

—Está sana y salva en la habitación de invitados —se limitó a responder.

—¿Por qué os la habéis llevado?

Nikolai me observó con desdén mientras cabeceaba de un lado a otro.

—¿De verdad hace falta que responda? —Puso los ojos en blanco.

Marlene había sido el cebo fácil. Si ella no hubiese estado en mi apartamento, no habría entrado a buscarla y, por ende, Grigor no habría tenido la oportunidad de inyectarme el sedante con el que me traerían a la casa.

—Supongo que no —bisbiseé.

—Mejor —espetó.

—Júrame que no le habéis tocado un pelo —le ordené. Nikolai puso los ojos en blanco y asintió—. Dilo.

—Tu chica está bien, es más, ni siquiera han tenido que golpearla u obligarla a venir —prometió—, solo han tenido que dispararle un dardo tranquilizante y ha despertado estando ya aquí.

Apreté la mandíbula, tan herido como cabreado, porque estaba seguro de que Cero conocía todos y cada uno de los detalles sobre mi vida pasada.

Él me había puesto en aquella encrucijada, enfrentándome a esos que eran mis hermanos, poniéndome en peligro a sabiendas de que podrían llegar a matarme si descubrían la verdad.

Bufé, sintiendo como mi cabeza iba a dos mil por hora, buscando una sola razón para que Cero me pusiese en aquella posición, pero no encontré ni una sola.

Se suponía que la agencia debía mantener la seguridad de todos sus integrantes, pero a mí me habían puesto en la boca del lobo, lo único que les había faltado era darme un empujón a los brazos de mi recién estrenado hermano, para que descubriese toda la verdad.

***

El recuerdo se disipó igual que había venido, dejándome con el mismo sabor amargo en la boca, pero con la certeza de que aquello no había sido un error aislado. Había sido una decisión. Varias. Tomadas por otros, igual que lo había sido siempre.

Apoyé los codos sobre la mesa y me pasé una mano por el rostro, respirando hondo. No iba a volver a pedir explicaciones, tampoco ayuda. Al menos, no todavía.

Iba a hacerlo solo.

Y me importaba bien poco lo que me costase. Pero si algo tenía claro era que lo conseguiría a toda costa.

La Mort no aparecía en ningún informe oficial, no dejaba rastro en los canales habituales, pero nada desaparecía del todo si sabías dónde mirar. Contactos antiguos, nombres enterrados, movimientos de dinero… Siempre había una grieta, y yo sabía cómo encontrarla.

Encendí el portátil y comencé a trabajar.

Iba a rebuscar hasta debajo de las piedras si era necesario con tal de encontrar esa maldita información, ese hilo del que tirar hasta llegar a lo más profundo de ese pozo de mierda en el que estaba metido La Mort.

Llevaba demasiado tiempo sin aparecer por el caserío Romanov, cuando mi teléfono vibró sobre la mesa. No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era. Aun así, lo hice.

Nikolai.

Dejé que sonara una vez más antes de contestar.

—¿Dónde coño te has metido, Andrei? —Escuché al otro lado—. No has dado señales de vida.

Clavé la mirada en la pantalla, en los nombres que empezaban a encajar como un rompecabezas sucio y lleno de traición.

—Estoy ocupándome de algo —respondí sin ganas.

—¿De qué? —preguntó.

Contuve el aliento durante unos segundos.

Tenía la cabeza que me iba a estallar y lo peor de todo es que las palabras se me agolpaban en la boca, a punto de escaparse sin mi permiso.

A pesar de ello, decidí tragármelas, tomar aire y pasarme una mano por el rostro, intentando pensar con claridad y calma.

—No creo que sea de tu incumbencia.

No dijo nada.

Podía escucharle respirar al otro lado del teléfono, como si de un maldito toro embravecido se tratase.

—¿Perdona? —cuestionó, manteniendo la tranquilidad que no aparentaba—. ¿Por qué no has venido a hablar conmigo?

Una sonrisa ladina se dibujó en mis labios.

—Porque esta vez no pienso pedir permiso —respondí antes de colgar.

Acto seguido, apagué el teléfono.

La guerra acababa de empezar, y estaba solo contra el mundo.