El legado de los Romanov 11
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Andrei

No le di tiempo apenas a reaccionar.

En cuanto la puerta terminó de abrirse, alcé el arma y le encañoné, colocando la punta de esta contra su frente. El metal frío contra su piel fue lo único que lo separó de la muerte, eso, y mi indulgencia. No dio un paso atrás de inmediato, ni alzó las manos. Ni siquiera intentó justificarse.

Y durante un segundo, un jodido segundo, volvió a ser el hombre que me había enseñado a sobrevivir.

—Tienes que curarte eso —dijo, en voz baja, controlando cada sílaba que salía de su boca, señalando con la mirada la sangre que continuaba empapando ligeramente mi pantalón.

Sentí cómo algo me estallaba dentro.

—¿Sabes lo que tengo que hacer? —cuestioné al mismo tiempo que dejaba de apuntarle a él para golpearme la sien con el cañón del arma, una vez. Dos—. ¿Lo sabes, Cero?

Retrocedió.

Fue apenas perceptible, pero lo hizo. Un paso corto, contenido, como si su cuerpo se hubiese adelantado a su muerte. Una parte de él quería salir corriendo, pero otra sabía a ciencia cierta que en el momento en el que intentase huir, acabaría bañando el suelo con su sangre.

Entonces lo vi. Cómo tragaba saliva, al mismo tiempo que sus manos, esas que jamás temblaban, empezaban a hacerlo. Cómo el terror se colaba, lento, en sus ojos.

—Eras el hombre sin miedo —musitó—. Pero ahora puedo ver en tu mirada cómo has dejado de serlo.

Solté una carcajada rota, sin humor. Negué con la cabeza. Durante tanto tiempo había vivido en mi burbuja

—Voy a volarte los putos sesos, Cero.

Ya no se molestó en esconder el miedo. Retrocedió un paso, y luego otro, mientras yo avanzaba, empujándolo con el arma hasta hacerlo cruzar el umbral. Entró en su propio apartamento sin dejar de mirarme, como si intentara calcular el segundo exacto en el que iba a apretar el gatillo.

Cerré la puerta de un golpe que hizo vibrar las paredes.

—¿Por qué nadie me avisó? —rugí lleno de ira—. ¿Por qué cojones nadie me dijo que Marlene había vuelto a las garras de esos hijos de puta?

Cero alzó las manos despacio, en un gesto que habría parecido conciliador de no ser por la tensión que atravesaba su cuerpo, o de los nervios que aún podía ver en su mirada. Maldito pelele. No valía para nada más que no fuese acatar órdenes.

—No era necesario que lo supieras —respondió—. No formabas parte de esa fase. Ni siquiera continúas siendo parte del equipo.

—¡Yo la saqué de allí! Tenía que protegerla —le grité—. ¡Tú debías hacerlo, joder!

—No —me corrigió—. Ese no era tu deber.

Sentí cómo la rabia me subía por la garganta como ácido.

—¿Y de quién era, entonces? —escupí enrabietado—. ¿Quién debía protegerla mientras tú jugabas a tus protocolos de mierda?

Cero dio un paso más atrás hasta que su espalda chocó contra la pared del salón, al mismo tiempo que el arma continuaba clavada en su frente. Apreté la mandíbula, sintiendo como el pulso se me marcaba en las sienes.

—Las cosas se torcieron —comentó—. Hubo movimientos no previstos.

El silencio cayó entre ambos como un disparo sin bala.

Lo miré con fijeza, esperando, aguardando como un maldito predador a punto de matar a su presa. Conté mentalmente los segundos, para así focalizarme en algo que no fuese esa maldita agonía que me carcomía por dentro.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

—Habla —le ordené.

Cero cerró los ojos durante apenas un instante, y cuando los abrió ya no había nada, solo la más pura resignación de quien no quiere confesar.

—No fui yo.

Desbloqueé el arma, dejando que el clic de esta resonara en la habitación.

—No me mientas.

—No lo hago —aseguró—. Yo no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo.

—Entonces dime quién lo hizo —gruñí.

Fijó su mirada en la mía, con una firmeza inaudita. Cargada de algo que no me gustó una mierda, porque a pesar de que nos conocíamos desde hacía años, continuaba sin saber nada de él o su pasado.

—Fueron los Romanov.

El mundo dejó de girar y por un instante creí no haber escuchado bien lo que me estaba diciendo.

—¿Qué cojones acabas de decir? —bisbiseé.

—Tus hermanos —se apresuró a justificar—. Ellos se llevaron a Marlene, decidieron moverla a Alemania, fuera del radar, sin involucrarte.

Sentí como el suelo desaparecía bajo mis pies, mientras en mi mente se cruzaban decenas de ideas que jamás creí que tendría.

—Eso es mentira.

—No —replicó—. Pensaron que era la mejor opción, que así te protegían y no te manchaban más en casos de la agencia.

—¿Cómo sabes tú eso?

Tragó saliva, pude ver cómo su nuez se movía al mismo tiempo que intentaba mantener la poca calma que le quedaba.

—Tuve que negociar con ellos para que no acabasen destapando toda la agencia —aseguró.

La imagen de Viktor apuntándome con el arma.

El disparo.

La advertencia.

Todo encajó de golpe.

—Hijos de puta… —susurré.

El arma seguía en la frente de Cero, pero ya no era él a quien veía. Eran ellos. Sus caras. Sus silencios. Sus decisiones tomadas a mis espaldas.

Bajé el arma despacio.

No porque se lo hubiese ganado, sino porque acababa de entender algo mucho peor.

Esto no era una traición. Era una puta guerra por haberme engañado.

Ellos ya habían elegido bando, y yo tenía el mío.