El legado de los Romanov 10
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Andrei

La señal apareció en la pantalla. Fija y clara.

La había cagado, pero bien.

Se encontraba en el piso franco del centro de la ciudad.

—Andrei, todo esto es parte del protocolo —aseguró al otro lado.

Cerré las manos en puños, iba a arrancarle la cabeza porque lo único que le interesaba era el puto deber, las misiones, que todo saliese como ellos querían.

Chasqueé la lengua.

Estaba tan cabreado, me sentía tan molesto que ni siquiera era capaz de pensar con claridad. Lo único que deseaba era que pagasen por el mal que le habían hecho a esa chica, porque a pesar de que Malene no era nadie para mí, me importaba más de lo que me gustaría admitir.

—¿Sabes qué es lo peor? —cuestioné, con la voz más baja—. Que mientras tú piensas en protocolos, ella sigue ahí dentro. Y yo no tengo paciencia para tus silencios.

—Pero…

—Ella solo es un daño colateral, ¿no? —inquirí, interrumpiéndole—. Como siempre lo he sido yo.

Apreté la mandíbula, porque a pesar de todo eso era lo que había sido durante toda mi maldita vida, un instrumento, un peón, alguien que hiciese el trabajo sucio.

—Andrei…

Colgué.

El rugido del motor llenó el coche mientras cambiaba de dirección sin dudar.

La adrenalina seguía corriendo por mis venas, manteniéndome en pie, dolorido y furioso.

La ciudad empezó a transformarse, a volverse más silenciosa, más oscura.

Porque a pesar de que estaba en el sitio de siempre, las calles se me antojaron desconocidas.

Aparqué de cualquier manera frente al edificio.

El coche se detuvo con un chirrido seco.

Me quedé unos segundos apoyado contra el respaldo, respirando con dificultad. El pulso me latía en la pierna herida, como si alguien estuviera golpeándome desde dentro con un martillo. Bajé la vista y vi cómo la sangre había empapado el pantalón, oscureciendo la tela.

Mierda.

Abrí la guantera de un tirón y saqué la navaja.

La hoja brilló en un segundo bajo la luz interior antes de deslizarla por la pernera.

La tela cedió con un sonido áspero. Arranqué el tejido sin miramientos hasta dejar la herida al descubierto.

La bala había atravesado limpiamente, pero seguía sangrando.

—Joder —mascullé entre dientes.

Me incliné hacia adelante, buscando algo con lo que presionar. No había tiempo para suturas ni para delicadezas. Me desabroché la camisa y, sin pensarlo dos veces, la rasgué por el centro con la misma navaja. El algodón se abrió bajo la hoja, y lo convertí en una venda improvisada.

Presioné con fuerza.

El dolor me arrancó un gruñido bajo, áspero, pero no aflojé. Aguanté hasta que la sangre empezó a ceder, hasta que sentí el pulso bajar lo justo para poder moverme sin perder el conocimiento. Anudé la tela con un gesto firme, apretado, asegurándome de que quedaba bien taponada.

Me incorporé despacio.

La camisa quedó abandonada en el asiento, hecha jirones. Me puse la americana encima, directamente sobre la piel desnuda. El roce del forro contra el pecho me resultó casi agradable en comparación con el fuego que me ardía en la pierna.

Cerré los ojos un segundo, los suficientes como para cagarme en la puta madre que había parido a mi hermano. La mía propia.

Respiré, y cuando los abrí, ya no quedaba nada de duda.

Salí del coche cojeando. Cada paso que daba me dolía, pero ese dolor no era nada comparado con el que me quemaba por dentro.

Subí las escaleras sin esperar al ascensor. Uno, dos, tres tramos. La pierna protestaba. Pero yo no.

Me planté frente a la puerta.

Ni siquiera llamé.

Golpeé con el puño una vez. Fuerte. Definitivo, y al segundo escuché sus pasos al otro lado. El sonido era inconfundible. No esperaba visitas, pero allí estaba yo, dispuesto a hacerle la peor de todas.

La cerradura giró.

La puerta se abrió.

Cero apareció en el umbral con el gesto serio, analizándome con la mirada, sin apenas sorprenderse.

Lo miré de arriba abajo, escrutándolo, dispuesto a hacerle pagar por lo que le habían hecho a Marlene. Porque sí, al fin y al cabo, el único culpable de todo esto era él.

Sonreí.

—Sorpresa.