9
Andrei
El coche rugía bajo mis manos como un jodido animal al que estaba estrangulando.
El velocímetro subía sin que siquiera tuviese que mirarlo. Las luces de la ciudad se convertían en líneas borrosas a ambos lados de la carretera, manchas de color que no significaban nada. Solo ruido, igual que lo había en mi interior.
La cabeza me iba a mil por hora, no podía dejar de pensar en cómo demonios había ocurrido algo así. Estaba que me subía por las paredes.
No entendía una puta mierda.
Marlene no tenía que estar allí.
No en esa casa.
No en esa subasta.
No siendo La perla.
Mis dedos se cerraron con más fuerza alrededor del volante, hasta que escuché el cuero crujir bajo mis manos.
El dolor de la pierna seguía ahí, pulsando, recordándome cada segundo que estaba herido, pero me daba igual.
No había espacio para eso. No había lugar en mi mente para nada que no fuese ella.
¿Qué cojones había pasado?
La había sacado de ese mundo, poniéndola en manos de gente que, en teoría, sabía lo que hacía. Confié en ellos. En sus malditas mentiras.
Una carcajada amarga se me escapó de la garganta.
Confiar. Qué ridiculez.
Apreté el botón del teléfono del coche con un golpe seco, y marqué el número que me sabía de memoria.
Una vez.
Nada.
El tono sonó hasta que la llamada se cortó sola. Golpeé el volante con el puño, soltando un gruñido cargado de rabia. El coche dio un pequeño bandazo, pero lo corregí al instante, reconduciendo la trayectoria.
Volví a marcar.
Segunda vez.
—Vamos, joder… —bisbiseé entre dientes.
El motor rugió aún más cuando pisé el acelerador sin pensar. Iba demasiado rápido. Lo sabía. Pero ya me daba igual. Si me mataba en el camino, al menos no tendría que continuar batallando con mis propios demonios.
La llamada se cortó de nuevo.
Sentí como algo dentro de mí se tensaba hasta el límite, como una cuerda a punto de romperse. Solo que, en esta ocasión, la cuerda era mi maldita paciencia, y lo peor de todo era que estaba a punto de acabarse.
—Hijo de la gran puta… —escupí.
Marqué por tercera vez.
Estaba al borde de un ataque de ira, a punto de dejarme caer a ese abismo de rabia contenida que llevaba aguantando demasiado tiempo.
Desde que dejé la organización todo había cambiado.
Ahora los Romanov eran mi familia, y toda mi vida pasada había quedado en un segundo plano.
No realizaba encargos, no aceptaba nada que viniese de Cero, pero aquello era mucho más complicado.
Puede que ya no tuviesen que darme explicaciones, pero lo que no iba a permitir es que jugasen tanto con Marlene como con nosotros.
Iba a plantarme en casa de Cero con o sin conversación previa, así que me atendiese o no, el resultado iba a ser el mismo.
El tono sonó una vez.
Dos.
Y entonces…
—¿Qué quieres, Andrei? —respondió al fin, frío, neutro, como si no estuviera pasando nada.
Esa chispa que no dejaba de saltar en mi interior se prendió, desatando un maldito infierno en mi interior. Uno del que yo era el demonio principal.
—¿Qué cojones quiero? —rugí ido—. ¿Qué cojones QUIERO? ¡Explícamelo tú, Cero!
El coche adelantó a otro a una velocidad absurda, tanto que pude oír el claxon a lo lejos, pero no bajé el ritmo.
—Baja la velocidad —ordenó—. No es el momento de que te mates.
—Ni se te ocurra decirme lo que tengo que hacer —bisbiseé, sintiendo como las palabras salían recubiertas de bilis—. ¿Dónde coño estabas cuando la subastaban?, ¿eh? ¿Dónde estabas cuando la vi cómo la arrastraban como un puto trozo de carne?
Silencio.
Ese silencio suyo que siempre significaba que algo sabía. Ese que ahora me estaba sacando de quicio, el mismo que años atrás me envolvió para lanzarme a los leones.
—Responde. —Apreté los dientes, lo hice con tanta fuerza que pude notar la presión en mis sienes—. Dime por qué cojones Marlene estaba siendo subastada.
—No debería haber pasado —dijo por fin.
Una risa sarcástica, seca y rota nació de lo más profundo de mi pecho.
—No debería —repetí—. No debería… ¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —cuestioné, con cada una de mis palabras destilando odio puro.
—Andrei, no tienes toda la información.
—¡Me importa una mierda la información! —vociferé—.
La vi. ¿Lo entiendes? La vi con mis propios ojos.
La perla… —Rememoré, notando como el calor comenzaba a subir por mi garganta—.
Tuve que descubrirlo a las malas, porque nadie me avisó de que se la habían vuelto a llevar.
—Golpeé con fuerza el volante, tanta que creí que el airbag se dispararía en cualquier momento—. ¡Nadie, joder!
El recuerdo volvió a golpearme sin piedad: el velo cayendo, sus ojos, el miedo dibujado en su hermoso rostro. Me ardió el estómago.
—Estaba fuera del protocolo —continuó Cero—. Hubo movimientos que no…
—¿De quién? —le interrumpí—. ¿De quién, Cero?
Apreté el volante con firmeza. Mis brazos temblaron de rabia, la misma que me corroía por dentro, esa que había derribado los pilares de calma en los que llevaba trabajando años.
—No es una conversación para tener por teléfono.
—Pues te jodes —escupí—. Porque la estamos teniendo ahora mismo.
—Andrei, escucha…
—No —le interrumpí—. Escucha tú. —Hice una pausa—. Porque si me entero de que has sido tú el que ha permitido esto, quien la ha usado como moneda de cambio… Te juro por mi puta vida que te arrancaré la cabeza.
El coche se metió en una salida a toda velocidad, tanta que incluso los neumáticos chirriaron. No frené. No me importó.
—Estás fuera de control —musitó—. Te has vuelto a apagar.
Una risa llena de amargura rasgó mi garganta y por primera vez en mucho tiempo tuve que darle la razón.
—Mi humanidad se apaga cuando tocan a los míos, Cero —bisbiseé—. Dime dónde estás.
Silencio.
No necesitaba que respondiese.
Una sonrisa torcida y peligrosa se dibujó en mis labios mientras soltaba una mano del volante para teclear en la pantalla del sistema integrado en el coche. Acceso remoto. Bypass. Coordenadas.
Lo había hecho mil veces.
—No hagas ninguna estupidez —advirtió.
—Tarde —respondí con frialdad.