El legado de los Romanov 8
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Andrei

El disparo sonó seco.

No lo vi venir.

Sentí el impacto antes que el ruido, un golpe brutal que me arrancó el aire de los pulmones y me hizo caer de rodillas.

El dolor explotó en mi pierna izquierda como una descarga eléctrica que me subió directa al cerebro.

El mundo dejó de girar, se tornó rojo, igual que la alfombra del recibidor donde nos encontrábamos.

Apreté la mandíbula con fuerza, sometiendo un alarido que se agolpaba en mi garganta dispuesto a romper con todo.

—¡Hijo de la gran puta! —rugí, apoyando la mano en el suelo manchado.

Viktor bajó el arma despacio, sin prisa, con esa calma suya que siempre me había dado ganas de partirle la cara. Me estaba apuntando todavía, por si se me ocurría hacer cualquier otra estupidez.

—Te lo advertí —musitó—. Y no me obligues a hacerlo dos veces.

Intenté ponerme en pie. No pude. La pierna apenas me respondía. El dolor me atravesó como un hierro candente, y solté una carcajada rota, repleta de rabia, tanto como lo estaba yo de ira.

—¿Te has vuelto loco? —Escuché a Alexei gritar desde algún punto a mi izquierda.

Apareció de la nada, con el arma todavía humeante en la mano después de haber disparado a bocajarro a dos agentes, y los ojos desorbitados por la adrenalina.

—¡Nos podrían haber matado a todos! —le espetó a Viktor—. ¡Estábamos saliendo ya!

—Él no —rebatió Viktor sin mirarme—. Él iba a volver a entrar.

—¡Porque estaba ahí dentro! —escupí, sintiendo como la sangre me hervía en las venas.

Alexei se giró hacia mí.

—¿Qué coño dices?

Intenté incorporarme de nuevo. La pierna me falló y tuve que apoyar el peso sobre la otra, apretando los dientes hasta que sentí cómo me crujían las muelas.

—Marlene —dije—. Estaba ahí dentro.

El silencio cayó como una losa entre ambos. Alexei me miró como si acabara de perder el juicio.

—Eso es imposible.

—La vi —gruñí—. La he visto con mis propios ojos.

Las imágenes me golpeaban una tras otra, sin orden, deshaciéndose, como la arena de una playa entre mis manos.

Tenía en mi mente grabada ese grito que no pude oír, las manos que la arrastraban hacia esa puerta secreta.

Todo mezclado con su voz, con esa última frase que me había susurrado antes de que la entregase.

No entendía nada.

¿Cómo demonios había acabado otra vez allí?

¿Quién la había entregado?

¿Por qué nadie me había dicho nada?

—Esto no tiene sentido —musité, más para mí que para ellos—. No tenía que estar ahí. No después de…

No terminé la frase.

—Basta —me cortó Viktor—. Te estás desangrando y no estás en condiciones de pensar.

—¿Y cuándo coño lo voy a estar? —le rugí—. ¿Cuando la vendan? ¿Cuando ya sea tarde?

Alexei se agachó a mi lado.

—Andrei, escúchame —dijo, más calmado—. Ahora no puedes volver a entrar. No así. No herido. Nos matarían antes de llegar al salón.

—¡No llegaré porque me has disparado, joder!

Lo sabía, y aun así, me daba igual.

—Lárgate de aquí —le solté—. Los dos.

—Ni de coña —replicó Viktor.

Antes de que ninguno respondiese, sentí unas manos agarrándome por debajo de los brazos. Nikolai apareció sin avisar, serio, como siempre que las cosas se iban a la mierda.

—Venga —ordenó—. Dentro.

Me arrastraron hasta la furgoneta como un saco de pienso de perros. Mientras, el dolor comenzaba a provocar que mi vista fallase.

—¡Suéltame! —grité, forcejeando—. ¡Nikolai, joder, suéltame!

—Cálmate —me dijo, empujándome dentro—. Ahora no.

La puerta se cerró de golpe.

El interior olía a metal, a pólvora y a sangre. Permanecí sentado un segundo, jadeando, con la pierna ardiendo y la cabeza hecha un puto caos.

Marlene.

Otra vez.

Ellos.

Y nadie me había avisado.

Algo se rompió en mí.

No fue de golpe, fue como un maldito clic. Seco. Definitivo.

Abrí la puerta de la furgoneta de un movimiento, y salté fuera, apoyándome como pude. El dolor me hizo gruñir, pero eso no me detuvo, por lo que aproveché para coger una inyección de adrenalina que había junto al botiquín que había abierto Nikolai.

—¿Qué cojones haces? —gritó mi hermano mayor—. ¡Andrei!

Di un portazo tan fuerte que la chapa vibró.

—Esto no ha terminado —escupí enrabietado—. Ni de lejos.

—Estás herido —intervino Viktor esta vez, acercándose—. No seas imbécil.

No le respondí. Cojeando, llegué hasta mi coche. Lo abrí y me dejé caer en el asiento, respirando a bocanadas.

Mordí el tapón de la inyección con la boca y tiré de ella hasta que conseguí sacarla, escupiéndola sobre el asiento del copiloto.

Sin darme tiempo a pensar, clavé la aguja en mi pierna, dejando que un profundo alarido rasgase mi garganta, mientras dejaba que todo el líquido se colase en mi interior.

—No hagas una estupidez —me advirtió Viktor—. Si te mueves solo, te matarán.

Arranqué el motor.

—Eso ya lo veremos —murmuré.

—Andrei. —Oí que me llamaba Alexei.

Bajé la ventanilla lo justo para sacarle el dedo corazón, bien alto y claro. Su expresión no cambió.

Apreté el acelerador y me largué de allí, dejándolos atrás, a todos, con el ruido del motor y una sola idea tatuada en mi mente como si estuviese hecha de fuego.

La iba a sacar de allí.

Con o sin ellos.

Aunque tuviera que prender fuego al mundo entero para conseguirlo.