7
Andrei
—Vamos, vamos, vamos —me instó Alexei—. Tenemos que salir cagando leches de aquí.
Su voz era un murmullo de rabia contenida y adrenalina pura. No había tiempo para preguntas, ni siquiera para pensar, solo para obedecer.
Me giré hacia él, todavía impactado por lo que acababa de ocurrir. El cañón de su arma aún humeaba, y la sangre de Octavio Ríos comenzaba a manchar el mármol, tiñéndolo de color rojizo brillante. Las chicas gritaban, sus velos revoloteaban como fantasmas buscando salida.
Corrimos hacia la puerta trasera. El corazón me latía tan rápido que apenas escuchaba otra cosa.
La mansión comenzaba a desmoronarse en su propio caos, o al menos, eso ocurría en mi mente.
La música no dejaba de sonar, pero en aquel salón entraron tres hombres gritando órdenes, la seguridad intentando mantener el orden que jamás volvería.
Sentía como el corazón se me iba a salir por la boca, todo había salido como debería, aunque por alguna razón, algo provocó que se crease un nudo en mi garganta, impidiéndome siquiera tragar.
Pero entonces, me giré.
Solo fue un instante.
Algo me dijo que lo hiciese.
Y vi lo imposible.
Una de las chicas tropezó al correr, el velo blanco que le cubría el rostro cayó al suelo y mi mundo se paró.
Marlene.
Su rostro. Sus ojos. Su boca entreabierta en un grito ahogado.
Era ella.
Estaba allí, entre ellas, en ese maldito desfile de esclavas vestidas de seda.
—¡Marlene! —exclamé, pero el rugido del caos me devoró la voz.
Ella me miró, tan solo fue un segundo. Uno. Y después, dos hombres vestidos de negro la agarraron por los brazos y la arrastraron hacia el fondo del salón, donde una puerta secreta se abría entre los espejos.
Unas terribles ganas de vomitar subieron por mi garganta, hasta llegar a mi boca.
—¡No! ¡No, joder! —Corrí hacia ella, tan desesperado que habría dado lo que fuese por atraparla, pero una ráfaga de disparos me obligó a cubrirme tras una columna.
Marlene desapareció entre las sombras, como si jamás hubiese estado allí, frente a mí, observándome con la mirada perdida.
Todo se derrumbaba a mi alrededor, escuchaba como alguien me gritaba, pero ni siquiera era capaz de escuchar nada más allá de ese último «me quedaré contigo» que me susurró en nuestra última conversación.
Un disparo que rozó mi oído me sacó de mis recuerdos, dejándome paralizado, jadeando, sintiendo como el mundo se rompía bajo mis pies. Ella estaba viva, pero atrapada. Allí, con ellos, y lo peor de todo era que no tenía ni puta idea de por qué.
Pero la iba a sacar de ahí.
Costase lo que costase.
Marlene.
Joder.
Me odié por no haberla entregado yo mismo en persona, por haber dejado que fuesen otros quienes se ocupasen de su seguridad, y confiar en que continuaría sana y salva por haberla sacado de un mundo que creí que no la alcanzaría.
Pero me equivocaba. Claro que lo hacía. Porque la oscuridad de la mafia y la trata siempre se salía con la suya, tanto que había sido sencillo encontrarla.
Antes de que pudiese dar un paso más, sentí como alguien me sujetaba por el brazo tirando de mí con tanta fuerza que acabé cayendo al suelo.
—¡Suéltame! —vociferé.
Intenté levantarme, evitar el agarre, pero de poco sirvió.
—¡He dicho que me sueltes! —Alcé la voz, de nuevo.
Forcejeé con mucho más ímpetu, pero cuando estaba a punto de darle el primer puñetazo, me giré, encontrándome con Viktor, quien me arrastraba por el suelo, con el rostro desencajado y manchado de sangre.
—Tú y yo nos vamos de aquí pero ya —sentenció.
Negué con la cabeza, sintiendo como el corazón se me iba a salir por la boca en cualquier momento.
Los nervios me tenían completamente en shock.
No por todo el caos que nos rodeaba, sino por haberme dado cuenta de que Marlene no era otra que esa perla tan codiciada de la que habían estado hablando.
Ella. Mi puta debilidad. Ella era la mujer a la que estaban subastando, la misma a la que ya había salvado del mismo destino estaba de nuevo en las garras de alguien como Ríos.
—Viktor, ¡ni se te ocurra! —grité con tanta firmeza que sentí como la garganta se me rasgaba por el esfuerzo—. Tengo que sacarla de ahí.
—No es asunto tuyo.
—¡Claro que lo es!
Tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que pude percibir su rabia atravesándome el cuerpo sin apenas necesidad de tocarme.
Me fijé en cómo la vena de su sien se había hinchado hasta tal punto que parecía estar a punto de estallar, igual que él.
De manera milagrosa, me zafé de su agarre a la altura del pasillo, justo cuando estábamos a punto de llegar al recibidor.
Intenté ponerme en pie, trastabillando con la alfombra.
El latir en mi pecho se volvió ensordecedor, tanto que dejé de escuchar todo el barullo que nos rodeaba para perderme en ese repiqueteo que tan poco familiar me era.
Había dejado de ponerme nervioso en esa clase de situaciones, pero ese día…
Todo era diferente. Apenas podía respirar o pensar con claridad, pero ahí estaba.
A punto de cometer la peor de las locuras.
—Ni se te ocurra dar un solo paso o te vuelo los huevos —me advirtió mi hermano al mismo tiempo que me encañonaba.
—¡Vamos! —grité.
Quise acercarme a él, golpearle en el pecho y salir con Marlene cogida entre mis brazos. Tenía que sacarla de allí antes de que fuese demasiado tarde.
—No me tientes, novy —volvió a advertirme.
—Largaos de aquí, Viktor —ordené tan cabreado que sentía el calor subirme por la espina dorsal—. No os necesito.
—Alexei… —bisbiseó, visiblemente enfadado.
—Vuélame lo que quieras —le rebatí—, porque pienso entrar a por ella.
Viktor apretó con fuerza la mandíbula, tanta que creí escuchar sus muelas crujir. No estaba para bromas, pero yo tampoco. Así que giré sobre mis talones, dispuesto a marcharme.
—De eso nada —sentenció, y antes de que pudiese dar un solo paso, accionó el gatillo.