6
Marlene
Andrei estaba tan cerca que apenas podía pensar. Su cuerpo me mantenía presa sin la necesidad de apenas tocarme, era como una jaula hecha de músculo, rabia y silencio. Las piernas me cimbreaban y no por miedo, sino porque le quería. Así, de golpe, sin conocerlo. Ese era mi maldito problema.
—Hazlo —le reté.
Y no supe si le insté a matarme o a follarme, pero no tenía miedo a ninguna de las dos represalias.
Su respiración me golpeó el cuello, caliente, irregular. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, como algo en él luchaba por romperse o mantenerse entero. Mis rodillas cedieron un poco más y tuve que apoyarme en él. Me encantaba. Me aterraba. Y lo peor de todo era que me daba igual.
No quería marcharme.
No quería dejarlo solo.
Porque lo veía. Lo veía perderse, porque si me iba, algo dentro de él se apagaría para siempre. Su humanidad se apagaría, y yo no podía cargar con eso. No después de que me salvara, no cuando me había mirado como nadie lo había hecho nunca.
—No me observes así —murmuró, en voz baja, como si fuese un gruñido.
—¿Así cómo? —cuestioné, respirando a trompicones.
—Como si no tuvieras miedo a nada.
—No te temo a ti, Andrei —musité, sintiendo como mi voz se desvanecía como si jamás hubiese salido de mi boca.
—Pues deberías —sentenció con rudeza.
Me miró, lo hizo con todas las consecuencias.
No como antes, ni con esa máscara de hombre de hierro que usaba para sobrevivir, sino con algo roto, abierto y peligroso.
En ese instante comprendí que había empujado una puerta que jamás podría cerrar.
Que lo que estaba a punto de pasar no tenía marcha atrás.
Pero no retrocedí.
Si iba a caer, quería hacerlo mirándolo a la cara.
Sin previo aviso, me levantó del suelo. El movimiento fue brusco, desordenado, pero al mismo tiempo como si supiera qué hacer conmigo en todo momento.
El mundo dio un vuelco y me aferré a su cuello por puro instinto, notando como su erección se clavaba en mi entrada, y su cuerpo se endurecía bajo el mío.
Me besó mientras avanzaba, sin cuidado ni suavidad, como si cada paso fuera una decisión tomada demasiado tarde.
Sus labios chocaron contra los míos una y otra vez, hambrientos, húmedos, desesperados… Tanto como lo estaba yo. En sus gestos había algo más que deseo, era rabia, frustración, miedo, todo mezclado. Me besaba como si quisiera borrarme de su piel y de su mente, y al mismo tiempo tatuarme en ella.
El pasillo desapareció a su espalda.
Solo existía su boca, su respiración mezclada con la mía, la forma en la que me sujetaba con tanta firmeza que se me antojó que no quería soltarme nunca más. Ese pensamiento me gustó demasiado, tanto que sentí como se me erizaba todo el vello del cuerpo.
La puerta de su despacho se abrió de golpe, y acabó cerrándose detrás de nosotros con un portazo seco.
El sonido de la cerradura girando me atravesó el pecho, provocando que mi respiración se volviese aún más agitada.
No porque estuviera atrapada, sino porque, por primera vez desde hacía días, nadie iba a entrar a sacarme de allí.
Ni siquiera él.
Por un instante, me dejó allí, de pie, para observarme con una mezcla de devoción y delirio que me desarmó por completo.
Me miró de arriba abajo, como un auténtico salvaje, como si el silencio le pesara más que cualquier palabra.
No necesitaba que me hablase, porque solo con sus ojos entendía todo lo que se le pasaba por la mente.
Sin decir nada, estampó sus labios contra los míos, devorándome como si quisiese arrancarme el alma de cuajo, y no negaría que sería capaz de entregársela si me la pedía. Mis manos se enredaron en su pelo mientras solo podía desear perderme en él, en cada movimiento suyo.
Me quejé contra su boca cuando tiró de mi labio inferior, no por dolor, sino porque deseaba que volviese a hacerlo, ahogarme en él, perderme en cada una de sus caricias.
Algo en mí se estaba rompiendo y no quería que parara.
Cada paso atrás que daba, cada movimiento era una elección muda.
Una rendición que ninguno de los dos deseaba verbalizar.
El borde del escritorio me golpeó en los muslos, y el contacto me arrancó un gemido que él atrapó con un beso frenético. El frío de la madera contrastó con el color de su cuerpo, con la presión insoportable que nos mantenía pegados.
El tiempo dejó de correr, y el mundo se redujo a él. A su respiración irregular. Al temblor apenas contenido que recorría sus hombros.
Continué besándole, notando como subía con la tranquilidad de quien ya lo tiene todo ganado, el jersey que aún cubría mis piernas, dejando a la vista unas braguitas sencillas de color rosas que le hicieron sonreír.
Una leve carcajada emanó de lo más profundo de su garganta, y ese simple sonido me supo a gloria. Tiré de su cabello, instando a que volviese a unirnos con esa urgencia que me profesaba.
—Esto no debería estar pasando —masculló en voz baja, de manera casi inaudible.
—Hazlo, Andrei —le supliqué, sintiendo como todo mi cuerpo clamaba al suyo.
Mis manos se cerraron tras su cuello, sintiendo la tensión bajo la tela, sus músculos duros, la rigidez de alguien que llevaba demasiado tiempo luchando contra sí mismo.
No quería entenderlo ni analizarlo. Solo quedarme allí, en ese preciso instante, suspendidos en el tiempo, donde nada más importaba.
Durante unos segundos se apartó de mí, alejándose de mi agarre y volviendo a ser libre el suficiente tiempo como para desabrocharse los vaqueros, dejando a la vista esa poderosa erección que clamaba atención bajo los boxers negros que vestía.
Me permití el lujo de observarle, de deleitarme con cada rincón de su escultural cuerpo, dejando que mi vista se posase en su fuerte abdomen, en su pecho contorneado o en esos brazos que me habían sujetado con firmeza hacía apenas unos minutos.
Me mordí el labio inferior de manera inconsciente, recordando de donde él mismo había tirado.
Sus besos volvieron a deleitarme justo antes de que se bajase los calzoncillos con una sola mano mientras que la otra la enterraba en el nacimiento de mi cabello, impidiéndome que me moviese. Aunque lo cierto era que ni loca me habría separado de él.
—Pídemelo —me ordenó.
Un fuerte calor comenzó a subirme por las piernas en el instante en el que uno de sus dedos se coló bajo mi ropa interior, adentrándose entre mis pliegues. Mis mejillas se enrojecieron y mi sexo se humedeció al instante.
Comenzó a acariciar mi pequeño botón con tranquilidad, con una delicadeza que no esperaba de él, mientras sus labios no dejaban de deleitarse con mi cuello. Podía notar su erección pegada a mis piernas, cómo palpitaba a cada gesto que me profesaba.
—Estás tan mojada... —musitó mediante un gruñido casi gutural.
Gimoteé, moviéndome hacia adelante, rogándole más.
—No has hecho lo que te he pedido.
El vello de todo mi cuerpo se erizó solo de imaginarle dentro de mí, recordando el momento en el que perdí la virginidad en aquel sucio caserío donde se realizó la subasta. Él jamás lo sabría, pero había sido mi primera vez.
—Fóllame, Andrei —le supliqué al borde del llanto.
Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios, para segundos después sacar su dedo de mi interior y llevárselo a la boca. Lo lamió lujurioso, provocando que mi corazón latiese con tanta fuerza que se volvió ensordecedor.
—Repítelo —susurró contra mi oído, llevándome al borde de la locura.
—Fóllame.
Sin mediar palabra alguna, apartó mis braguitas y se hundió en mí de una sola estocada, arrancándome un quejido que me rasgó la garganta. Las lágrimas afloraron, llenando mis ojos, sintiendo cada centímetro de su miembro adentrarse en mí.
—Esto era lo que querías, ¿no?