El legado de los Romanov 5
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Andrei

El silencio volvió a llenar el apartamento.

Denso.

Tanto que me dolía en los oídos.

Me giré para recoger la camiseta que había dejado horas antes sobre el sofá, y me la puse, cubriéndome el torso desnudo. Necesitaba hacer algo. Caminar. Romper alguna cosa. Darme de hostias con alguien. Matarme.

Cualquier cosa que me recordase por qué demonios seguía aceptando estos tratos, algo que me guiase de nuevo a ese propósito que había perdido.

Siempre había sido un niño de la calle, crecí en el peor mundo en el que podría haberlo hecho, perdido, pasando frío y sufriendo hasta tal punto que a la vez me había perdido rememorando ese dolor, dejando que mis propios fantasmas me atraparan sin que pudiese hacer nada por evitarlo.

Marlene.

Anna.

Cero.

¿Cómo demonios había llegado a eso? Tenía una puta misión, un deber, algo sencillo, como lo habían sido las cientos de misiones anteriores en las que había estado. ¿Por qué había tenido que perderme allí? En mi mismo país, en mi infierno personal, el mismo que me hizo sucumbir a las sombras.

Había huido de allí cuando no era más que un crío, ese al que abandonaron, al que dejaron en un maldito hospicio cuando no era más que un bebé.

Odiaba Rusia, a sus gentes, a mis progenitores, y a pesar de ello, continuaba poseyendo un apartamento en Moscú donde guardaba las pocas cosas que había logrado conservar de la época más dura de mi vida.

Estaba tan vacío que detestaba darme cuenta de que lo único que me hacía sentir algo era la mujer a la que debía dejar ir, alejándola de mi vida, de todo lo que tuviese que ver con mi mundo. Porque sí, era tomarla o prender el mundo en llamas. Y la primera opción no era para nada válida.

Dejé ir un profundo gruñido, hecho una furia, a sabiendas de que lo único que podía interesarme no era más que un fantasma de lo que alguna vez fui: una persona normal.

Salí al balcón, y del bolsillo trasero de mi pantalón saqué una cajetilla de cigarros.

Me llevé uno a la boca, lo encendí y le di una larga calada, llenándome los pulmones.

Estaba cabreado. Sentía una rabia que no era normal. No podía pensar con claridad, y mucho menos decidir si de verdad era buena idea o no que las dos chicas permaneciesen en mi apartamento solas mientras yo me dedicaba a fingir ser alguien que no era.

Los Romanov me tenían en el punto de mira, lo que hacía que ellas mismas estuviesen.

—¿Qué cojones quieres ahora? —inquirí, al escuchar sus pasos a mi espalda.

—A ti —musitó.

Giré sobre mis talones, encontrándome con una Marlene visiblemente afectada, con las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos de tanto llorar.

—Pues tenemos un problema —comenté con sorna.

—¿Tenemos? —cuestionó—. ¿Desde cuándo compartimos problemas?

—Desde el momento en el que tú decides elegirme por no sé qué razón —respondí—. Porque por mucho que te lo diga, sigues sin querer ver la mierda que me rodea.

Tenía las manos cerradas en puños, porque estaba tan cabreado que ni siquiera era capaz de pensar con claridad.

Me acerqué un paso.

Ella no retrocedió.

Como siempre, siendo demasiado valiente y, tal vez, una inconsciente.

Me divirtió pensar en lo fácil que sería jugar con ella, destrozarle la vida, para que viese la maldad que había fuera de su maldita burbuja.

Porque sí, siendo hija de un canciller como lo era su padre, debía haber vivido envuelta en una, llena de sobreprotección y lujos.

Puede que por eso le llamase tanto la atención la oscuridad que había en mí.

—No tienes ni puta idea —sentencié, agarrándola por el cuello con fuerza.

Marlene dejó ir un quejido ahogado, mientras comenzaba a caminar hacia atrás. Lo hizo, intentando huir de mí, hasta que su espalda chocó contra la pared. Sonreí ladino. Aquello comenzaba a divertirme, hasta que abrió la boca.

—Vamos, mátame —me instó—. Enséñame de lo que eres capaz.

Golpeé con fuerza la pared que había junto a su cabeza, con tanta fuerza que llegué a atravesarla. Marlene cerró los ojos, y pude percibir el temblor de todo su cuerpo.

—¿Eso quieres, kláine[7]?

Mi respiración se volvió cada vez más agitada, tanto que me sentí como una maldita bestia enjaulada.

Iba a perder los pocos papeles que me quedaban.

Saqué la lengua y se la pasé por la comisura del labio.

Verla así, asustada, con las piernas cimbreando, sin respuesta alguna, me ponía como una puta moto.

—No vuelvas a llamarme así —siseó.

Pero aún más me gustaba cuando me rebatía.

—¿O qué?

Podía notar su aliento mezclándose contra el mío, la forma en la que nuestro pecho se rozaba, mientras que mi cintura quedaba completamente pegada a la suya. Dios, esos malditos ojos iban a volverme loco.

—Responde —bisbiseé entre dientes.

Apreté un poco más mi agarre, lo que provocó que estirase la cabeza hacia arriba, y un gemido se le escapase entre los labios.

Antes de que pudiese insistirle de nuevo, estampó su boca con la mía, uniéndonos en un beso tan húmedo como desesperado, provocando que mi miembro palpitase en el interior de mis pantalones.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿O qué? —Esta vez fue ella quién me preguntó.

Mis muelas rechinaron ante aquella simple cuestión. Dios. Estaba jugando tanto con fuego que al final acabaríamos prendiendo en llamas todo puto Moscú.

—Te follaré hasta matarte —le susurré al oído.

—Hazlo.