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Andrei
El amanecer llegó antes siquiera de que pudiera cerrar los ojos.
No había dormido, no lo había hecho ni un solo minuto pensando en que en cualquier momento alguien entraría a patadas por la puerta, para llevárselas antes de que Cero pudiese sacarlas del país.
Permanecí sentado en el borde del sofá, con un cigarrillo consumiéndose entre mis dedos, y la garganta ardiendo por culpa de esa mezcla asquerosa de rabia, dolor y algo que no quise ni siquiera admitir.
Había querido olvidar el beso de la noche anterior, borrar la sensación de su cuerpo diminuto temblando contra el mío, incluso arrancarme la piel a tiras para eliminar la presión de sus manos, el gemido que se le escapó, el roce de su vientre contra mi erección…
Amar no servía de nada, solo te hacía débil, alguien con una fractura.
Y no iba a permitir que esa desconocida que ahora dormía en mi casa fuese un impedimento para llevar a cabo mi misión.
La noche había sido larga y silenciosa. Cada vez que cerraba los ojos, veía su cara, ese gesto de confusión y dolor que la atravesó cuando la eché del despacho y le dije que se fuera.
Cuando la rompí. Porque sí, yo la había roto un poco más, había clavado el cuchillo de nuevo en sus heridas, mostrándole que jamás podría confiar en mí.
Tal vez eso era lo que necesitaba, una muestra de que el mundo en el que se había metido era más hostil de lo que creía. No existían los finales felices, solo el dolor de matar para sobrevivir. Y por suerte, ella no había tenido que elegir empuñar un arma para salir de la subasta.
El móvil vibró sobre la mesa de café.
No era una notificación cualquiera. Era ese patrón de vibración específico que solo un número tenía permitido usar conmigo.
Cero.
Agarré el teléfono sin pensarlo, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el aparato al oído.
—¿Qué? —cuestioné.
No había lugar para saludos, él tampoco respondió con uno.
—Cambio de planes. —Su voz sonó nítida, cortante—. El transporte se retrasará dos días.
Permanecí quieto, apretando mi mandíbula con tanta fuerza que escuché el rechinar de mis muelas las unas contra las otras. Dos días.
Dos putos días más con Marlene y Anna encerradas en mi jodido apartamento.
Dos días más en los que ella iba a mirarme con esos ojos de cachorro abandonado que me perseguían por dentro.
Dos en los que aún podía cometer una estupidez.
—No —sentencié sin pensarlo—. No vamos a retrasarlo. Saldrán mañana. Como acordamos.
Cero suspiró. Ese sonido que tan de los nervios me ponía, porque significaba que venía a decir algo más, algo que no deseaba escuchar.
—No depende de ti —continuó.
—Claro que lo hace —aseguré—. Yo las saqué de allí, el puto canciller va a tener que comerme la polla o ponerme una maldita estatua en mi honor para agradecerme lo que he hecho por sus hijas.
—Andrei… —comenzó a decir—. La ruta que habíamos diseñado quedó comprometida anoche. Un agente en la frontera hizo demasiadas preguntas.
—Mátalo —repliqué.
—Ya está muerto —confirmó sin inmutarse—. Pero la ruta también, y necesito tiempo para trazar otra.
Me pasé una mano por el rostro, presionándome los ojos con los dedos.
Quería gritar, romper algo, salir corriendo y dejar atrás este apartamento y todo lo que conllevaba estar dentro, pero aún más deseaba olvidarme del maldito recuerdo de su boca.
—Entonces invéntate otra —bufé.
—Eso hago —aseguró—. Pero no estará lista hasta al menos dentro de cuarenta y ocho horas.
Mierda.
—Te enviaré la nueva identidad final esta noche —añadió—. Y también los documentos de la niña, pero… —Hizo una pausa— hay algo más.
Todo mi cuerpo se tensó de golpe, como si supiese qué demonios iba a dejar ir Cero por su boca. Sus silencios nunca eran buenos.
—No quiero saber nada de ellas —le corté—. No necesito información extra ni nada por el estilo. —Me puse en pie—. Van a irse y punto.
—Andrei… —empezó, pero apenas le escuché, porque estaba tan desquiciado que me sentía al borde de la explosión.
—He dicho que no quiero saberlo —volví a interrumpirle—. No me importa su historial médico, su comportamiento, si la niña duerme bien o mal, ni si Marlene… —Me detuve un segundo, intentando tragar mi propio veneno—. No me interesa nada de eso.
Mentira.
Era una mentira tan grande que me dolió hasta escucharlo en mi propia voz, pero sabía que era lo correcto. Debía mantener la distancia, cortar lo que había empezado a crecer entre ambos sin siquiera pedir permiso.
—Tienes que escucharlo —insistió Cero.
—No.
—Andrei —repitió, bajando la voz, advirtiéndome—. No es una opción, te estoy informando, no pidiéndote opinión.
Apoyé la mano en la barra de mármol negro de la cocina, clavando la vista en la puerta del fondo, la misma que iba hacia las habitaciones. Estaba demasiado agotado como para seguir fingiendo calma.
—Habla —cedí.
—Ayer recibí un informe parcial del padre de las niñas —informó—. Ha hecho movimientos peligrosos, está intentando contactar a miembros de la prensa independiente.
Achiqué los ojos, quedándome helado, confuso.
No podía creer su estupidez, porque lo que pretendía hacer era un acto tan inútil como suicida. Era exactamente el tipo de mierda que ponía sus hijas aún más en peligro.
—Marlene y Anna no pueden estar en este país cuando la bomba estalle —continuó Cero—. Si él habla… las van a cazar. No por venganza, sino por algo mucho más grande.
Me pasé una mano por la cabeza, negando una y otra vez.
—Algo me olía a puta mierda y aquí está.
—No sabías nada —dijo él—. Y tampoco quieres saberlo, pero tendrás que cargar con las consecuencias.
—No voy a cargar con nada —contesté—. Mi trabajo no es ese.
Silencio.
—¿Qué trabajo? —inquirió al fin.
No respondí.
No iba a decirle nada, porque sabía tan bien como yo que mi plan no era salvar a dos muchachas de ser subastadas, sino centrarme en los Romanov.
Cero exhaló despacio.
—Andrei, dame dos días, solo dos.
—Cuelga —ordené.
—No has entendido lo de… —comenzó a decir, pero para antes de que acabase, ya le estaba interrumpiendo.
—He dicho que cuelgues, o lo haré yo, joder.
Y colgó.
Claro que lo hizo, pero la cosa no terminaba ahí.