3
Andrei
Y entonces me besó.
No hubo aviso. Fue un choque de labios urgente, torpe, impulsivo.
No buscó que le diese permiso, tampoco lo necesitaba.
Simplemente se lanzó hacia adelante, rompiendo la mínima distancia que quedaba entre ambos.
Su cuerpo se pegó aún más a mí, permitiendo que su vientre rozase la dureza que intentaba ignorar desde que había entrado por la puerta del despacho.
Durante un segundo, un jodido segundo, no reaccioné. Mi mente se quedó en blanco, y después… dejé de pensar.
La tomé con fuerza por la cintura, soltando mi agarre, besándola con esa fiereza que llevaba conteniendo desde que llegamos al apartamento.
La devoré ansioso, no fue suave, nunca lo era.
Hundí los dedos en su pelo, para atraparla directamente por la nuca.
Me gustase o no, ella era la única que podía aliviar la presión que llevaba días acumulando.
Marlene gimió contra mi boca, aferrándose a mi camiseta, arrugándola entre sus dedos, queriendo permanecer en aquel instante todo el tiempo posible.
Se elevó de puntillas, buscando aún más el contacto.
Deslicé la mano por su espalda, bajando hasta el borde del jersey, colándome por debajo sin pensarlo.
Ahogó un gemido cuando su piel desnuda me recibió, caliente, suave.
Sin dudarlo un solo instante, la tomé en volandas, llevándola contra el escritorio.
Se quejó cuando la mesa golpeó su cadera al presionarla contra esta.
Una de mis piernas se coló entre las suyas, abriéndolas.
Durante unos segundos, me aparté de ella, los suficientes como para poder deleitarme con su imagen, la misma que me observaba con delirio, los labios enrojecidos y entreabiertos.
Joder.
Estaba perdido en ella, en esos ojos azules que me miraban como si fuese lo único importante en el mundo.
Era esa maldita necesidad la que me consumía, tan salvaje, tan brutal que justo en ese instante estaba dispuesto a olvidarlo todo, a dejar que el instinto tomase el control como la noche en la que nos conocimos, pero entonces… Algo gritó dentro de mi cabeza.
No era su nombre, ni siquiera el mío. Era el recuerdo de su mirada en la cama de días atrás cuando me agradecía haber salvado a Anna, sin saber si aún seguiría con vida.
El temblor en sus manos después, cuando se duchó durante casi una hora.
El silencio en la habitación cuando se acurrucó junto a su hermana, como si cualquier ruido pudiese despertarla de una pesadilla.
El amor que le profesaba, ese que llegaba al límite de ser capaz de ofrecerse como tributo con tal de salvarla.
Abrí los ojos.
Ella continuaba besándome, sin verme, con las pestañas húmedas por las lágrimas. Una pequeña gota acababa de deslizarse por su mejilla, mezclándose en nuestros labios, en un beso que no supe corresponder. No sabía si era de rabia, miedo, alivio, o de todo a la vez.
Me aparté.
Marlene intentó seguirme, buscándome de nuevo, pero no la dejé. Tomé su rostro entre mis manos y la mantuve quieta. Contuve el aliento, notando aún su sabor en mis labios.
—No —murmuré, ronco.
—Andrei…
—He dicho que no —sentencié.
La solté de golpe, como si el tacto de su piel me quemase. Di un paso hacia atrás, y luego otro, para volver tras la mesa.
Ella parpadeó, confundida, con los labios hinchados, el pecho subiendo y bajando a una velocidad de vértigo, mientras el jersey permanecía descolocado, mostrando más piel de la que debería.
—Te vas —ordené, volviendo a mi tono de siempre—. Ahora.
—¿Qué…? —balbuceó.
—Fuera de mi despacho, Marlene.
La dureza de mi voz la golpeó más que cualquier otra cosa que hubiese dicho esa noche. Lo vi en la manera en la que se le encogió el gesto, en cómo sus labios se cerraron, en cómo, al fin, las lágrimas se atrevieron a caer.
—No puedes…
—Claro que puedo —la corté—. No voy a permitir que tu puto síndrome de Estocolmo te nuble el pensamiento, y lo voy a hacer —aseguré—. Porque alguien aquí tiene que usar la maldita cabeza, y no vas a ser tú.
Me agaché, cogí el cigarrillo del cenicero y lo encendí con el mechero.
El humo llenó mis pulmones, arañándome por dentro, quemándome igual que lo hacía la rabia que me consumía.
Hice lo posible por concentrarme en eso, en el humo, en el escozor, en cualquier cosa que no fuese en el sabor de los besos de Marlene.
—Mañana a las cinco estaréis preparadas —continué—. Tú y Anna. No quiero volver a repetirlo.
—No quiero irme —susurró con la voz estrangulada.
—No te he preguntado lo que quieres.
Alzó la mirada. Y pude ver en sus ojos como algo en su interior se había roto, porque sí, a pesar de que estaba reconstruyéndose, yo había añadido una nueva grieta a ese corazón atemorizado.
—Eres un maldito cobarde —murmuró, casi sin voz.
Tragué saliva. Sus palabras me atravesaron hasta clavarse en lo más hondo de mi alma, más de lo que jamás habría permitido.
—Lárgate —sentencié, sin levantar el tono, intentando mantener mis fantasmas a resguardo—. Antes de que haga algo de lo que te arrepientas.
Dio un paso hacia adelante.
—Hazlo.
—No me tientes, Marlene —le advertí, sintiendo como la sangre me hervía en las venas.
Entonces, comenzó a recular, al mismo tiempo que se arreglaba el jersey con las manos torpes, como si de repente fuese consciente de lo expuesta que estaba. Cuando llegó a la puerta, se detuvo un segundo con la mano en el pomo.
No se giró, a pesar de que una parte de mí deseaba que lo hiciera.
—No pienso olvidarte, Andrei Romanov, por mucho que te empeñes —susurró.
Abrí la boca para decirle que yo sí, que lo haría antes de que cerrase la puerta, que su nombre dejaría de significar nada, que era un nombre más en un mar de expedientes… Pero no lo hice.
No dije nada.
La vi desaparecer tras la puerta, viendo cómo se cerraba a su espalda.
Me quedé solo en el despacho, maldiciéndome, con el cigarrillo entre mis manos, el informe de Cero aún abierto en el portátil y el eco de sus labios prendidos en los míos.
Sin pensarlo, agarré el vaso de whisky que había sobre la mesa, y lo lancé contra la pared con la misma rabia con la que dejé ir un grito que resonó, rasgándome la garganta.
El cristal estalló, bañando el suelo de trozos y líquido ámbar.
No era cobarde.
Solo estaba haciendo lo correcto.
Aunque por primera vez en mi vida, lo correcto significaba que me tocaba perder, de nuevo.