El legado de los Romanov 2
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Andrei

—Mentira —siseó—. ¡Eres un jodido mentiroso!

Me golpeó con fuerza en el pecho, pude sentir el odio en ella, la rabia, esa incomprensión que tanto la mataba.

—Te saqué de ese club porque estaba allí —intenté explicarme—. Porque tenía la posición y los recursos para hacerlo —aseguré—. Cualquiera lo habría hecho.

—Nadie nos habría comprado para liberarnos. —Negó con la cabeza una y otra vez, con los ojos encharcados en lágrimas.

Se quedó sin aire.

Y mis manos le sujetaron por ambos lados del cuerpo. No iba a hablar más de lo ocurrido en esa habitación, de la manera en la que conectamos, de cómo mi cuerpo reclamó el suyo de una manera tan visceral que ni siquiera fui capaz de comprender.

—Te irás mañana —la interrumpí antes de que pudiese volver a acometer—. El coche estará en la esquina, os llevarán a la frontera y desde allí…

No pude acabar la frase, porque sin que me lo esperase, Marlene alzó una de sus manos y cruzó mi rostro.

—No me hables como si ya estuviera fuera de tu vida —escupió con rabia—. No me hables como si no hubiéramos estado allí, en esa cama, con el muerto a nuestros pies, mientras tú…

El segundo golpe fue más duro. Esta vez me movió un poco hacia atrás. No por la fuerza física, sino por la jodida sorpresa.

—Basta —le advertí.

—No pienso irme.

Me empujó con fuerza, y lo volvió a hacer. Empezó a dar puñetazos pequeños sobre mi pecho, desordenados, con los ojos llenos de lágrimas que se negaban a caer.

—No voy a dejar que me escondas como si fuera una vergüenza —continuó—. No después de haberme visto sangrar, temblar, gritar, follar… No después de haber confiado en ti.

Me cansé.

No de sus palabras, sino de lo que estaban removiendo en mi interior.

Cuando alzó la mano de nuevo, la atrapé al vuelo, cerrando los dedos alrededor de su muñeca, tirando de ella lo suficiente como para obligarla a quedar atrapada entre mi cuerpo y la pared.

Un gemido ahogado se escapó de sus labios entreabiertos.

—Ya está bien —rugí, dejando que mi voz resonase en el despacho.

Estábamos tan cerca que podía escuchar el latir de su corazón, cómo repiqueteaba en su cuello, acelerado, igual que lo hacía su respiración. Su pecho subía y bajaba frenético, rozando el mío. Su perfume me embriagó.

Marlene alzó la cabeza. Dejando que su aliento se mezclase con el mío.

—Deja de tocarme las pelotas —mascullé.

—Deja tú de echarme de tu lado —contestó con la misma rabia.

Tiró de su muñeca atrapada, pero solo consiguió hacer que sus pechos rozasen mi torso de nuevo. El contacto me atravesó como si de una corriente se tratase. Quise hacer que se comiese sus propias palabras, que se jodiese por haber sido una descarada.

Incliné mi cuerpo un poco más contra ella, acorralándola por completo.

No tenía lugar para escaparse, aunque estaba seguro de que tampoco querría.

Colé mis piernas entre las suyas, abriéndolas, dejándola expuesta ante mí.

Alcé su muñeca, llevándola por encima de su cabeza mientras mi cadera se apretaba contra la suya.

—No tienes ni idea de lo que estás pidiendo —siseé, pegando mi boca a su oído—. No quieres quedarte.

—Sí quiero.

Esa terquedad suicida que tenía se me metió en los huesos.

—No sabes lo que soy, ni qué he hecho durante mi vida. —Hice una pausa—. En mi mundo no hay lugar para alguien como tú.

—Sé lo que haces —me corrigió, ladeando el rostro para poder mirarme—. Y sé cómo me miras.

No la miraba, o al menos eso intentaba. Estaba tan jodidamente cerca que podía ver como sus labios seguían entreabiertos, húmedos.

Un mechón de pelo se le había quedado pegado en la mejilla.

Mi vista voló a su cuello, donde tenía una pequeña marca amarillenta, resto del moratón que alguien le había dejado en el club.

Aquel detalle me encendió, y no supe si fue por la rabia o por el simple hecho de recordar como nuestros cuerpos se habían correspondido.

Mi mano libre subió por su cadera, sin pedir permiso. Rozando el contorno de su cintura, resiguiendo la curva de sus costillas, sintiendo cómo su piel ardía bajo la tela. Marlene se estremeció, y un leve gimoteo se escapó de su garganta.

Debí haberme apartado.

Pero en vez de eso, acerqué aún más mi boca a la suya. Noté su respiración chocar contra mis labios, la manera en la que nuestros alientos se mezclaban. Un silencio denso se coló entre nosotros. Pude oír incluso el crujido de la madera del suelo en el momento en el que se movió.

—No vas a ir a ninguna parte —gruñí—. No hasta que yo lo diga.

Sus ojos se oscurecieron, mientras mi miembro se endurecía. Joder.

—No soy tu prisionera.

—Claro que lo eres —repliqué con rabia—. Eres mía, te guste o no.

Las palabras se me escaparon antes de que pudiese frenarlas. Mía. No correspondía a los acuerdos, ni a los informes. No encajaba en el perfil que había construido en los últimos meses.

Y Marlene atrapó lo que había dicho al vuelo.

—No puedes decirme que soy tuya y luego mandarme lejos —se quejó, con la voz estrangulada, y fue entonces cuando me percaté de que aquello le afectaba más de lo que creía—. No puedes tenerlo todo, Andrei.

—Ese es el problema.

—Me tienes a mí —susurró.

Una risotada oscura y gutural nació en mi interior y rasgó mi garganta en el momento de emerger.

—Yo no tengo nada.