1
Andrei
Un año y medio antes…
No debía estar allí.
Lo supe en el instante en el que escuché sus pasos descalzos avanzando por el pasillo, ligeros, indecisos, como si dudase entre girarse y volver a su habitación o seguir hasta mi despacho.
No miré hacia la puerta. Me obligué a seguir con la vista clavada en la pantalla del portátil, en el informe que Cero me había enviado hacía menos de una hora.
Se trataba de un nuevo encargo, algo de lo que debía ocuparme después de desmantelar todo el entramado de los malditos Romanov.
Eso no fue impedimento para que sus nudillos llamasen a la puerta.
Un golpe suave. Otro. El tercero sonó más firme, como si hubiese reunido fuerzas para plantarme cara.
—Entra —ordené.
La puerta se abrió despacio, y aunque no alcé la mirada, pude sentir el cambio en el aire. El apartamento seguro era un búnker en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, alejado de todo lo que pudiera herirnos, pero al mismo tiempo contaba con el mejor equipo de seguridad del país.
Su perfume se coló antes de que siquiera pudiese escuchar su voz, mezclándose con el olor del café que se había preparado tras la cena. Esa mezcla que ya se me había tatuado en alguna parte de mi cuerpo que no deseaba recordar.
—Tenemos que hablar —anunció, cerrando la puerta tras ella.
Claro que sí. Siempre se tenía que hablar de algo, de salir, de quedarse, de su hermana, de lo ocurrido en el palacete, de esas pesadillas que la despertaban cada noche mientras la escuchaba gritar desde mi habitación… De todo lo que yo no quería tratar.
Tomé aire y dejé el vaso de whisky sobre la mesa, junto al borde.
—No hay nada que hablar —respondí, sin levantar la vista de la pantalla—. Ya está decidido.
—No —insistió—. Lo has decidido tú solo —replicó, avanzando un paso más.
Tenía esa voz. Herida y firme a la vez. La voz de alguien que ya lo había perdido todo y que, aun así, estaba dispuesta a luchar por lo poco que le quedaba.
Porque sí, Marlene no tendría más de veintidós años y ya estaba involucrada en algo que no le correspondía, en un mundo donde la muerte estaba a la orden del día.
Contuve el impulso de mirarla, centrándome de nuevo en las notas de Cero, mientras cambiaba de archivo para revisar la ruta del transporte que las sacaría del país. Identidades nuevas. Un itinerario de mierda que chirriaba por todos lados, pero que era lo mejor entre lo poco que había.
Porque sí, la mafia tenía hombres en cualquier lado, y en el momento en el que alguien las viese, iría a por ellas sin miramientos. Las había comprado, pero si las veían sin mí, las cazarían.
—No lo he decidido yo —aseguré—. Pero sí lo ha hecho Cero, así que eso es más que suficiente.
—No para mí.
En esa frase hubo un golpe directo al mentón.
No físico, pero casi. Sus pasos resonaron más cerca, lentos sobre la madera oscura.
La vi por el rabillo del ojo cuando bordeó la mesa, acercándose demasiado a mí.
Llevaba uno de mis jerséis negros, demasiado grande para su diminuto cuerpo, y unos leggins que se le pegaban a las piernas como una segunda piel.
Se había recogido el pelo en un moño torpe, que dejaba que mechones sueltos le cayeran sobre el rostro.
Parecía tan fuera de lugar en un sitio como mi despacho que algo en mi interior se removió, gruñendo.
Cerré el portátil de golpe, harto del informe, de cero y de todo. Porque lo único que ansiaba estaba frente a mí. Alcé la mirada, y sus ojos se clavaron en los míos, mostrándome una rabia que no había visto jamás en ella. Pero no solo había eso, también encontré miedo y algo que no supe descifrar.
—¿Qué quieres, Marlene? —pregunté, cansado.
—Quedarme —respondió sin dudar.
Las palabras salieron de su boca sin que nada las frenase, como si hubiesen estado esperando en su lengua desde hacía días.
Negué con la cabeza, esa no era una opción.
—Ni de coña —sentencié.
Sus ojos brillaron de rabia mientras apretaba la mandíbula, y por un instante pude ver cómo su labio inferior temblaba a punto de hacer un puchero.
—No vas a mandarme lejos como si fuera un paquete —soltó—. No después de todo lo que ha pasado.
—Justamente por eso vas a irte —rebatí—. Anna y tú saldréis del radar, es lo que se acordó con Cero, y no pienso discutir más sobre el tema.
Me puse en pie, apartándome de ella, porque sabía que en el momento en el que la dejase entrar en el juego, todo se acabaría.
—Solo lo haces para librarte de nosotras —escupió con rabia—. Ya no tendrás que cargar con nosotras.
Dejé ir una carcajada llena de despotismo, porque ese comentario me tocó una parte de mi interior que no sabía siquiera cómo calificar. Apreté la mandíbula, notando como mis muelas crujían, amplificando el latir en mi sien.
Negué con la cabeza al mismo tiempo que me pasaba una mano por el pelo. Maldita niñata.
—Sé de sobra lo que haces —siseó, dando otro paso hacia mí.
—No sabes una puta mierda, Marlene.
Se plantó junto a mí, haciendo que casi pudiese sentir el calor que desprendía.
La luz de la lámpara de sobremesa le dibujaba sombras suaves en el rostro, permitiéndome vislumbrar sus ojeras, las mismas que llevaba desde que la saqué del infierno en el que la habían metido, desde que la cubrí con mi americana, desde que la vi romperse mientras yo me dejaba ir dentro de ella para crear una coartada.
Esa imagen me atravesó otra vez como un puñetazo directo al estómago.
—Te estoy dando una salida —recalqué despacio, al borde de perder mi paciencia—. Nueva identidad. Un lugar lejos de todo esto, de Rusia, de los que os buscaron… No vais a tener una oportunidad como esta.
—¿Y tú? —cuestionó.
No parpadeó, no se movió, solo fijó su mirada en la mía.
—Yo ya no tengo salida —contesté sin mucha gana—. Nunca la tuve.
—Eso no es verdad.
—En tu cabeza, igual —me burlé—. En la mía no.
Se inclinó hacia delante, al mismo tiempo que colocaba una de sus manos sobre mi pecho, dejando que el jersey se deslizase un poco, lo suficiente como para dejar parte de su hombro al descubierto.
El algodón negro sobre su piel clara me distrajo durante un segundo más del que habría permitido, pero solo de imaginar mis manos recorriéndola me enfermaba.
—Tú decides no tener salida —prosiguió, llevándome la contraria—. Es diferente. Estás obsesionado con tu misión, con tu pasado, con esos hermanos, con Cero, con todo. Te importan más tus fantasmas que las personas que tienes delante.
—Cuidado —bisbiseé.
La sangre comenzó a hervirme con rabia en las venas, consumiéndome, porque al final del día, Marlene no tenía ni puta idea de por todo lo que había tenido que pasar para llegar a aquel momento.
—No —sentenció—. No pienso tener cuidado. Estoy harta de tener cuidado con todo el mundo, de tener que medir cada palabra para no molestar, para no incomodar, para no provocar un golpe —su voz se deshizo como en un hilo—. Contigo también, y ya basta.
—No eres mi puto problema, Marlene.