65
Alexei
La sala de los espejos quedó atrás como un laberinto de lujo y muerte.
Las columnas, las luces, el murmullo se desvanecieron en cuanto atravesé la puerta que daba al gran salón.
Me abrí paso entre la multitud, como un depredador entre presas atrapadas por el miedo.
La fiesta continuaba como si nada hubiese ocurrido.
Todo a mi alrededor giraba: reflejos, risas apagadas y esa sensación de que cada segundo que pasaba allí solo prolongaba el momento de mi sentencia.
Entonces, me encontré con mi hermano.
—¿Qué demonios hacen aquí? —le grité a Viktor cuando vi que Elisa y Alina continuaban dentro del lugar.
Su cara era una combinación de urgencia e impotencia.
—No sabes cómo se ha puesto —me explicó—. No quería marcharse y dejarte aquí.
—Será mejor que nos marchemos —le ordené.
—¿Y Andrei? —preguntó.
—Venía detrás de mí —aseguré—. Será mejor que nos apresuremos.
Sin más, tomé a Elisa del brazo, con una fuerza que me sorprendió. La sujeté contra mi pecho, sintiendo su cuerpo temblar bajo mi chaqueta. Corrí hacia la salida, el portón se abrió ante nosotros, mientras los guardas comenzaban a reagruparse, a cambiar posiciones y movilizarse.
Abrí el coche de un tirón. Encendí el motor. Di marcha tras y salí derrapando, sintiendo como el viento helado me golpeaba en la cara.
Ella soltó un grito bajo de sorpresa cuando tomé la curva con demasiada velocidad.
—Tenemos que irnos, dusha —le dije al mismo tiempo que aceleraba, incorporándome a la carretera principal.
Luego reinó el silencio, tenso como una cuerda a punto de romperse.
Sus manos permanecían enredadas en su falda, mientras que mis ojos se clavaban en el asfalto que se abría ante nosotros.
No hablábamos. Solo conduje. Porque sabíamos que esto solo era el primer paso.
Si Octavio Ríos era La Mort, nos esperaba una guerra que costaría vidas, alianzas, lealtades.
No negaría que aquello me carcomía por dentro, pensar en que había sentenciado a mi familia me mataba por dentro. Pero… ¿acaso no lo había hecho Nikolai con Elena? ¿O Viktor con Alina?
A las dos de la noche llegamos a una zona oscura, lejos de las luces artificiales. Apagué el motor y nos quedamos inmóviles, oyendo solo nuestro respirar.
—¿Qué ha ocurrido? —Quiso saber ella, con la voz temblorosa.
—Ya no volverá a atemorizarte jamás.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, y entonces estiré uno de mis brazos, socorriéndola, instándola a refugiarse en mí. Mi corazón se llenó de dicha, porque a pesar de los sollozos, acabábamos de hacer justicia. Entre llantos y mis brazos ocurrió lo inevitable.
—Te quiero, Elisa Moretti —le dije, con la voz cargada de una paz que no había sentido jamás.
Ella levantó la cabeza y me miró.
—Yo también te quiero, más de lo que pensaba que era posible.
Tomé su cara entre mis manos, acariciándole las mejillas con ternura, llevándome conmigo el rastro de sus lágrimas, apartando todo el dolor que había tenido que soportar y que ya no volvería a herirle.
Estampé mis labios contra los suyos, devorándola con una mezcla de lujuria y amor, se había convertido en mi mayor obsesión, y a pesar de todo, no cambiaría nada de lo ocurrido con tal de tenerla allí, entre mis brazos.
—Quiero que seas mía, Elisa —aseguré.
—Siempre lo he sido.
—No, pero quiero que lo seas para siempre. —Mi pulgar acarició su labio inferior—. ¿Te quieres casar conmigo?
Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas, solo que esta vez fueron de dicha.
—Sí, sí —balbuceó de los nervios—. Claro que quiero.
La abracé con fuerza, presionándola contra mí, como si al apretarla pudiera detener el mundo que se derrumbaba a nuestro alrededor.
El amor brillaba en medio de la oscuridad que habíamos cruzado.
Y entonces, cuando menos lo esperábamos, mi teléfono vibró con un mensaje:
Nikolai:
No encontramos a Andrei.
Y el silencio que le siguió fue más espeso que cualquier disparo.