El legado de los Romanov 64
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Alexei

Andrei fue el primero en hablar. A mí ni siquiera me salía la voz, ya que en el momento en el que lo hiciese, escupiría todo mi veneno. Había dos hombres en la sala, vigilando, lo había visto nada más entrar, por lo que teníamos que acabar con ellos antes de que pudiesen herirnos.

—El placer es nuestro, señor Ríos —aseguró mi hermano—. Hemos oído hablar de su reputación. —Sonrió con un gesto calculado—. Y, por supuesto, de sus… negocios especiales.

Octavio rio despacio, como si saborease el juego, regodeándose.

—Los rumores, querido Dmitry, son el alma del comercio —comentó—. Pero cuando se trata de placer… —Ladeó la cabeza, bebiendo un sorbo de coñac—. No hay nada como comprobar la mercancía por uno mismo.

Mis puños se cerraron bajo la mesa.

Mercancía.

Así llamaba a las mujeres.

Así había llamado a Elisa.

—Permítame mostrarle algo que no verá en ningún otro lugar —continuó el bastardo, haciendo un leve gesto con la mano.

Quise vomitar allí en medio, tirarlo al suelo y reventarle la cabeza a golpes hasta que ni siquiera pudiese respirar. Pero ahora mismo, esa no era una opción, al menos no hasta que nos quedásemos completamente solos con él.

—Podéis marcharos —les ordenó a sus guardaespaldas—. Son de confianza.

Uno de sus guardaespaldas asintió y salió por una puerta lateral. Octavio se inclinó hacia nosotros.

—Ambos son hombres de poder —explicó—. No necesito decirles lo que eso conlleva. Las mejores joyas son las más difíciles de conservar… y de conseguir.

Andrei fingió una sonrisa.

—Entendemos perfectamente de qué habla —respondí yo.

Ríos asintió satisfecho.

—Entonces, les encantará mi propuesta —dijo, abriendo un maletín sobre la mesa. Dentro había un dossier con acabados de lujo con fotografías impresas, nombres, edades, cifras.

Lo empujó hacia nosotros con un gesto casual.

No lo toqué.

Lo miré.

Y supe que, si ponía mis manos sobre ese papel, las usaría para estrangularle.

Andrei hojeó las páginas, manteniendo la compostura.

—¿Va todo bien, señor Romanov? —cuestionó.

Apreté la mandíbula con fuerza, tragué saliva, intentando deshacer el nudo que se había creado en mi garganta y ordené a mi cerebro que se inventase una excusa.

—Todo en orden —aseguré—. Estoy pensando en cuánto efectivo he traído.

—No se preocupe ahora por eso —me pidió—. Siempre podemos hacer un cheque al contado.

Asentí con lentitud, aceptando su trato a pesar de que jamás recibiría una sola moneda de parte de los Romanov

—Interesante —comentó—. Veo que su selección es… exclusiva.

Octavio sonrió, disfrutando.

—Y aún no han visto lo mejor.

Chasqueó los dedos y la puerta lateral volvió a abrirse.

Cinco mujeres vestidas de blanco, caminando descalzas sobre el mármol, con el rostro cubierto por un velo, con el que únicamente podíamos ver sus miradas perdidas. Ninguna alzaba la cabeza. Sus movimientos eran lentos, obedientes, programados.

El aire del salón cambió. Se volvió pesado, insoportable.

—Pueden disfrutar de la vista —murmuró Octavio, recostándose en su asiento como un dios complacido con su creación.

Fue en ese instante cuando todo dentro de mí se rompió.

El aire me abandonó los pulmones, y la imagen de Elisa, atrapada, sola y aterrada, se superpuso a la de aquellas mujeres que estaban en la misma situación en la que había estado ella.

Sentí que el suelo se me abría bajo los pies.

Andrei lo notó.

—Alexei… —susurró por lo bajo, sujetando mi mano para que no sacase la pistola silenciada.

Pero ya era tarde.

Mi mano se deslizó hacia el interior de la chaqueta, el metal frío del arma me devolvió el pulso, trayéndome de nuevo a la realidad.

Octavio seguía hablando, ensimismado con su propia creación, ajeno a la tormenta que estaba a punto de desatarse.

—Díganme, señores —continuó con una sonrisa ladeada que me revolvió el estómago—, ¿qué estarían dispuestos a pagar por las joyas de la corona?

—¿Y tú? —cuestioné—. ¿Cuánto estás dispuesto a pagar por salvar tu alma?

Fijé mis ojos en los suyos y supe que era el momento. El mundo se detuvo a mi alrededor, dejé de escuchar el eco de la música que retumbaba al otro lado del pasillo, como si solo quedáramos él y yo.

Desenfundé.

El clic del seguro resonó en la sala como una sentencia. Octavio apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el cañón apuntase contra su pecho. Andrei se movió, pero no lo suficientemente rápido como para detenerme.

Las mujeres se asustaron, pero no hicieron nada por detenerme. Se escondieron detrás de mí, gritando, mientras la sangre rugía en mis oídos.

Apreté el gatillo, y el disparo sonó seco, contenido por el silenciador, una ejecución perfecta. No supe quién cayó primero, solo sentí el breve retroceso en mi brazo, el eco en mi cabeza y el silencio mortal que siguió al estruendo.

—Vamos, vamos, vamos —le insté a Andrei—. Tenemos que salir cagando leches de aquí.

Miré el cuerpo de Octavio, quien luchaba por no ahogarse con su propia sangre.

El infierno acababa de comenzar.