El legado de los Romanov 63
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Alexei

El murmullo de la fiesta se apagó en cuanto lo vi aparecer.

Octavio Ríos.

El mismísimo demonio disfrazado de poder.

Entró con paso firme, rodeado de tres guardaespaldas que parecían sombras vivientes, todos vestidos con trajes oscuros, comunicadores en los oídos y miradas tan frías que podrían congelar el infierno.

Él, en cambio, lucía un traje color carbón, planchado a la perfección, la camisa blanca impoluta y un alfiler de corbata dorado que reflejaba las luces como si pretendiera hipnotizar a cualquiera que lo mirase.

El hijo de puta sabía perfectamente cómo robar la atención.

Su sonrisa era un arma. Saludaba a los presentes con una falsa cordialidad, estrechando manos, besando mejillas, riendo con ese aire de quien se sabe intocable.

Se movía entre políticos, empresarios, mafiosos y proxenetas como un rey entre súbditos, bañándose en el aplauso silencioso de quienes le temían.

Mientras yo lo observaba a cada segundo que pasaba viéndole respirar, más me quemaba por dentro.

—No lo hagas —susurró Viktor a mi espalda, sujetándome por el brazo cuando di un paso al frente.

—Suéltame —gruñí, sin apartar la mirada del objetivo.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que pude sentir la presión incluso en mi cerebro. Ni siquiera miré a Elisa, no podía apartar la vista de ese hijo de puta. Quería llevármelo al lugar más recóndito del mundo para hacerle sufrir lo mismo que él le había hecho a mi dusha.

Cierto era que yo no podía ser mucho mejor persona que él, al fin y al cabo, traficábamos con influencias, armas y drogas. Pero jamás tocaríamos una mujer. Estaba completamente prohibido, no solo por la ley, sino por nuestros propios principios.

—Alexei, no. —Su tono se endureció—. No es el momento, espera.

La voz de Nikolai estalló en el pinganillo, como si leyera mis pensamientos.

—Hermano, ni se te ocurra moverte —ordenó—. Los francotiradores siguen en posición, si te abalanzas ahora, no llegarás ni a levantar el arma antes de que te abatan.

Inspiré con fuerza, conteniendo la rabia.

Mi cuerpo me pedía romperle el cuello allí mismo, hacerle sentir aunque fuese una mínima parte del terror que Elisa había soportado, pero el deber, la estrategia y mis hermanos eran más fuertes. Por ahora.

Elisa estaba unos metros más allá, cerca de la barra, fingiendo una conversación trivial con Alina. Sus ojos buscaban los míos de tanto en tanto, temblando bajo la fachada de calma con la que se había vestido. Y ese temblor me ataba al suelo.

No podía joderlo todo. No aún.

—Llévatelas al coche —le pedí a Viktor—. Que desaparezcan de la escena, no las quiero en peligro.

Este asintió un par de veces, al mismo tiempo que se giraba hacia ellas, acatando las órdenes que su hermano pequeño le había dado, y que por primera vez cumplía.

Pasaron horas.

Horas de sonrisas falsas, de brindis interminables y de conversaciones de mierda. El reloj se acercaba a la medianoche cuando un hombre se acercó a mí con una nota doblada con sumo cuidado. La abrí sin disimulo.

El salón de los espejos se ha abierto para ti.

Reunión privada. Romanov y Volodin.

Era la señal.

El momento había llegado.

—Andrei —susurré por el auricular.

—Lo tengo —respondió él, acercándose por mi flanco derecho. Vestía impecable, interpretando a su papel de Dmitry con una elegancia que solo él podía sostener. Nadie sospecharía que ese hombre de sonrisa calculada en realidad era un Romanov.

Nos miramos en silencio y fue entonces cuando supe que estábamos preparados.

Le lancé una última mirada a Elisa, pidiéndole perdón por todo lo que había provocado en su vida, pero también solté un: «te quiero, dusha». Porque sí, la amaba con todo mi corazón, con lo más profundo de mi alma. Estaba allí, condenando a toda mi familia por acabar con ese cabrón de mierda.

Lo peor de todo era que cuando la conocí ya supe que ese iba a ser mi final, sucumbiendo ante ella, postrándome a sus pies, si era necesario, pero haría lo necesario para salvarla, por hacer justicia.

Andrei y yo atravesamos la muchedumbre, encaminándonos hacia una zona que tenían asegurada y de la que se encargarían nuestros hermanos mayores en cuanto nos adentráramos en el interior de la sala.

—Si algo ocurre, no te preocupes por mí —me pidió—. Llévate a Elisa de aquí, pase lo que pase.

—Pero…

—Viktor y Nikolai sabrán lo que hacer —aseguró.

Asentí sin estar del todo conforme con lo que me había dicho, porque en nuestra familia, si habíamos aprendido algo era que jamás se dejaba atrás a un hermano, y con Andrei no haríamos una excepción.

—Me las sabré apañar.

—Déjate de gilipolleces —le contradije.

—Haz lo que te digo y cállate.

Aquella respuesta me tomó por sorpresa, lo que hizo que me girase hacia él, mirándole estupefacto, a lo que me respondió con una media sonrisa que me tranquilizó.

Atravesamos el largo pasillo, hasta que nos adentramos en una sala de mármol.

Las paredes estaban cubiertas de espejos tallados, las columnas doradas brillaban bajo el reflejo de las lámparas de cristal, y el eco de nuestros pasos resonaba como un presagio.

En el centro, una mesa de caoba aguardaba con tres copas y una botella de coñac abierta.

Octavio Ríos ya estaba allí, sentado con las piernas cruzadas, observándonos con una sonrisa que me revolvía el estómago.

A mi mente vino mi dusha siendo observada de esa misma manera por aquel desgraciado.

—Señores Romanov y Volodin —saludó, alzando su copa—. Es un placer conocerlos finalmente en persona.

Dejé que una mueca relajada se dibujase en mis labios, a pesar de que por dentro sentía como un infierno se había desatado.

—Hagamos negocios —añadió.