El legado de los Romanov 62
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Alexei

El ruido del salón se desvaneció en cuanto lo vi.

No sabía en qué momento Elisa se había separado de mi lado, pero por alguna razón ya no estaba a mi alcance.

Luca Moretti estaba a escasos metros de ella.

Mi cuerpo se tensó como el gatillo de un arma lista para disparar. El hijo de puta hablaba con ella, demasiado cerca, con una tranquilidad que no lograba comprender, como si no fuese el responsable de que la vida de mi dusha se hubiese convertido en un infierno.

Caminé hacia ellos con pasos pesados, sin pensar. No lo medité, ni siquiera pude evitar que mi cuerpo se adelantase a todos mis pensamientos.

—¿Qué cojones haces con ella? —gruñí al mismo tiempo que le daba un empujón.

Luca alzó la vista, sorprendido, pero no lo suficiente como para fingir que no esperaba verme, ya que se había encontrado con Viktor hacía apenas unas horas. Elisa se volvió hacia mí, con el rostro desencajado.

—Alexei, espera…

No la escuché. Le agarré del cuello de la camisa y lo empotré contra la columna más cercana.

El golpe resonó como un disparo. Los invitados más cercanos se giraron unos segundos, pero pronto volvieron a su falso mundo de copas y risas, como si nada hubiese ocurrido.

Nadie quería meterse en asuntos que olían a pólvora.

—Respóndeme —le exigí, con el rostro a escasos centímetros del suyo—. ¿Qué cojones estás haciendo con mi mujer?

Las dos últimas palabras las resalté tanto que pude sentir como mis muelas crujían al terminar la frase. Rebufé como un maldito toro embravecido.

—Suéltame —masculló.

—¿Qué hiciste con tu hermana, eh? —seguí, apretando más fuerte—.

¡Dime qué hiciste, pedazo de basura! —Alcé la voz—.

¿Dónde estabas cuando la vendieron como una maldita mercancía?

¿Dónde estabas cuando la usaron como una puta?

—Le golpeé el pecho con el antebrazo—. ¡Tú tendrías que haberla protegido, Moretti!

Elisa intentó apartarme, sus manos temblaron en mi brazo.

—Alexei, basta, por favor…

Pero no podía detenerme. No después de todo lo que había visto en los ojos de ella. No después de las noches que se había despertado gritando. No cuando la había visto intentar suicidarse por no ser capaz de soportar todo el dolor que albergaba su corazón.

—¿Tú sabes lo que le hicieron? —le escupí a Luca—.

¿Tienes la más mínima idea de cómo se sobrevive a eso?

—Mis palabras salían como cuchillas—. No, claro que no lo sabes, porque tú estabas demasiado ocupado obedeciendo a tu puto padre, haciendo de perrito faldero mientras la arrastraban al infierno.

Quise lanzarlo al suelo, golpearle con todas mis fuerzas, desfigurarle el rostro a puñetazos hasta que ni siquiera su puto padre pudiese reconocerle.

No lo hice porque sabía que no era el lugar, porque aquello jodería la única oportunidad que tenía de acabar con Ríos, si no… Todo habría sido distinto.

Gruñí ido. Iba a matarle en cuanto pusiese un pie fuera de aquella casona, cuando todo estuviese en orden. Le buscaría, lo arrastraría por todo Roma, y luego lo torturaría hasta que pidiese clemencia por su vida.

—No sabía nada —replicó entre dientes, intentando mantener la compostura para no partirme la cara.

—¡No mientas! —vociferé como un auténtico animal—. ¡Sabías perfectamente con quién hacía tratos Giovanni! ¡Sabías qué tipo de acuerdos hacía! Y aun así, te quedaste callado, escondido detrás de tu apellido de mierda.

El silencio entre ambos se volvió espeso, insoportable. Mi respiración era un rugido, él intentó hablar, pero no le di oportunidad.

—Escúchame bien, Luca —murmuré, sintiendo como la sangre me hervía en las venas—. Si te atreves a acercarte a ella otra vez, si la miras, si pronuncias su nombre siquiera… te juro por mi sangre que te arrancaré los dedos uno a uno.

Su mandíbula se tensó, pero no respondió.

—Después, te cortaré las manos. —Mi voz bajó hasta ser un susurro gutural—. Y cuando empieces a suplicar que acabe contigo, seguiré con tus piernas, hasta que no te quede nada, ni tu maldito orgullo.

Esta vez, Elisa se interpuso entre los dos, colocándose justo frente a mí. Sus ojos eran puro fuego.

—Alexei, suficiente. —Su voz temblaba, pero no de miedo—. Ya lo hemos arreglado.

La fulminé con la mirada, achicando los ojos sin comprender lo que mis oídos escuchaban.

—¿Qué? —Giré el rostro hacia ella, sin entenderlo.

—He hablado con él —respondió con firmeza—. He hecho un trato.

—¿Un trato? —bufé, incrédulo—. ¿Con ese cabrón?

—Sí —asintió—. Le he pedido que saque a Eve de aquí. Si lo hace, sabremos que todavía queda algo de humanidad dentro de él.

Mi mirada volvió a Luca.

—¿Y se supone que debo confiar en él?

—No te estoy pidiendo eso —replicó ella antes de que él pudiera hablar—. Te estoy pidiendo que confíes en mí.

La observé en silencio. Había algo que me desarmó. La determinación y el puto valor que había en ella, en esa oscuridad que reconocía bien y que ambos compartíamos.

—¿Y si no cumple? —pregunté, sin apartar la mirada de Luca.

Ella dio un paso al frente.

—Entonces, le mataremos.

La frase cayó como una sentencia, seca, definitiva, y supe que hablaba en serio.

Viktor se acercó en ese instante, rompiendo la tensión con su imponente presencia.

—Ya está todo aclarado entonces —dijo este, al mismo tiempo que me tomaba del brazo para apartarme de allí.

Le lancé una última mirada a Luca, lo suficientemente larga como para dejarle claro que lo estaba marcando.

—Recuerda lo que te he dicho —le advertí.

Después, tomé la mano de Elisa. Su pulso temblaba, pero sus pasos eran más firmes de lo que jamás creí que lo serían, y juntos, atravesamos el pasillo, de vuelta a la sala principal donde todo el mundo bailaba, volviendo al infierno que pondría punto final a toda esta historia.