El legado de los Romanov 61
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Elisa

El lugar olía a perfume caro, a miedo contenido, a vergüenza disfrazada de una elegancia que me repugnaba.

Las luces del salón reverberaban en las paredes, haciéndolo parecer aún más grande, como si el tiempo se estirase con cada paso que daban las mujeres que allí estaban. Todas bellas, rotas y en venta.

Y yo… Yo no podía respirar.

El murmullo en la sala me taladraba los oídos. Las luces, los reflejos, los rostros… Todo se mezclaba hasta volverse una masa borrosa que me oprimía el pecho. Intentaba coger aire, mantenerme erguida, ser la mujer fría y elegante que debía aparentar. Pero por dentro… era una niña atemorizada.

Y entonces, la vi.

En el extremo del salón, junto a un grupo de mujeres vestidas con seda blanca, había un rostro que creí haber olvidado.

—Dios mío —musité.

Eve.

Su cabello negro seguía cayendo lacio sobre sus hombros, pero sus mejillas estaban hundidas, sus ojos perdidos, apagados. Tenía las muñecas marcadas, y aun así, cuando nuestras miradas se cruzaron, una chispa de vida volvió a encenderse en sus pupilas.

—Eve. —Avancé hacia ella, como si el suelo me empujara.

Ella parpadeó, incrédula. Dio un paso adelante, y su voz tembló.

—Has venido a por mí…

No. No había venido a por ella, no sabía que estaría allí, ni siquiera me lo podría haber imaginado, pero ¿cómo iba a decirle eso? Asentí, sintiendo como el nudo de mi garganta me ahogaba.

Ella se lanzó a mis brazos, con una fuerza desesperada, sollozando contra mi cuello. La sujeté con las manos temblorosas, acariciando su cabello como si con eso pudiera borrar todo lo que le habían hecho.

Pero lo cierto era que no. Esos demonios que la carcomían iban a continuar corroyéndola, igual que me ocurría a mí.

—Estás viva —musité—. Estás viva, Eve.

—Pensé que nunca vendrías —susurró entre lágrimas—. Que nadie lo haría.

La separé un poco, sosteniendo su rostro con cuidado.

Tenía heridas recientes, cortes que intentaba disimular con maquillaje, pero ahí seguían las marcas del tormento que estaba sufriendo.

—¿Qué te han hecho, Eve? —pregunté con la voz quebrada.

Ella negó, pero su mirada dijo otra cosa.

—No te preocupes —le prometí—. Esta es tu última noche aquí, ¿me oyes? Voy a sacarte de aquí como sea.

Eve negó con suavidad, como si temiera romper mis planes. Sus ojos se llenaron de lágrimas con tanta rapidez que comenzaron a brotar sin que pudiese hacer nada por intentar frenarlas.

—No puedes… —bisbiseó—. No te dejarán, él lo controla todo.

Quise jurárselo, prometerle que de verdad lo haría, pero lo cierto era que suficiente tenía yo con que Alexei se enfrentase a Octavio, como para tener que pedirles a los Romanov que también sacasen a Eve de allí.

—No importa —aseguré, clavando mis ojos en los suyos—. Esta vez no pienso dejarte sola.

La abracé de nuevo, sintiendo como nuestros corazones comenzaban a latir al mismo son, acompasándose, atronadores, como dos tambores de guerra.

La sentí temblar, pero ya no lloraba. Estaba vacía de lágrimas, igual que yo.

Fue entonces cuando una voz que reconocí al instante hizo que me separase de ella y girase sobre mis talones para enfrentarme a la cruda realidad.

—Elisa…

El alma se me cayó a los pies.

Mi hermano.

Luca Moretti.

Estaba a pocos metros, impecable, con su maldito traje negro y esa expresión entre confundida y desesperada. No parecía el hombre que recordaba, se le veía agotado, más delgado, con las ojeras hundidas y los ojos rojos.

—No —susurré, dando un paso atrás—. No te atrevas.

—Por favor, escúchame.

Eve se colocó detrás de mí, atemorizada, sin comprender la situación.

—¡Ni una palabra! —le grité con rabia, sintiendo como la sangre me hervía—. ¿Tú sabes lo que hiciste? ¿Tienes la más mínima idea de lo que hiciste, Luca?

—Elisa, no lo sabía —aseguró—. Te lo juro por mi vida. —Levantó las manos, intentando acercarse—. Papá… fue él. Yo no conocía su trato con La Mort.

—¡Mentira! —voceé, lanzándole un golpe que impactó por completo en su pecho—. ¡Tú estabas allí! ¡Sabías lo que iba a pasar! ¡Y me dejaste!

Luca retrocedió, tragando saliva, con los ojos nublados por las lágrimas. No sentí pena, porque el odio me cegaba.

—No —sentenció—. Te juro que no. Pensé que todo era cosa de Alexei… —Su voz se quebró—. Me hicieron creer que te habías escapado, que habías traicionado a la familia.

—Culpaste a Alexei —bisbiseé ida—. Claro…

Tú, como buen hijo, obedeciste. Cerraste los ojos mientras me arrastraban al infierno.

—Me pasé una mano por el cabello, y dejé ir una fuerte carcajada que me rasgó la garganta—.

Era más fácil creer en papá, pero ¿sabes qué?

—pregunté sin esperar respuesta—. ¡Alexei fue el único que me buscó de verdad!

—grité con el corazón partido en mil pedazos.

—No sabía lo que te harían —susurró con la voz tan rota que por un segundo creí en él.

—¡Pues deberías haberlo sabido! —le grité, golpeándole el pecho de nuevo—. ¡Eras mi hermano, Luca! ¡Mi maldita sangre!

Él cerró los ojos y asintió despacio, dejando que mis golpes cayesen sobre él sin oponer resistencia.

—Lo sé —admitió con pesar—. Y no hay forma de que te compense. Pero déjame intentarlo, Elisa. Solo dime cómo.

Su voz sonaba sincera, vacía, dolida. Pero yo ya no podía creerle con tanta facilidad. Le señalé a Eve, que seguía detrás de mí, observando en silencio, con las manos apretadas contra el pecho.

—¿Ves esa chica? —pregunté, con el alma desgarrada—. Ella estuvo conmigo cuando me secuestraron, fue la única persona que me ayudó a mantenerme viva, Luca. La única que no me dejó caer.

—¿Quién es? —preguntó él, mirándola con una mezcla de confusión y algo que no supe descifrar.

—Se llama Eve. —Tragué saliva—. Si de verdad quieres que te perdone, si de verdad te queda un poco de humanidad dentro… la sacarás de aquí antes de que acabe la noche.

—Elisa…

—No me interrumpas —le corté, temblando de la rabia contenida—. No quiero tus excusas, tus lágrimas o tus promesas vacías. Quiero hechos. Quiero verla libre. Si haces eso, Luca, tal vez, y solo tal vez, algún día pueda perdonarte.

Permaneció en silencio, dejando que solo el sonido de la música y el murmullo de los invitados nos rodeasen. Al final, asintió, aceptando el trato.

—Está bien, lo haré. —Me tendió la mano, y yo la estreché—. Te lo prometo.

—No prometas nada —susurré, acercándome tanto que nuestras frentes casi se rozaron—. Prométeselo a ella.

Luca giró la cabeza y miró a Eve.

Ella continuaba temblando, dio un paso adelante, no dijo nada, pero en sus ojos había una súplica muda, la misma que yo había vivido.

—Te sacaré de aquí —le aseguró él, con la voz firme—. Te juro por mi vida que lo haré.

Eve asintió, apenas fue un movimiento imperceptible, pero lo suficiente como para que yo lo viese.

Me moví hacia él una última vez.

—Más te vale cumplirlo, Luca. Porque si ella no sale con vida de este lugar… no habrá Dios que te salve de mí.