El legado de los Romanov 60
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Alexei

Al entrar, las columnas marmóreas se alzaban altas como torres, mientras que los cristales de las lámparas de vidrio relucían destellantes.

El salón estaba lleno de hombres trajeados, mujeres en vestidos largos que brillaban como la nieve en un día soleado, y camareros que no dejaban de rondar la sala.

Olía a riqueza, a corrupción, a promesas rotas y a tapadera.

Y yo, en medio de todo ese teatro, solo podía pensar en lo mucho que deseaba ver arder ese lugar.

Elisa caminaba a mi lado, con su brazo enganchado al mío, como si fuese, efectivamente, mi esposa, como si no estuviera temblando por dentro.

La peluca rubia y las gafas eran una barrera entre su identidad real y la que necesitábamos que los demás viesen.

Aun así, era preciosa. Irreal. Incluso escondiéndose no dejaba de ser ella, y por eso mismo me hervía la sangre solo de imaginar que alguno de esos cabrones posara sus ojos en ella más de lo necesario.

—Recuerda que es un papel —le susurré cerca del oído, fingiendo besarle la mejilla mientras nos acercábamos a uno de los invitados—. Solo un disfraz, esta noche… Luego volveremos casa, te haré el amor como mereces y nos desharemos de esa peluca.

Ella asintió, pero su mano tembló un poco más al apretar la mía. Lo entendía, no podía ser fácil volver a caminar sobre las cenizas del infierno del que logró escapar.

El salón era más grande de lo que esperaba.

Al fondo, una orquesta tocaba en directo piezas de jazz; y en el centro, un grupo de hombres reía como si el mundo no fuera más que una extensión de sus caprichos.

Todos llevaban relojes caros, trajes a medida y sonrisas vacías.

Ninguno sospechaba que estaba a punto de desatarse una tormenta que les partiría el mundo en dos.

Pasamos junto a una fuente de hielo donde una escultura de una mujer desnuda vertía vodka desde su pecho. Elisa se tensó. Lo sentí. Le apreté los dedos y la insté a continuar caminando.

No sabía siquiera ni a dónde mirar, y eso que estaba acostumbrado a asistir a esa clase de fiestas donde el poder se medía por el tamaño de la polla de cada uno de los asistentes, o, mejor dicho, del propio dinero.

A nuestra izquierda, reconocí a un político del gobierno. A la derecha, un magnate petrolero. Nadie allí estaba limpio. Ni uno. Por eso mismo, sabíamos que Octavio se sentiría cómodo entre los altos mandos de un mundo corrompido. Porque sí, ese era su hábitat. Su terreno.

—Hora del primer paso —dijo Andrei por el pinganillo—. Me acaban de invitar al círculo cerrado.

Lo localicé con la mirada. Estaba junto a un hombre bajito, calvo, con un traje blanco y una copa de champán. Entonces, lo reconocí, era Stanislav, el secretario de defensa del país.

—Señor Romanov —me saludó en la lejanía, por lo que le pedí a Elisa que aguardase unos metros más atrás—, no esperaba encontrarle aquí.

—El mundo es un pañuelo, ¿no? —comenté con gracia, dándole un apretón de manos y fingiendo una sonrisa radiante.

—Me encantaría presentarle a mi acompañante. —Hizo un gesto abriéndose hacia atrás, dejando paso a Andrei—. Este es el señor Dmitry Volodin.

—Un placer, señor Volodin. —Le tendí la mano, igual que había hecho con Stanislav.

—Lo mismo digo, es un auténtico placer, señor Romanov —me saludó, imitando mi gesto—. Estoy seguro de que este encuentro será de lo más fructífero en un futuro.

Lo hacía tan bien que hasta yo mismo, por un segundo, me creí que de verdad estaba hablando con un hombre que no era mi propio hermano.

—Si me disculpan… —se excusó Stanislav en el momento perfecto.

Ambos le respondimos mediante un movimiento de cabeza.

—El evento exclusivo empieza a medianoche —me informó Andrei mientras nos dirigíamos hacia la galería lateral—. Me han dicho que el señor Ríos traerá una muestra privada para compradores serios —continuó—. Joyas únicas, lo han llamado.

Mi mandíbula crujió.

Elisa bajó la mirada, conteniendo el impulso de salir corriendo o de matar a alguien por el camino.

—¿Estás lista? —le pregunté, sin mirarla directamente.

—Nunca lo estaré —susurró—. Pero eso no va a impedirme estar aquí.

El orgullo me atravesó como un disparo directo al pecho. Asentí. Mis dedos rozaron su espalda baja, solo por un instante, como un recordatorio de que seguía con ella.

—Atentos —dijo la voz de Nikolai en nuestros oídos—. Moretti acaba de llegar. Va con tres hombres, todos armados, están escaneando la sala.

Sentí la presión ascender por mi columna como una corriente eléctrica. No sabía si quería ver a Luca para partirle la cara por todo lo que ocultó, o dejar que fuese Elisa quien lo hiciese por ambos.

—Está bien —añadió Nikolai—. Viktor ya lo está conteniendo, no hay amenazas por ahora.

Me giré lo justo para ver a mi hermano acercarse a Luca. Ambos sonrieron como si fueran viejos amigos, mientras Alina continuaba en segundo plano, observando todo con esa precisión quirúrgica que solo ella tenía.

—Movimientos en el exterior —informó Nikolai al cabo de unos segundos—. Cuatro guardias en la entrada trasera, ya están en posición —continuó—. Ríos tiene que estar cerca —puntualizó—. Voy a encargarme de ellos.

—¿Dardos? —apunté.

—Letales, silenciosos, nadie se enterará de que han caído.

Andrei silbó con admiración.

—¿Sabes que si te esforzaras un poco más podrías ser un asesino de élite?

—Solo si es para salvaros el culo —respondió Nikolai jocoso.

Sonreí. Porque pese a todo, pese a nuestras diferencias, allí estábamos. Juntos. Una maldita familia disfuncional a punto de cambiar el juego.

Avanzamos entre los grupos, recibimos miradas, saludos. No éramos desconocidos para toda esa gente, habíamos hecho negocios con muchos de ellos. Todo encajaba como un maldito engranaje bien engrasado. Estábamos metidos en la boca del lobo, y pronto, le íbamos a arrancar los colmillos.

Justo cuando el reloj marcó las once y cuarenta de la noche, un camarero se nos acercó con una nota pequeña, escrita a mano:

El Sr. Romanov está invitado al Salón de los Espejos.

Medianoche.

Solo compradores serios. Las mejores joyas.

Elisa tragó saliva mientras yo guardaba la tarjeta en mi chaqueta tras leerla. El juego acababa de comenzar.

—La tengo —hablé flojo para dar la señal a los demás.

—Sigo conteniendo a Luca —informó Viktor.

—¿Cómo? —cuestioné.

—Bueno, digamos que él y su equipo han tenido un pequeño inconveniente con las puertas —comentó con sorna al otro lado.

Andrei pasó junto a nosotros.

—Vamos a tener cinco minutos para ver el catálogo.

Debemos elegir bien lo que queremos hacer —murmuró—.

No tendremos acceso a las cámaras internas.

Entraré contigo, mientras que Viktor se queda como apoyo en el inferior.

Nikolai prepara la salida, y Luca… bueno, tendréis que decidir si es un problema o una solución.

Asentí.

—¿Y Octavio? —pregunté.

—Aún no ha aparecido. Pero el anfitrión siempre llega al final, justo cuando todo el mundo está preparado para hacer negocios.

Perfecto. Aún tenía tiempo de pensar en qué demonios hacía con Elisa, ya que no permitirían que entrase en la sala. Me giré hacia ella y la tomé por la cintura.

—¿Estás conmigo?

Ella me fijó sus ojos a los míos, su pulso era el de un volcán contenido a punto de estallar.

—Hasta el final.

—Entonces, que empiece el espectáculo.