59
Alexei
La cuidad parecía estar agrietada de los nervios que nos corroían.
El coche avanzaba por una avenida iluminada de San Petersburgo, la nieve menguaba y el viento había amainado lo suficiente como para que al salir no nos congelásemos.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, una mezcla de control y furia se preparaban para estallar en cuanto apagáramos el dolor.
Andrei había conseguido colarnos modificando la lista, añadiendo a Alexei Romanov y señora.
Ese pensamiento hizo que mi miembro se endureciese por completo.
Iba a casarme con Elisa en cuanto todo esto terminase, pero primero teníamos que acabar con toda la panda de hijos de puta que había en ese caserío.
Ella estaba en el asiento de al lado, inmóvil, pero lo suficientemente abatida para que cada músculo suyo gritase lo contrario de lo que mostraba.
La veía de soslayo, con su peluca rubia, las gafas, el maquillaje…
Todo era una fachada, y a pesar de eso, yo solo la veía a ella: mi dusha, mi veneno, mi promesa.
Detuve el coche frente al portón de la mansión, apagando el motor que dejó de rugir, dejando que solo el silencio llenase el coche. Giré y la miré.
—Va a ir bien —le dije al fin, arrastrando el sonido entre mis labios como una promesa que se grababa a fuego.
Ella no respondió al instante. Solo alzó la mirada hacia mí, con esos ojos de tormenta que parecían pedir auxilio y a la vez advertir de que podía desatarse en cualquier momento.
Tragó saliva. Su mano temblaba sobre el vestido.
Sabía que estaba al borde del colapso, pero, aun así, seguía sentada a mi lado, dispuesta a lanzarse al fuego solo porque yo se lo pedía.
No podía permitir que lo hiciese sola.
Bajé la ventana un instante, dejando que el aire helado de San Petersburgo se colase en el interior del coche.
Aspiré profundo, limpiando mis propios demonios, o conjurándolos para que viniesen a darme la fuerza necesaria, y entonces, me volví hacia ella.
Sin decir nada más, sin darle tiempo a pensar, tomé su rostro entre mis manos y estampé mis labios contra los suyos.
No fue un beso cualquiera.
Fue un asalto.
Mi boca devoró la suya como si fuese la última vez, como si el mundo se fuera a desmoronar si no la sentía temblar contra mí.
Su aliento chocó contra el mío cuando nos separamos para tomar aire, sus labios se entreabrieron apenas, entregándose a ese calor que no venía de la pasión, sino de algo mucho más primitivo.
La necesidad, la protección, la furia… Incluso el amor. Todo condensado en un solo instante.
Me aparté lo suficiente como para que nuestras respiraciones se entremezclaran, mientras mis dedos aún presionaban su mandíbula con la firmeza de quien no está dispuesto a soltar lo que ama. Porque sí, a pesar de todo, lo que yo sentía por Elisa era pura obsesión.
—Nadie —susurré ronco, salvaje—. Nadie va a ponerte la mano encima mientras yo respire. Lo juro por todo lo que soy, por mi familia, Elisa —prometí.
Ella parpadeó, con las pupilas visiblemente dilatadas y los labios abiertos. Pude ver el temblor bajo su piel, pero no era de miedo, sino de todo lo que ese momento significaba. La elección de ir a por todas a mi lado, la batalla, ese punto de no retorno que estábamos a punto de pasar.
—No me importa lo que cueste —continué, bajando la voz hasta volverla un cuchillo afilado—.
No me importan las consecuencias. No me importa si salgo vivo o muerto de esa mansión.
—Señalé a su espalda—. Solo me importas tú, y esto…
—Rocé su pecho descubierto con la yema de los dedos, justo sobre su corazón—. Es eterno.
La vi tragar con fuerza, intentando deshacer ese nudo que, probablemente, tendría en su garganta.
Noté como su cuerpo respondía a mis palabras con una electricidad única.
Como si el propio universo se tensara a nuestro alrededor.
Porque ya no había atrás. Porque ese beso, esa promesa, era más fuerte que cualquier pacto con los muertos.
Y no pensaba romperla. Aunque me costase la vida.
Esta asintió en silencio y besó mis labios con una delicadeza que me desarmó y que me hizo querer lanzarla a los asientos de atrás para que me cabalgase como la diosa que era hasta que se olvidase de todo el mal que nos rodeaba.
—Juntos —dijo ella.
—Siempre.
Y con esas dos simples palabras salimos del coche. El portón se abrió ante nosotros y no pude evitar fijarme en la ostentosidad de aquella mansión.
Justo cuando íbamos a cruzar el umbral, noté cómo una presencia se acercaba por nuestro flanco derecho, por lo que, sin dudarlo, desenfundé el arma, apuntándole.
Fue entonces cuando me percaté de que no era otro que mi hermano, Viktor Romanov.
Llevaba las manos en los bolsillos del abrigo, y de su brazo colgaba una despampanante Alina Romanov, vestida de gala, con esa sonrisa imperturbable y la mirada que decía más de lo que dejaba ver bajo esa fachada de mujer adinerada.
Me detuve junto a Elisa, la sujeté por la cintura, pegándola a mí. Viktor se acercó con pasos tranquilos.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —inquirí de malas formas.
Sonrió.
—Te debo un favor —respondió sin alzar la voz—. Me he enterado de que esta noche estará Luca Moretti, y he venido a hacer de muro de contención para que tú puedas llevar a cabo tu plan sin que nadie se interponga.
El silencio se me quedó atascado en la garganta. Eso significaba muchas cosas. Mi plan, que hasta ese momento había creído solitario, recibía respaldo, pero también nuevos jugadores.
—¿Cómo lo has sabido? —inquirí.
—Un pajarito me lo ha chivado.
Fue entonces cuando escuché como por el pinganillo Andrei silbaba.
—Somos familia, hermanito —aseguró—. Y después de lo último… Creo que lo mínimo que puedo hacer es cubrirte las espaldas.
—No es necesario.
—No te vamos a dejar solo, aunque hayas intentado hacerlo a tu manera —rebatió sin darme otra opción.
Mi mente voló al instante en el que Nikolai vino a mi apartamento, diciéndome algo muy similar a lo que acababa de decirme Viktor.
Todo mi plan cambiaba, pero lo bueno era que, en cierto modo, podía centrarme en encontrar al hijo de puta de Octavio Ríos sin tener que preocuparme por que algo pudiese ocurrir.
—Tenemos tu espalda, hermano. —Oí como decía Nikolai por el pinganillo.
—¿Qué demonios has hecho? —le cuestioné a Andrei.
—Llamar a la caballería.