El legado de los Romanov 58
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Elisa

La peluca me apretaba un poco en las sienes, lo suficiente como para que fuese un recordatorio de que esa no era yo, sino un disfraz, algo con lo que pasar desapercibida.

El flequillo caía justo sobre mis cejas, y el tono rubio claro me devolvía un reflejo en el espejo que casi no reconocía.

Pero aun así… algo en mí seguía ahí. La misma mirada, la misma herida abierta tras mis ojos.

Respiré hondo.

—Puedes con esto —me animé.

Temblaba. Solo de imaginar lo que podía encontrarme en aquel lugar sentía que el mundo se desmoronaba a mi alrededor. No sabía cuántas mujeres habría allí, a cuántas habrían comprado ya para formar parte de esa maldita fiesta, para que fuesen objetos con los que los invitados se deleitasen.

El estómago se me cerró y un enorme nudo se creó en mi garganta.

Tenía que dejar de pensar, olvidarme del pasado, enfrentarme a los malditos monstruos que me habían condenado a aquella vida. Y el siguiente sería mi padre.

—Lo vas a hacer bien —me dije a mí misma.

Me maquillé con una base clara, contrastándola con un colorete melocotón que suavizaba mis rasgos, volviéndolos incluso dulces, como los de una muñeca.

Añadí unas pecas falsas, delineé mis ojos, enmarcándolos con un tono marrón suave y deslicé sobre mis labios un bálsamo para que se viesen brillantes e hidratados.

—¿Cómo me ves? —pregunté, girándome hacia él.

Alexei me observaba desde la otra punta del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho, y esa ceja alzada que siempre salía cuando algo le divertía más de la cuenta.

—Ni con peluca podrías dejar de ser tú —murmuró, caminando hacia mí de manera peligrosa.

Le miré, o mejor dicho, le admiré sintiendo como frente a mí tenía al hombre más hermoso del mundo. El único que sería capaz de hacer tambalear todo a su paso con tan solo una mirada.

—¿Eso es bueno o malo? —cuestioné, haciéndome la inocente.

—Es aterrador —replicó, deteniéndose justo frente a mí, bajando la vista con una lentitud calculada, escrutándome, devorándome con la mirada—.

Porque hasta disfrazada estás preciosa, mi dusha —musitó, acercando su boca a la mía, para segundos después, estampar sus labios contra los míos con ansia—.

Pero si no fuera porque vamos a matar a ese puto desgraciado, te follaría aquí mismo hasta que la peluca se volviese morena.

Una carcajada me nació de lo más profundo de mi pecho hasta rasgar mi garganta, fue una de esas que te rompen por dentro, que no sabes si salen del alivio o del amor. Me tapé la boca con una mano, pero no pude evitar sonreír como una tonta, como una maldita idiota enamorada.

—¿Te estás escuchado?

—Perfectamente —aseguró con una sonrisa ladeada—. Si quieres, te lo digo en ruso también.

Le miré unos segundos. Mis manos volvieron a temblar, pero esta vez no era por miedo, era porque sabía que ese hombre que tenía delante era todo lo que me sostenía. Mi equilibrio. Mi caos. Mi raíz. Y aún no era capaz de confesar cómo me hacía sentir.

—Te quiero —solté.

Las palabras salieron como impedidas por un resorte, sin que fuese capaz de detenerlas, pero en cierto modo, tampoco lo hubiese hecho.

Él parpadeo confuso.

No se lo esperaba. Yo tampoco.

—Lo digo en serio —musité bajito, como si me diera miedo romper el momento en el que nos encontrábamos—. No sé en qué instante pasó, pero… Te juro que no hay una parte de mí que no te quiera.

Alexei entrecerró los ojos como si acabara de recibir un disparo directo al corazón. Tragó saliva y entonces, se acercó tanto que tuve que retroceder, hasta que mi cuerpo quedó atrapado entre el suyo y la pared.

Mi corazón se estremeció. No por miedo, sino por la certeza de que lo que acababa de confesar era completamente cierto.

—Prométeme que no me vas a soltar nunca —le pedí, al borde del colapso, igual que aquella noche en medio de la nieve, cuando me encontró hecha trizas después de llamar a mi hermano.

Él me sostuvo la cara entre las manos, con una ternura salvaje que solo él podía tener. Sus dedos me acariciaron las mejillas como si quisiera borrar de mi piel todos los horrores que me habían marcado. Me miraba como si no existiera nada más en el mundo. Como si fuera su principio y su fin.

—No hay nada —dijo con voz baja, ronca, definitiva—. Nada en este jodido mundo que pueda alejarme de ti.

Sus palabras se deslizaron dentro de mí como un ancla directa al pecho, pero no me hundían, no. Me mantenían a flote, me sostenían, recordándome que no estaba sola.

Sentí las lágrimas llenarme los ojos, no de tristeza, sino de ese tipo de emoción tan intensa que duele, esa que te eriza el vello de todo el cuerpo. Apoyé mi frente en la suya, nuestras respiraciones se mezclaron, y solo pude besarle.

—Lo digo en serio, dusha —murmuró, su pulgar rozó mis labios con una devoción que me hizo arder por dentro—. Puedes perderte, romperte… Y aun así, siempre te encontraré, te reconstruiré, porque no hay una versión tuya que no ame.

Mi garganta se cerró. El corazón me latía tan fuerte que dolía.

Me lancé a sus brazos, envolviéndolo con desesperación, con hambre, como si abrazarlo fuese la única forma de mantenerme unida, de no volver a romperme en mil pedazos.

Me aferré a él como si mi cuerpo reconociera que solo en sus brazos podría sobrevivir. Porque así era. Solo con él el mundo tenía sentido. Solo con él podía respirar sin que me doliera.

—Mi dusha… —susurró contra mi oído.

—No me sueltes nunca —susurré una vez más, temblando contra su pecho.

Alexei me envolvió entre sus brazos con la fuerza exacta, ni demasiado fuerte como para asfixiarme, ni demasiado suave como para que dudara de su entrega. Era perfecto. Era él.

—Nunca —dijo en voz baja contra mi oído, casi con un gruñido—. Aunque el infierno se abra bajo nuestros pies, aunque me cueste la vida, Elisa… Nunca te voy a soltar.

Y por un instante, aunque el mundo estuviera a punto de arder, aunque los monstruos nos rodeasen y la oscuridad quisiera devorarlo todo… Yo ya tenía mi hogar.

Y tenía nombre.

El suyo.

Alexei Romanov.