57
Elisa
Mi cabeza era un maldito laberinto sin salida.
Todo el aire de aquel apartamento me apresaba, era como tener una losa en el pecho, apretando con tanta fuerza que apenas podía respirar con normalidad.
Me sentía como si hubiera vuelto al caserío, como si sus pasillos húmedos y oscuros se hubiesen instaurado en mi interior y me estuvieran devorando desde dentro.
El relato, las palabras, todo lo que había contado hacía apenas unos minutos…
No era solo un recuerdo, eran las pesadillas que me aterrorizaban cada noche, una herida abierta que acababa de empezar a supurar otra vez.
Las manos me temblaban, todo mi cuerpo lo hacía, pero no por miedo, ni por debilidad.
Sino por esa tensión que me recorría de arriba abajo como una descarga eléctrica constante.
Quería gritar, correr, arrancarme la piel para no recordar sus manos en ella, y empezar de nuevo. Pero no, esa opción no existía para mí.
—Si prefieres ir a descansar, no te preocupes —me comentó Alexei.
No, no quería, deseaba acurrucarme contra su pecho, que me meciese con ternura y olvidarme de todo lo que teníamos entre manos, pero por suerte o por desgracia, el mundo en el que vivíamos no iba a desaparecer solo porque fingiésemos ser una pareja normal, porque no…
En la mafia eso no existía. Una vida común no era posible para nosotros y eso, en realidad, me apenaba más de lo que deseaba admitir.
—No —sentencié.
Estaba cerca de mí, sentado a apenas unos centímetros en el mismo sofá, vigilándome como si pudiera evitar que me rompiera otra vez, pero lo cierto era que nadie podía reconstruir mi alma destrozada.
—¿Estás bien?
Asentí, aunque no era del todo verdad. No necesitaba consuelo, ni que me mirase con lástima.
Estaba harta de regodearme en mi propia miseria como para que viniese alguien como él a hacer lo mismo.
Solo necesitaba fuerza, y por más que tratara de encontrarla, cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de aquel cabrón llamándome suya.
—Estoy bien —mentí, con la voz más firme de lo que creí que saldría.
Andrei apareció en ese momento, sacándonos de ese silencio denso que nos envolvía. Llevaba el portátil en las manos y los ojos le brillaban con una mezcla de prisa y entusiasmo que no supe cómo interpretar.
—Creo que tengo algo —anunció.
Nos giramos hacia él, expectantes, y por un instante sentí como el corazón comenzaba a latirme en la garganta, volviéndose ensordecedor.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Alexei, alzando una ceja.
El pequeño de los Romanov dejó el portátil sobre la mesa, lo giró y comenzó a teclear con rapidez. Nos mostró la pantalla y allí estaba: un correo con una invitación cifrada, personalizada, elegante… Dmitry Volodin.
—Es una fiesta privada —explicó—. Una subasta encubierta, círculo cerrado. Solo se accede por invitación personal, y adivinad quién va a asistir.
Alexei se inclinó hacia adelante, yo ya lo sabía. Sentí como le estómago se me revolvía, provocándome una arcada.
—Octavio Ríos —musité antes de que mi dusha lo verbalizara.
—Exacto —confirmó Andrei—. El evento es en tres días, en las afueras de Moscú. Van a estar todos los peces gordos —nos informó—. Si ese cabrón se siente seguro en algún sitio, es ahí.
—¿Por qué tienes una entrada? —cuestioné, arrugando el entrecejo, sintiendo como la desconfianza comenzaba a subir por mi pecho.
—Andrei es un exmercenario, agente encubierta, como cojones quieras llamarlo —empezó a decir mi hombre.
Escuché atenta, a sabiendas de que imaginarme a Andrei haciendo tratos con gente como esa me repugnaba.
—Trabajé para los gobiernos más importantes del mundo hasta que acabé enfrentándome a los Romanov y descubriendo que era parte de su propia familia —continuó el afectado—. Mi nombre era Dmitry Volodin, se suponía que era un gran magnate interesado en la compraventa de diamantes.
Asentí con lentitud, intentando procesar toda la información que me estaba dando.
—¿Y cómo se supone que entraremos nosotros? —cuestioné—. ¿Cómo voy a entrar yo? ¡Me van a reconocer en cuanto cruce la puerta!
Los nervios de pensar en ese momento comenzaron a subirme por los pies hasta llegar a mi estómago, para poco después cerrar mi garganta, sin que apenas pudiese volver a articular palabra.
Me pasé una mano por el rostro, confundida, tan acongojada que no podía centrarme en un solo pensamiento, sino que mi mente saltaba de uno a otro, recordando cada segundo que pasé en esa maldita casa. ¿Y si volvían a atraparme? ¿Y si todo el plan de Alexei salía mal?
Todo comenzó a darme vueltas, hasta que la voz de mi hombre me sacó de ese bucle tóxico en el que me encontraba:
—No es necesario que vengas, dusha —respondió Alexei con calma, cogiéndome de las manos—. Puedes quedarte aquí, no tienes que ir si no estás preparada.
Negué al instante. No. No iba a esconderme, estaba harta de hacerlo, no iba a vivir con miedo nunca más.
—No —murmuré—. No pienso dejaros entrar solos en esa madriguera de víboras.
Mi corazón latía con fuerza, y, de pronto, como una chispa, lo recordé.
—Hay algo que puede que nos ayude a que pase desapercibida —comencé a decir, aún pensativa.
Ambos me miraron, confundidos.
—Hace años —continué—, cuando comencé a escaparme durante la carrera, compré varias pelucas de pelo natural.
No quería que nadie pudiese reconocerme en los clubs, mi padre era muy autoritario, no quería que saliese…
—Hice una pausa—, y ahora sé por qué. Una de ellas era rubia, corta y con flequillo.
Andrei silbó, aprobando mi propuesta.
—Rubia y con flequillo —musitó Alexei—. Puede funcionar —aseguró—. Muy pocos te conocen de cerca, y quienes lo hacen… dudo que esperen encontrarte ahí.
Mi dusha me miró con una mezcla de orgullo y preocupación, su pulgar acarició el dorso de mi mano, y yo lo sujeté con fuerza, queriendo permanecer allí todo el tiempo del mundo.
—Haz el pedido, y que llegue lo antes posible.
Iba a entrar en esa maldita fiesta, y miraría a ese monstruo a los ojos.
Esta vez no temblaría.
Esta vez acabaría con su vida.